Meretrice CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Apenas salía de mi cuarto, la poca luz natural que recibía provenía de mi ventana.

Y, aunque me acostumbré a leer junto a ella, buscando algún rayo de sol, la sensación de encierro comenzó a ahogarme.

Echaba de menos pasear, aspirar el aroma de los rosales del patio, acercarme al frescor de la orilla del canal y contemplar espacios abiertos.

Tan sólo recibí dos visitas de Fabrizio que insistía en llamar a un médico amigo suyo, ofrecimiento que yo me apresuraba a rechazar esgrimiendo una sonrisa agradecida.

Cuando llamaban a la puerta, pellizcaba mis mejillas para alejar la palidez y tener un aspecto más saludable.

Comencé a usar vestidos holgados y a fingir sonrisas y despreocupación, aunque en mi interior la inquietud por mi futuro empezaba a desesperarme.

Anhelaba tanto el regreso de Lanzo que esa frustración comenzó a convertirse en un dolor casi físico.

Sentía un vacío tan palpable que, a pesar de estar en primavera, el frío no me abandonaba.

Aquella mañana no pude soportar más la reclusión y decidí bajar al patio a respirar y a leer.

Elegí bien la hora, asegurándome de que Caterina había salido, y me aventuré escaleras abajo.

Me detuve en un peldaño al oír la voz de Marco y aguardé inmóvil hasta que sus pasos se perdieron por el pasillo.

Bajé rauda la escalinata y me encaminé hacia el patio, libro en mano.

El cabello me había crecido lo suficiente para poder trenzármelo de nuevo.

Una agradable brisa acarició mi nuca y suspiré embriagada la penetrante fragancia de las rosas.

Los verdes muros recubiertos de madreselva parecían brillar acariciados por el sol.

El gorgoteo del agua derramándose por los platillos de la fuente circular compuso la perfecta melodía a aquel pequeño pero mágico reducto, ya tan lleno de buenos recuerdos.

Lo sentí allí, conmigo, y de algún modo tuve la certeza de que él pensaba tanto en mí como yo en él.

Me senté y me recosté contra la mullida pared vegetal, acaricié mi apenas redondeado vientre y sonreí dichosa. Lo llevaba dentro de mí, nuestro amor latía en mi interior, y sólo eso me daba las fuerzas necesarias para continuar.

Leí y dormité toda la tarde y, mucho más serena, regresé luego a mi habitación. Cuando abrí la puerta, esa paz se evaporó en el acto.

El joyero de mi cómoda había sido revuelto, y ni siquiera habían tenido la delicadeza de ocultar ese acto.

Comencé a inspeccionar mis escasas posesiones para descubrir demudada que sólo faltaba el anillo de plata que Lanzo me había regalado el día de Navidad.

Un anillo que lo significaba todo para mí y que guardaba celosamente, deseando llevarlo el día de nuestra huida.

Desesperada y furiosa, salí de nuevo y me dirigí al cuarto de Caterina. Mi instinto proclamaba a gritos su culpabilidad.

Llamé con fuerza a su puerta, esperando impaciente una respuesta que no llegó.

Enfilé escaleras abajo con una bola creciente de fuego expandiéndose por mi interior.

Cuando entré en el salón, Caterina y Bianca, de espaldas a mí, reían divertidas. Marco estaba de cara a la ventana, parecía esperar a alguien.

Con gran aplomo, me planté delante de Caterina con los brazos en jarras.

—¡Devuélveme de inmediato lo que has robado de mi cuarto! —exigí furiosa.

Ella parpadeó ingenua, mostrando exageradamente su falso desconcierto.

—No sé de qué me estás hablando —se defendió.

—Del anillo de plata con un relieve de corazón en el centro.

—¿Parecido a éste?

Miré el dedo anular alzado de Bianca y mi rostro se desencajó.

—¡Es justo ése!

Hervía de furia ante la retadora mirada de ambas arpías.

