CAPÍTULO 5 #2
Alejé de ese modo la culpa y cualquier atisbo de remordimiento que ya pugnaban por incordiar y me arrebujé en mi lecho, abrazada a mi almohada y pensando en Lanzo. Algún día me entregaría a él, y ahora que sabía lo que me aguardaba, lo ansiaba con más fuerza.
★ ★ ★
Faltaban pocas semanas para Navidad. Hacía tres meses que Lanzo había partido a Padua y nos llegó una carta confirmando que vendría para celebrarla con nosotros.
Saber que pronto lo vería alegraba mis días como ninguna otra cosa.
Caterina, a raíz de nuestro altercado, había decidido ignorarme, algo que yo prefería, aunque siempre hallara la manera de fulminarme con la mirada cuando nuestros ojos se encontraban.
Marco también guardaba las distancias. Ahora yo estaba prometida a un hombre importante, y creí que esa condición le hacía respetarme, aunque no tardaría en comprobar lo errado de mi suposición.
Bordaba junto a la ventana, escuchando cómo Fabrizio, su amigo Silvano y Marco conversaban junto a la chimenea.
—El pobre Nicolò Contarini, nuestro buen dux, no ha podido ver ni cómo se coloca la primera piedra de la iglesia que mandó construir en honor a la Virgen María, en conmemoración por el fin de la plaga. Realmente lamento su muerte —comentó Fabrizio bebiendo el vino de su copa.
— Dicen que se llamará Santa Maria della Salute —apuntó Marco.
—En efecto —confirmó su padre—, y todos los años, tal día como hoy, 21 de noviembre, iremos a agradecer a la Virgen que haya exterminado la epidemia. Finalmente, nuestros rezos dieron resultado.
—Sí, pero miles de vidas se han perdido, dicen que casi cuarenta y cinco mil, y no hay garantías de que la peste no regrese —replicó Silvano.
—Creo que se ha demostrado sobradamente que la vida licenciosa que hemos llevado y la concupiscencia, y me incluyo, atrajo el mal sobre esta ciudad. En mi opinión, la mejor manera de prevenirla es seguir a rajatabla los designios de la Iglesia y vivir libres de pecado.
Silvano parecía no compartir la opinión de su amigo. Frunció el ceño y negó con la cabeza.
—No será fácil, Fabrizio. Si algo le cuesta a esta ciudad es controlar sus apetitos.
Te recuerdo que en Venecia hay censadas dos mil novecientas mujeres de la alta nobleza, dos mil mujeres comerciantes, dos mil quinientas monjas y once mil seiscientas cortesanas.
La tentación es demasiado abundante como para resistirla.
—Seguro que ese número pronto se reducirá. Sin hombres que las busquen, tendrán que cambiar de oficio y volverse respetables, si eso es posible, pues tan pervertidos están sus cuerpos que dudo que puedan redimirse.
—Habría que acabar con todas ellas —barbotó de repente Marco con inquina y mirada pétrea.
Aguanté la respiración y tragué saliva ante su dura sentencia.
Silvano alzó una ceja con asombro y miró al joven con suspicacia.
—Fabrizio, me parece que tu hijo no ha tenido una buena experiencia en ese terreno. ¿Te arrebató una bolsa de oro? —preguntó audaz—, ¿o quizá no fue capaz de complacer tus gustos?
Marco refunfuñó furioso y sacudió la cabeza huraño.
—No es de tu incumbencia —masculló malhumorado.
—Voy a tener que pensar en buscarte un buen partido, Marco —decidió su padre observándolo atentamente.
—Pero, padre, yo quiero ser soldado.
—Eso no es un impedimento para cumplir tus obligaciones con la familia.
—No quiero una mujer, quiero una guerra.
Silvano dejó escapar una mordaz risita que acalló contra el borde su copa.
—Querido Marco, te puedo asegurar que no hay mejor batalla que el matrimonio ni mejor adversaria que una esposa. Creo que te gustará.
El joven lanzó una mirada letal a Silvano, bebió su copa de un solo trago y se levantó con brusquedad para abandonar el salón con la espalda recta y los hombros tensos.
