CAPÍTULO 7 #2
Viajé a un recuerdo, reviviendo aquel momento.
De nuevo me encontré escondida tras aquella celosía, abrazada por la oscuridad y el miedo.
A través de los huecos, un hombre pájaro rebuscaba en cada rincón.
Me pareció oír sus graznidos, y un brusco escalofrío me recorrió.
Cuando se acercó a mi escondite, deslizó su largo pico por las varillas de madera.
Luego giró su extraña cabeza y, tras una angustiosa pausa, comenzó a picotear la celosía cada vez con más ahínco.
Aquel sonido hueco empezó a taladrarme la cabeza.
Di un respingo y casi me caí de la repisa en la que me hallaba arrebujada.
Desperté sobresaltada y confusa, pues el sonido persistía.
Tardé un tiempo en comprobar que estaban llamando a mi puerta. Sacudí la cabeza y me dirigí hacia ella.
—¿Quién es?
—Soy yo —contestó la voz de Lanzo.
Abrí cuidadosamente y lo dejé entrar para cerrar de nuevo después con llave. Cuando me giré hacia él, me tomó entre sus brazos.
Oír sus latidos fue el bálsamo que necesitaba.
—Tuve que esperar a que todos estuvieran dormidos —explicó llevándome hacia la cama adoselada.
»Quiero dormir a tu lado. Necesito tenerte cerca —añadió tumbándome junto a él.
Me acurruqué en su costado y él me abarcó con sus largos brazos.
—¿De veras te encontrabas mal, o sólo querías huir?
—Ambas cosas —musité—. Ver cómo Bianca intentaba seducirte me descompuso.
—Jamás lo conseguiría, incluso si mi corazón me perteneciera.
—Mi amor..., junto a ella, podrías conseguir tu sueño de ser apotecario. Y quizá lograr encontrar una fórmula para erradicar enfermedades y ayudar a los demás. A mi lado, quizá sólo te aguarden penurias.
—A su lado sería el hombre más desdichado sobre la faz de la Tierra, no sólo porque te amo a ti, sino porque me resulta insoportable.
¿Crees que yo no he pensado en cómo sería tu vida a mi lado?
Junto a Castelli, tu vida sería cómoda y lujosa, sin preocupaciones ni necesidades.
Conmigo sería incierta, aunque me dejaré la piel para que no te falte de nada.
—Es justo lo que me preocupa —manifesté mirándolo a los ojos.
—Pues no debería, soy una rata de biblioteca, pero también tengo recursos e ingenio.
Mis conocimientos me ayudarán a salir adelante.
He pensado en seguir mis estudios un año más, y que escapemos antes de tu boda.
De ese modo, podré ofrecerme de ayudante en alguna botica y conseguir, con experiencia, regentar algún día la mía.
Un año más, debía aguantar un año más para mi libertad.
Pero era un año en una jaula con dos pájaros que intuía me traerían problemas.
No obstante, y aunque mi deseo era huir cuanto antes, mi instinto así me lo gritaba, fui incapaz de transmitirle mis miedos a Lanzo.
Y, como si leyera mis pensamientos, tomó mi barbilla entre los dedos y estudió mi mirada un largo instante.
—Pero si me pides que huyamos mañana, lo haré sin dudarlo.
—No, creo que tu plan es el más sensato. Te dará tiempo a adquirir conocimientos muy útiles para tu futuro.
—Alonza, le pregunté a Concetta si tras mi partida hubo algún altercado más con alguno de mis hermanos y me dijo que no, algo que me alivió mucho, te lo aseguro.
Era una de las cosas que más me preocupaban de mi marcha.
—Bajó la mirada con cierta pesadumbre y, cuando la alzó de nuevo, agregó—: También he de confesar que intenté utilizar la distancia para arrancarte de mi corazón.
No fue así, sino más bien al contrario: vi con claridad que mi vida no significaba nada sin ti.
No tenía muy claros tus propios sentimientos, sabía que me querías, pero no hasta qué punto.
Cuando me abriste la puerta y te abalanzaste sobre mí cubriéndome de besos, cuando vi tu mirada, comprendí que era inútil luchar contra algo que no sólo era cosa mía, sino de ambos.
—Lanzo, cada día sin ti ha sido un suplicio, pero ahora sé que será necesario soportar tu ausencia para poder estar juntos. Sólo es un año, pasará pronto y después jamás nos separaremos.
—Jamás, amor mío.
Dormimos uno en brazos del otro hasta que la luz del alba lo alejó de mi lado para regresar a su cuarto. Y, a pesar de saber que estaba al final del pasillo, el vacío que sentí fue desolador. Sería un año largo, pensé con acritud. Demasiado largo.
★ ★ ★
Fueron dos semanas inolvidables, Lanzo y yo pasamos todo el tiempo posible juntos, y aunque en presencia de los demás nos esforzábamos en disimular nuestros sentimientos, las miradas admonitorias de Concetta, las reprobadoras de Fabrizio y los ceños de Caterina me decían que no lo conseguíamos.
