CAPÍTULO 6 #2
Y, tras una sonrisa huidiza, me dio la espalda, entró y cerró la puerta sonoramente, lo que me dejó boquiabierta y con la vista fija en la doble hoja de roble macizo.
Contrariada, ya me daba media vuelta cuando la puerta se abrió de nuevo con cierto sigilo. Lanzo asomó la cabeza, me guiñó un ojo burlón, alargó la mano aferrando mi muñeca y tiró de mí hacia el interior de su alcoba.
Posó su dedo índice sobre sus carnosos labios y cerró con cuidado, girando la llave.
Después me cogió de la cintura y me abrazó con más intimidad. Me relajé entre sus brazos y aspiré su fragancia rozando con mi nariz el lateral de su cuello. Lanzo se estremeció.
—No sabes cuánto te he echado de menos, Alonza —susurró contra mi pelo.
—Puedo imaginarlo, a mí me faltaba el aire.
Lanzo tomó mi rostro entre las manos y me miró con absoluta devoción.
—He pensado mucho, Alonza.
—También yo.
Dibujó en sus labios una sonrisa tan tierna que deseé besarlos.
—Y he llegado a una sola conclusión.
Sus pulgares acariciaron mis mejillas, mientras sus ojos se hundían en los míos con una intensidad abrumadora.
—No puedo permitir que te cases con otro hombre, como yo no puedo soportar casarme con otra mujer que no seas tú.
Mis latidos se aceleraron golpeando con fuerza mi pecho.
—Y, tras meditar mucho mis opciones, sólo he encontrado una salida y es que huyamos juntos.
—Lanzo, pero ¿y tus estudios y tu futuro?
—Mi futuro está a tu lado.
—Tu sueño es ser apotecario.
—Mi sueño eres tú.
No pude aguantar más y atrapé su boca. Él me besó apasionado. Su torpe urgencia me encogió el corazón.
Enredamos nuestras lenguas con ansia, inexpertos e inseguros, pero arrebatadoramente entregados.
El beso encendió nuestros ánimos y comencé a sentir sus manos ascendiendo por mis costados, indecisas y trémulas.
Noté sus pulgares recorriendo las curvas de mis pechos y todo un abanico de sensaciones confusas me recorrió.
—Dios, Alonza —gimió contra mi boca—, párame.
Me separé de él jadeante; apenas retrocedí un par de pasos y lo miré aturdida. Aunque mi intención no era precisamente obedecerlo.
Comencé a desatar el corpiño hasta lograr aflojarlo ante la ardiente mirada de Lanzo. Luego me bajé los hombros del vestido, saqué los brazos y empujé la tela hacia abajo, mostrándole mis pechos.
Él dio un paso hacia mí. Tenía los puños apretados, la cabeza baja y la mirada entornada y nublada por un velo que no había visto antes. Temblaba y apretaba los labios con contención.
Retrocedí, y él avanzó. Llegué a su cama y me recosté en ella mirándolo invitadora.
—Esto no es lo que te he pedido —murmuró con voz estirada.
—Pero es lo que deseas —repliqué subiendo la falda por mis muslos.
—Sí, es cuanto deseo, hacerte mía.
Avanzó tenso hasta mí, hundió una rodilla en el colchón y se cernió sobre mi boca de nuevo.
Sentí sus manos ahuecadas en mis senos, acariciándolos con firmeza.
Gimió en mi boca y me tumbó completamente.
Cuando dejó de besarme, observé su inflamada boca y me relamí.
Su mirada turbia me excitó casi más que sus manos danzando sobre mi piel.
Cuando tomó uno de mis pezones entre sus labios casi me sentí desfallecer. Lamió, succionó y besó con delirio, y yo jadeé hundiendo los dedos en su cabello, cimbreándome contra su cuerpo.
—Detenme, Alonza, o no podré parar.
—No quiero que pares.
Lanzo dejó escapar un gemido estrangulado y cerró los ojos frunciendo el ceño como si una punzada lo atravesara.
—No me alientes, no... no debemos...
—Quiero ser tuya. Nada más me importa. Sé que sabes hacerlo.
Mi última frase trazó una peculiar sonrisa en su rostro.
—Todos los hombres saben.
—Pero tú eres el único que deseo que lo haga. Quiero entregarte mi pureza, quiero que me marques, que te grabes en mi piel, como ya lo estás en mi alma.
—Alonza, tú te grabaste en mi corazón el primer día que te vi, cuando no te conocía aún, cuando ni siquiera habías reparado en mí.
Y, cuando cruzaste el umbral de esta casa, supe que los milagros existen y que los sueños se cumplen.
Ahora me pides que me grabe en ti, y lo haré, porque nací para eso.
Se colocó entre mis piernas y me besó de nuevo, mientras sus manos encendían pequeñas hogueras en mi piel.
Aferré su nuca y devolví cada beso con la misma pasión que recibía.
Nos ayudamos a desnudarnos mutuamente, casi sin despegar nuestras bocas, con tembloroso apremio.
Y, cuando nuestras pieles libres de ropas se tocaron, ambos nos estremecimos.
El torso lampiño de Lanzo, que respiraba agitadamente, oprimía mis erectos pezones, su sexo altivo se cobijaba pulsante en mi ingle y nuestras piernas entrelazadas me hicieron sentir que ya formaba parte de él.
