Meretrice CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

Oí unos pasos y adiviné sin abrirlos quién se acercaba a mí.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Lanzo—. Pareces azorada.

Se sentó junto a mí y tomó mi mano entre las suyas. Cuando abrí los ojos, su mirada azul leyó curiosa en la mía.

—Hacía calor en la cocina, he salido a tomar el fresco.

—Y ¿qué hacías allí?

—Nada, leía —mentí desviando la mirada.

—Sientes curiosidad, ¿no es cierto? —adivinó suspicaz.

Bajé la cabeza abochornada, pues no era capaz de sostener su penetrante mirada.

—Alonza, es algo natural, no debes avergonzarte —musitó en un tono tan suave que lo sentí como una caricia, perturbándome todavía más.

»Tu cuerpo despierta a la madurez y sientes cosas que no sabes interpretar ni complacer. Es normal tu curiosidad, y para satisfacerla buscas respuestas. Conozco el cariz de las conversaciones en la cocina, yo también he presenciado alguna —confesó sin un atisbo de reparo—, y se aprende mucho.

—¿Tú... ya las has aprendido?

Esbozó una sonrisa tirante y jugueteó nervioso con mis dedos. Su contacto hizo que mi piel hormigueara.

—Bueno, no he estado nunca con una mujer, aunque he fantaseado mucho con ese momento —titubeó antes de proseguir—.

Yo... no sé si vosotras sentís el mismo anhelo que nosotros, las mismas necesidades.

Aunque creo que sí, por lo que las oigo hablar.

Y, puesto que únicamente podemos culminar nuestros deseos tras el matrimonio, sólo queda una manera de. .. encontrar alivio.

Alcé las cejas expectante. Lanzo hizo una pausa y tomó aliento antes de continuar.

—Buscar el goce en nuestro propio cuerpo —respondió a mi muda pregunta.

—Pero ¿eso... no es pecado?

—Tu cuerpo es tuyo, Alonza, y debes conocerlo —añadió con inesperada vehemencia—, te fue dado por Dios con todas sus capacidades, y una de ellas es procurarte placer.

Si no hubiera querido que gozáramos, nos habría privado de ellas, ¿no crees?

Y, si su único objetivo fue únicamente incentivar la procreación, ¿por qué se despiertan nuestros apetitos igualmente en soledad?

Yo también he pensado mucho, y con cada cuestión que intento discernir emergen otras tantas que me atosigan.

Lo que empiezo a comprender es que el pecado es una útil herramienta de manejo que la Iglesia utiliza a conveniencia.

Además, también es muy rentable, pues los nobles desembolsan grandes cantidades de oro, incluso patrimonio y tierras, a cambio de entrar limpios de pecado al reino de Dios.

Creo firmemente que, cuantos más actos sean considerados pecaminosos, más se engrosarán las arcas eclesiásticas.

—Eres muy inteligente, mi buen Lanzo —espeté embelesada.

—Lo suficiente para saber que mis ideas me traerán problemas algún día —musitó con convencimiento y cierta preocupación.

—¿De dónde sacas esas ideas?

—De los libros —respondió—, ellos siembran en mí inquietudes, me incitan a pensar, a cuestionarme cualquier dogma o pensamiento común, a razonar como un hombre libre y buscar conocimiento.

He leído obras de humanistas y filósofos que lucharon contra la opinión pública, como Galileo o Dante Alighieri, hombres que se atrevieron a exponer sus teorías a pesar de saberlas impopulares.

Y ambos tuvieron problemas con la Iglesia.

Por fortuna, aquí, en Venecia, la Inquisición no goza del poder que posee en el resto de Europa.

No sé hasta cuándo durará nuestra inmunidad, aunque es fácil ver que su sombrío manto comienza a extenderse desde que la peste brotó de nuevo.

—¿Qué relación tiene la enfermedad con la rigidez de la Inquisición?

Lanzo fijó sus ojos en la fuente y apretó los labios con disgusto.

—Para ellos no es una enfermedad, sino un castigo divino ante tanto pecado.