Aquella tarde, salimos en grupo para asistir a un teatro popular que habían instalado en la piazzetta , frente a la basílica de San Marcos.
Representaban una obra de Shakespeare escenificada en nuestra ciudad: El mercader de Venecia .
Era una obra que me gustaba especialmente, pues, en ella, la sagacidad femenina de Porcia y su criada Nerissa se superponía al usurero talante del mercader en cuestión, el astuto judío Shylock.
Bianca caminaba del brazo de Lanzo, aturullándolo con una conversación vana e insustancial; por la rigidez de su espalda, supe de su obvia incomodidad.
Caterina andaba a mi lado, y, detrás de nosotras, Marco y Giulia, su dulce prometida.
Su boda era casi inminente, y ambos compartían risitas y susurros.
Finalmente, Concetta nos escoltaba como si dirigiera un rebaño de ovejas, pastora fiel de nuestras virtudes.
La multitud ya se aglutinaba en la piazzetta frente a una plataforma elevada adornada con grandes cortinones rojos.
Un bufón acróbata amenizaba el preludio de la función con un sinfín de artísticos malabares.
Tomamos asiento casi al final, Bianca y Caterina flanquearon a Lanzo, yo me senté detrás, entre Concetta y Giulia, y Marco cerraba la fila.
Lanzo se giró para mirarme fugazmente, en sus ojos vi el anhelo por compartir mi compañía.
Le sonreí y me sonrió. Concetta carraspeó suavemente y Lanzo volvió de nuevo la mirada al frente.
Observar cómo Bianca toqueteaba su brazo o apoyaba la cabeza en su hombro me hacía resoplar.
—¿Ahora no vas a carraspear, Concetta? —susurré queda.
—No veo nada que me indique que debo hacerlo, tan sólo unos prometidos trabando confianza sin excesivo atrevimiento.
—Pues yo pienso que su conducta es demasiado... cercana.
Concetta me dirigió una mirada suspicaz y sacudió la cabeza rechazando mi opinión.
—Sé por qué te molesta esa cercanía, muchacha, pero tendrás que acostumbrarte. Parece que Lanzo es de su completo agrado y se pavonea como cualquier enamorada.
La fulminé con la mirada, pero apreté los labios y miré al frente, conteniendo mi disgusto.
La obra comenzó y los actores salieron a escena saludando entusiastas. A medida que se sucedían los actos, Lanzo aprovechaba cualquier ocasión para regalarme una sonrisa que yo le devolvía tras el suave codazo de Concetta.
En el descanso, nos levantamos para recorrer los mercadillos que rodeaban la piazzetta . Adornos navideños, toda clase de vistosa artesanía y baratijas varias aguardaban cautivar a la nutrida clientela que recorría los coloridos puestos.
Me detuve en uno de los tenderetes admirando un anillo de plata con un corazón grabado en el centro. Me lo probé y sonreí ante el perfecto ajuste con mi dedo.
—Es precioso —murmuró Lanzo en mi oído.
Aprovechando el tumulto a nuestro alrededor, entrelazó subrepticiamente sus dedos con los míos. Su penetrante mirada me estremeció. Sonreí cautivada y asentí.
—Deberías encargar a un buen orfebre el anillo para Bianca —masculló Caterina, asomando la cabeza entre nosotros.
Nuestros dedos se desligaron de inmediato.
—Aún es pronto —respondió él cortante—, una de mis condiciones fue acabar mis estudios en Padua.
Me quité el anillo, lo miré con anhelo y lo deposité en la mesa. Lanzo volvió a rozarme la mano al pasar y nuestras miradas se engarzaron de nuevo.
Continuamos recorriendo los puestos, compramos unos dulces y nos encaminamos hacia el teatro otra vez. Lanzo se demoró hablando con un viejo conocido, Andrea Caivano, de origen napolitano y talante animoso y risueño, el único amigo de su niñez, según me había contado en una ocasión.
Nos adelantamos y ocupamos nuestras sillas. La función se reanudó y los murmullos se acallaron, dejando su lugar a las apasionadas voces de los actores.
Cuando Lanzo apareció, me dirigió una mirada intensa, casi impaciente, y me sonrió abiertamente ante los ceños de Bianca y Caterina. Se sentó y yo clavé mi mirada en su nuca, deseando apartar su oscuro cabello ondulado para depositar un beso en ella.
La función terminó tras el efusivo aplauso del público y, de nuevo arremolinados en el pasillo central, sentí los dedos de Lanzo rozando los míos.
Se puso a mi lado y conversó conmigo sobre algunos actos de la obra.
Le sorprendió que hubiera leído tanto y que estuviera tan versada sobre literatura y filosofía.
Su sonrisa orgullosa y su mirada tierna a punto estuvieron de vencer mis defensas y rendirme a mi deseo, el de lanzarme a sus brazos y prenderme de su boca.
Tras alejarnos de la muchedumbre, Bianca ocupó su lugar junto a Lanzo, apartándome con cierta rudeza y una mirada helada.
Le cedí mi sitio a regañadientes, quedándome relegada. Preferí no presenciar sus arrumacos.