—Le guste o no, tendrá que casarse, tanto él como Lanzo. Caterina ya tiene prometido. Y ahora me dedicaré a buscar damas para mis dos hijos. Aprovecharé que viene Lanzo para que conozca a un par de jóvenes que, creo, serán de su agrado.
Mi corazón se aceleró y mi estómago dio un vuelco. No, me dije, aquello no pasaría. Ofuscada, estrujé la labor entre los dedos y me pinché con la aguja. Exhalé un jadeo y me llevé el dedo a los labios.
—Y ¿qué tal el sucesor del dux? —preguntó Silvano.
—Francesco Erizzo es un hombre eficaz y de principios, un patricio de la familia de Istria —respondió Fabrizio—, no en vano ha sido nuestro embajador tanto con Fernando II, nuestro emperador, como con nuestro papa Urbano VIII.
Dicen de él que es incorruptible, aunque en las votaciones tan ajustadas para su nombramiento ya hay rumores de fraude.
Me levanté todavía aturdida y ofuscada, cuando Fabrizio reparó en mí y me llamó a su presencia.
—Alonza, el día de Navidad vendrá a cenar con nosotros tu prometido, para que comiences a conocerlo y trabéis confianza. He pensado que te alegraría saberlo.
Logré estrangular mi disgusto y me forcé a sonreír con timidez, aunque por dentro ardiera en cólera.
—Lo que dispongáis me parecerá bien.
Incliné la cabeza respetuosa y abandoné el salón con lágrimas en los ojos.
En el pasillo, me di de bruces con Marco. Sus afilados ojos verdes de gato me atravesaron. Me sujetó por los hombros y me ciñó a su pecho.
—¿Qué ocurre, Alonza?
—Nada, no me encuentro muy bien.
Intenté zafarme, pero él me lo impidió.
—Tu cabello está creciendo mucho, como otras partes de tu cuerpo.
Bajó su mirada a mi escote y se relamió lascivo.
—¡Suéltame, soy una mujer prometida!
—Me queda deliciosamente claro que ya eres toda una mujer.
Me debatí entre sus brazos infructuosamente.
—O me sueltas, o gritaré tan fuerte que me oirán hasta en el Palacio Ducal —amenacé entre dientes.
Apenas logré vislumbrar una pendenciera sonrisa antes de que su boca avasallara la mía.
Su sucia lengua batalló tratando de enredarse en la mía. Me revolví furiosa. La impotencia se mezcló con una furia demoledora e hice lo único viable en aquella situación: lo mordí.
Marco me soltó al tiempo que profería un sofocado grito y yo no me detuve a esperar su reacción. Corrí hacia la escalinata central rumbo a mi cuarto con el corazón galopando alocado en mi pecho.
—¡Esto no quedará así, perra!
Su furibunda exclamación me persiguió escaleras arriba. Cuando me adentré en mi cuarto, cerré con llave y me lancé sobre la cama rompiendo en un agudo sollozo.
Tenía que salir de aquella maldita casa, tenía que huir de allí, me repetí para mis adentros. Sólo hallé una solución a mis problemas, y era escapar con Lanzo.
Me refregué el rostro burdamente y tomé una buena bocanada de aire en un intento de sosegar mis latidos.
De nada servía llorar ni lamentarse. Era yo quien debía tomar las riendas de mi destino si quería escapar de la desdicha.
Mi vida con los Rizzoli se complicaba cada día más, mi instinto me alertaba incesante, y sabía que, si no me marchaba, algo malo terminaría ocurriendo.
Sin embargo, mi plan de fuga tenía un tremendo inconveniente: si alentaba a Lanzo a escapar conmigo, arruinaría su futuro para siempre.
No podría convertirse en apotecario, ni ser el hombre que anhelaba ser.
Le arrebataría la felicidad y jamás me lo perdonaría.
Pero, sin él, ¿qué más daba lo que fuera de mí?
Lloré de nuevo, todo me conducía a una vida en soledad. Era hora de valerme por mí misma, de demostrarme que era capaz de afrontar ese destino ingrato sacando mis garras y mi ingenio.
Era hora de comenzar a perfilar mi futuro, aunque en el camino tuviera que arrancarme el corazón.