Acaricié su tersa espalda, resiguiendo la hendidura de su columna, y él exhaló un gemido y se arqueó levemente. Alcancé la hondonada lateral de sus nalgas y él se puso tenso. Las aferré con fuerza y cerró los ojos con expresión atormentada.
Cuando los abrió de nuevo, me observó con fijeza. Su expresión se endureció y sus rasgos se contrajeron.
—Te deseo demasiado... tanto, que duele. Y creo que voy a traspasarte mi tormento.
Y, tras lo dicho, comenzó a deslizarse hacia abajo y se acomodó entre mis muslos, situando la cabeza a la altura de mi entrepierna.
Instintivamente, cerré las rodillas avergonzada, él detuvo el movimiento con sus manos, alzó la cabeza, me sonrió tranquilizador y besó suavemente el interior de mis muslos.
Sus besos, como aladas mariposas, ascendieron gradualmente hasta mis ingles. Cuando sentí la humedad de su lengua en mi hendidura, contuve la respiración. Lanzo comenzó a lamer lánguido, titubeante, explorador, y yo apreté la sábana en mis puños sometida al placer de su capricho.
Poco a poco se tornó más audaz, y el hormigueo que provocaban sus caricias fue aumentando y extendiéndose, depositándose latente en mi bajo vientre. Alcé las caderas extasiada, momento que él aprovechó para introducir con extrema delicadeza su dedo en mi interior sin dejar de lamer cada pliegue.
Un placer inmisericorde me sacudió, mi vista se desdibujó y todos mis sentidos se aguzaron hasta casi desbordarse.
Mi cuerpo ondeó sobre el lecho zarandeado por espasmos continuos.
Tuve que morder la almohada para evitar gritar, cuando un desconocido éxtasis, abrupto y demoledor, sumió mi conciencia en un mar turbio y denso de puro goce.
Al abrir los ojos me encontré con la mirada preocupada de Lanzo, sonreí y él sonrió con dulzura alejando con ese gesto su inquietud. Aun así, la tensión todavía crispaba sus facciones y relumbraba en sus bellos ojos claros.
—Podemos dejarlo así, si lo deseas. Disfruto viéndote gozar.
Le di una respuesta tajante. Me abrí de piernas y alcé ligeramente las caderas en un claro ofrecimiento.
—Grábate en mí, como prometiste. Quiero tenerte en mi interior y sentirte mío en lo más profundo de mi ser.
Asintió. Sus ojos eran tiernos y brillaban emocionados, pero su rostro era duro, pétreo, cincelado por una contención que mostraba la batalla que libraba en su interior.
Me admiró su paciencia, su generosidad y su férreo control sobre sus propios deseos.
Lo amé más en ese instante, si es que eso era posible.
Se acomodó con cuidado, evitando descargar su peso en mí y, con su mano derecha, tanteó mi abertura y enfiló su dureza hacia la entrada.
Empujó lentamente, atento a mis gestos. Su mandíbula se tensó, su ceño se frunció y su esfuerzo por ser delicado requirió de una gran dosis de voluntad.
Pero incluso sufriendo aquel lento proceso resistió y se preocupó en cada instante de mi bienestar.
Yo sentí una aguda punzada ante su avance y él se detuvo aguardando inmóvil en mi interior, esperando mi aprobación para continuar y turbado ante mi repentino malestar.
Resoplé suavemente, tratando de aflojar mi cuerpo, aguardando a que se acomodara a aquella invasión. Y entonces Lanzo me besó.
Su lengua agasajó a la mía, recorrió mi boca, jugó en mis labios y logró cautivar mis sentidos lo suficiente para que volviera a disfrutar, olvidándome de la intrusión que estaba teniendo lugar más abajo.
Subyugada por aquel ardiente beso, no reparé en que Lanzo sabiamente avanzaba con más facilidad.
Enterrado en mí, volvió a separarse para mirarme y comprobar que todo iba bien.
Pareció complacido con lo que vio y comenzó a moverse lánguidamente.
Su delicadeza y su ternura embriagaron mi alma de adoración por él.
Sus suaves movimientos empezaron a obrar un cambio en mí. Las molestias desaparecieron dejando en su lugar pequeñas oleadas de placer que recorrieron mi columna y me erizaron la piel.
Enlacé su nuca y lo acerqué a mi boca. Apresé sus labios y busqué su lengua. Gemí ardorosa y él jadeó lujurioso.
Nuestras caderas se acompasaron rítmicas en una danza que comenzó a nublarnos los sentidos. Y, así, envueltos en una pesada nube de placer, nos entregamos mirándonos a los ojos, sumergidos en un éxtasis que nos desgastó en largos gemidos, en caricias almibaradas y miradas penetrantes.
—Alonza..., muero en ti —susurró con voz quebrada y mirada sufrida.
Entonces apretó los dientes, arqueó la espalda con brusquedad y se hundió profundamente en mí, descargando su placer en un gruñido largo y liberador.
Lo abracé con fuerza, él enterró su rostro en mi hombro y, jadeantes y dichosos, permanecimos así largo rato, embebidos por la miríada de emociones que todavía nos zarandeaban.
Cuando alzó el rostro, Lanzo se sumergió en mis ojos con semblante emocionado.
—Acabamos de grabarnos el uno en el otro —musitó—. Nos pertenecemos, y así será por siempre.
—Por siempre —repetí fervorosa perdida en su mirada.