Lanzo volvió a mirarme tan disgustado con la situación como yo.
Al día siguiente partiría y cada instante arrebatado era un puñal en nuestros corazones.
La reunión continuó a mi pesar en la mansión Rizzoli.
Marco y Giulia, sentados en un rincón, con las manos cogidas y sonrisas perpetuas.
..; no pude dejar de compadecer a una muchacha aparentemente tan ingenua y dulce como ella con un patán de semejante calaña.
Bianca, a la que ya detestaba profundamente, adherida a Lanzo, y Caterina con ellos, planeando la boda.
Fue demasiado para mí. Cogí el libro que solía disfrutar esos días, me disculpé y, a pesar del frío, decidí leer en el patio interior, rodeada de otro tipo de hiedra bastante más agradable.
Abrí el volumen por el soneto CCXX del Cancionero de Petrarca y me sumí en su romántica lírica.
Había seleccionado mis sonetos preferidos entre los trescientos que incluía el libro doblando la esquina superior de la página en cuestión.
También sentía especial predilección por algunos de sus poemas y madrigales.
Disfrutaba memorizándolos y recitándolos en las noches que no podía dormir, evocando el amor puro que sentía por Lanzo.
Tenía que releer varias veces las estrofas para poder retenerlas, ya que mi mente iba continuamente a ese salón y a las zalamerías que imaginaba prodigaba Bianca a Lanzo.
De pronto, una minúscula y efímera esfera blanquecina se posó perezosa en la página que leía, deteniéndose un instante hasta deshacerse y empapar el pergamino. Tras ella, otras. Cerré el volumen y miré al plomizo cielo. Nevaba.
Alcé ambas palmas y me puse en pie sonriente. Adoraba la nieve. Ya de muy pequeña mis padres me habían dejado jugar con ella, y asociaba aquellos momentos de risas y despreocupación con ese elemento.
Los copos eran suaves y lánguidos, mecidos dócilmente por una brisa que los arremolinaba a mi alrededor. Eché la cabeza hacia atrás y giré con las manos en alto. Cerré los ojos y sonreí sintiendo la nieve en mi rostro como suaves y gélidos besos en mi piel.
—Robas el aliento, mi bella Alonza.
Ante mí, Lanzo, con el oscuro cabello perlado de motitas blancas, me miraba ensimismado.
Alargué los brazos hacia él sin importarme más que sentirlo contra mi cuerpo.
Se aproximó con una sonrisa traviesa en el rostro y, en lugar de abrazarme como esperaba, tomó mis manos y me giró ante él, iniciando una danza que me hizo reír.
Bailamos bajo la nieve como si sonara una pavana en la corte del emperador, sólo que nosotros éramos la única pareja que seguía los pasos.
Descubrí en Lanzo a un habilidoso bailarín, algo que me sorprendió gratamente; yo, en cambio, apenas lograba seguirlo.
Reímos y nos dejamos llevar por la dicha de estar juntos.
En uno de los giros, tiró de mí hasta que acabé entre sus brazos.
Siguió girando conmigo hasta que nos mareamos.
Se detuvo y me miró arrebatado. Sus mejillas sonrojadas, sus ojos brillantes y su cautivadora sonrisa me embelesaron preñándome de la necesidad de tenerlo de nuevo en mí.
Me besó dulcemente, y entonces se detuvo, me sonrió ansioso y posó una rodilla en tierra sin soltar mi mano. El pulso se me aceleró.
Rebuscó en el bolsillo de su jubón y extrajo un pequeño saquito de piel marrón. Lo abrió ceremonioso y sacó el anillo de plata con el grabado de corazón en el centro. Contuve la respiración y exhalé un gemido sorprendido. Lanzo me contempló con gravedad, tomó aire y comenzó su declaración:
—Aquí y ahora, prometo amarte y cuidarte el resto de mis días, ser tuyo hasta mi último aliento y consagrar mi vida a la tuya.
Con este anillo, yo, Lanzo Rizzoli, te entrego mi corazón y mi vida para que dispongas de ellos como decidas.
Tuyo soy, Alonza di Pietro, y así será hasta el fin de los tiempos.
Deslizó el anillo en mi dedo anular sin dejar de mirarme. Sentí una opresión en el pecho que me impidió hablar. Las lágrimas hablaron de mi dicha a falta de palabras, y cuanto pude hacer fue caer de rodillas junto a él y besarlo apasionada.
El corazón me reventaba de amor, la felicidad inundaba cada poro de mi piel, y en aquel preciso momento conseguí hacer algo que no había hecho desde la muerte de mi familia, y fue dar gracias a Dios por mi suerte.
Aquella noche, nuestra última noche, Lanzo y yo nos entregamos en cuerpo y alma a la promesa que nuestros corazones habían sellado. Nos amamos hasta el amanecer, disfrutando de aquel amor que nos había enlazado con fuerza arrolladora.
Un año, me dije, y después la felicidad más plena nos aguardaría. Y con ese pensamiento fui capaz de dejarlo marchar.