—Ese anillo se lo regaló Lanzo a Bianca el día de Navidad por su compromiso.

—¡Mientes, víbora! ¡Acabas de robármelo!

La frustración y la furia pusieron acerbas lágrimas en mis ojos. Mis mejillas ardían y todo mi cuerpo temblaba.

—Es cierto —corroboró Bianca—, es la prueba de amor que Lanzo me regaló antes de partir.

—Lanzo te detesta tanto como yo —escupí rabiosa.

Y, sin poder contener el acceso colérico que ya incendiaba todo mi ser, me lancé sobre ella con intención de arrebatarle el anillo, aunque tuviera que arrancarle el dedo en el intento.

Forcejeamos y logré tirarla al suelo. Caí a horcajadas sobre ella, que chillaba desaforada, y aferré su mano con violencia. Estaba a punto de quitarle el anillo del dedo cuando sentí cómo tiraban con fuerza de mi trenza.

Me giré hacia Caterina, que me golpeaba la espalda con saña mientras llamaba a Marco en su auxilio.

Oí pasos apresurados y cómo alguien me alzaba en volandas. Unos fuertes brazos rodearon mi cintura y me ciñeron a un amplio pecho. Intenté infructuosamente revolverme contra mi captor.

—Parece que has engordado, Alonza —insinuó Marco en mi oído—. Creo que tus sospechas eran ciertas, Caterina: esta ramera ya se ha abierto de piernas.

Grité y me revolví iracunda, pero mis pies seguían sin tocar el suelo. Marco era demasiado fuerte.

Me inmovilizó contra él y esperó a que Caterina se acercara.

—Creo que finalmente habrá que llamar a un médico.

—Padre no regresa de Nápoles hasta mañana —musitó Marco.

Aquella información me heló la sangre. Decidí no presentar batalla y permanecí inmóvil. Sin Fabrizio en casa, mi desprotección era absoluta.

—Llévala a su cuarto, Marco, y enciérrala con llave en él. Mañana nuestro padre tomará una decisión respecto a esta situación. Ha deshonrado a nuestra familia y tendrá que pagar por ello. Y un duro precio.

Bianca me miró triunfal, sonriendo satisfecha.

—Pronto saldrás de esta casa, perra. Lanzo es mío.

—Nada deseo más que estar lejos de aquí —acepté—, pero por muy lejos que me vaya, Lanzo dará conmigo.

—Eso ya lo veremos —amenazó Caterina con sonrisa pérfida—. ¿Acaso creías que había olvidado tu ataque? —Se bajó el hombro del vestido mostrándome la recta cicatriz que cruzaba la tierna piel de su brazo—. Yo no olvido ni perdono.

—Tampoco yo, a partir de hoy.

Marco me tomó en brazos y me llevó en volandas escaleras arriba. Rígida y con el rostro vuelto para no mirarlo, soporté su contacto como una penitencia más.

Cruzó la puerta de mi alcoba conmigo en brazos, cerró de una patada y me lanzó sobre la cama. La ladina sonrisa que me regaló no vaticinó lo que sucedería a continuación.

Cuando comenzó a desabrocharse los botones del jubón, un sudor frío perló mi frente. «No —me dije—, no.» Aquello no podía pasar, no sería capaz. Su mirada dura y ansiosa imprimió en mi ser un pánico atroz que me hizo temblar y me revolvió el estómago.

Se desprendió de los zapatos y se quitó las calzas, mostrándome su endurecida virilidad. Miré a mi alrededor en busca de algo con lo que defenderme, pero él fue más rápido.

Se abalanzó sobre mí, sepultándome contra la colcha. Aferró mis muñecas y ciñó con rudeza su frente a la mía. Sentir su aliento me asqueó.

—Te entregaste de buen grado al enclenque de mi hermano, ahora vas a saber lo que es un hombre de verdad. Algo que, por otra parte, he deseado hacer desde el día en que te conocí. He soportado tu indiferencia y cómo contenías sin éxito tu desprecio por mí; es tiempo de una compensación.

—Por favor, Marco, no lo hagas, te lo ruego. No cometas esta bajeza.

—Giulia es demasiado inocente y pura para que descargue mis instintos sobre ella. Mejor liberarlos sobre alguien más experimentado, ¿no crees? Debo avisarte sobre un detalle: soy algo rudo con mis bajas pasiones, y prefiero los lamentos a los jadeos.

Me abofeteó con tanta saña que a punto estuve de perder la conciencia.

No tuve tanta suerte, por desgracia. Supe que, si me resistía, la bestia que tenía sobre mí enloquecería.

Sentí cómo abría con hosquedad mis piernas y apartaba impaciente la falda.

Comencé a llorar aterrada y todavía suplicante le rogué que no lo hiciera.

A esa demanda siguió un fuerte puñetazo en mi costado que me dejó sin aliento unos instantes y boqueando como un pez.

Sus fuertes manos apresaron mi garganta en un cepo letal. Su dura y desquiciada mirada me robó la respiración más que la presión de sus dedos.

—Si algún día te atreves a contar esto, juro sobre la tumba de mi madre que te mataré, y si se lo cuentas a él, será él quien muera si se atreve a enfrentarme.

Y, como bien ha pronosticado Caterina, creo que vas a necesitar un médico.

Si no hubieras salido de tu cuarto, no te habrías caído por la escalera, ¿cierto? Pero tuviste que salir.

La maléfica sonrisa que esbozó contorsionó sus facciones en una mueca casi demoníaca.

—Pagarás por esto —escupí llena de odio—, de mi mano o de la mano del destino, pero pagarás.

Un puñetazo nubló mi vista y prendió de dolorosas llamas mi mejilla.

Sentí el ferroso sabor de la sangre en la comisura de mis labios y amargas lágrimas recorriendo mi rostro mientras aquel animal abusaba de mí.

Arrancó el escote de mi vestido con fiereza y manoseó burdo mis senos, con tanta violencia los apretó que grité para su placer.

—Así, Alonza, lo estás haciendo muy bien —jadeó libidinoso.

Sentí su incursión como un puñal en mi vientre.

Sus bruscos movimientos eran dolorosas punzadas con las que, más que gritar, exhalaba alaridos desgarrados.

Sus repugnantes jadeos fueron veneno en mis oídos y sus continuos golpes laceraban algo más que mi piel, rompiendo mi alma en mil pedazos.

Temí por el bebé que llevaba en mis entrañas, pero estaba a merced de un salvaje, de un ser inhumano y maligno contra el que nada podía hacer, excepto rezar por sobrevivir a aquel infame ataque.

Intenté alejar mi mente de aquello, cerrar los ojos y soportar aquel suplicio pensando en otra cosa, evocando algún recuerdo, pero no me lo permitió.

—¡Mírame, puta!

Una violenta bofetada volvió a girarme la cabeza, y esta vez una nebulosa se perfiló atrayente a mi alrededor. Sin embargo, el dolor la alejó sumiéndome en la más profunda desolación.

Tras varios envites más, culminó con una última invasión, tan profunda y brutal que sentí algo desgarrándose en mi interior.

Cuando se retiró con una sonrisa jactanciosa, me giré de lado y vomité.

—¡Me has complacido mucho, Alonza! Lástima que no pueda repetir, pronto te marcharás de aquí. Y, aunque creas que acabas de vivir un infierno, me temo que esto es sólo su antesala.

Se vistió sin prisa, con ademanes indolentes. Me lanzó un beso y salió altivo y orgulloso de la habitación.

Sollocé dolorida, tenía el rostro ardiente por las magulladuras y el alma quebrada, pero lo que realmente me sumió en un abismo de dolor fue la cálida y densa humedad que recorría mis muslos. Sangraba.

Intenté levantarme, pero ni siquiera conseguí incorporarme. Sólo hice lo único que pude hacer: gritar mi rabia hasta desgarrarme la garganta.