Y lo peor es que los creen. Leí varios tratados de un médico francés de origen hebreo llamado Michel de Nôtre-Dame que también tenía extensos conocimientos como apotecario.

En ellos explica con claridad el origen de la enfermedad, que no es otro que las pulgas que llevan las ratas.

Y, de ésas, esta ciudad va bien servida —se lamentó pasando los dedos entre las oscuras ondas de su cabello—.

La higiene es esencial para la prevención —prosiguió apasionado—.

Además, tras consultar con renombrados doctores, alquimistas y cabalistas, Michel logró crear una píldora rosa para reforzar al enfermo ante su lucha contra la enfermedad.

Pero la ciencia nada puede contra la religión.

Y el pueblo, en su desesperación, prefiere creer que el pecado y la permisividad son los únicos culpables de sus desgracias y se someten al dictado de Dios de buen grado.

Más ovejas sumisas para el redil. La Iglesia se hace poderosa en las guerras, la muerte y el miedo.

Es así de triste: nuestra fe se crece ante la adversidad y creemos que una última y fervorosa oración nos salvará de las llamas del infierno.

Cuando concluyó su discurso, respiró hondamente y, como si saliera de su particular ensoñación, abrió los ojos casi sorprendido por su locuacidad.

—Disculpa, creo que te estoy aburriendo.

—Nunca me aburro a tu lado, me resultas fascinante.

Lanzo sonrió algo azorado y sacudió la cabeza con timidez.

—A tu lado, Alonza, me siento importante.

—Es que lo eres. Lo eres para mí.

El muchacho levantó entonces la mirada en mi dirección, que se prendió en mis ojos.

—También tú para mí.

No pude resistir abrazarme a él. Lanzo me cobijó en su pecho y besó mi coronilla.

—Oyéndote hablar comprendo por qué te marchas a la Universidad de Padua —comenté aprovechando que no me veía. Contraje el gesto ante la angustia que me supondría presenciar su partida.

—Siempre ha sido mi sueño, conseguir encontrar una cura a esta maldita enfermedad y a muchas otras —confesó—. Nunca tuve otro, al menos hasta que tú llegaste.

Entonces recordé el colgante que llevaba todavía. Lo había ocultado bajo la pechera de mi vestido por miedo a que Caterina o Marco lo vieran. Me erguí y lo miré sonriente. Despacio, fui tirando del cordón de cuero hasta que la labrada «L» asomó.

Sorprendentemente, cuando abandonó mi pecho sentí un vacío frío en él. Lo tomé en la palma y se lo mostré.

—Aunque te vayas, yo siempre te llevaré en mi corazón.

Lanzo cogió en su mano la «L» de metal y sonrió emocionado.

Rebusqué impaciente en el bolsillo de mi falda y saqué el suyo.

—Espero que tú también me lleves contigo —musité ilusionada.

Le ofrecí el que llevaba la «A» de mi nombre y Lanzo dejó escapar un suspiro afectado.

—Alonza...

—Es para ti. Cuando necesites sentirme cerca, tómalo entre tus manos. Yo haré lo mismo.

Lanzo me miró conmovido, su mirada brillaba preñada de una emoción que nubló su rostro. Cogió el colgante y lo observó maravillado; luego se lo colocó alrededor del cuello y acercó la letra a sus labios. Tras mirarme con abrumadora intensidad, besó la inicial y cerró los ojos con fuerza.

Yo lo imité y, cuando los abrí, percibí con claridad la desgarradora necesidad que Lanzo contenía. No supe muy bien qué me llevó a hacerlo, sólo supe que lo deseaba tanto como él.

Me acerqué despacio, apoyé mis manos en sus hombros y busqué su boca. Fue un beso dulce, trémulo e inseguro, pero en ese instante supe que se había grabado a fuego en mi corazón para siempre.

—Es tan difícil, Alonza, reprimir y estrangular esto que siento...

—Prométeme que nunca me olvidarás —pedí con un nudo en la garganta.

—Antes me olvidaría de respirar —respondió él vehemente.

Lo abracé con todas mis fuerzas, ciñéndolo a mí, deseando meterlo en mi interior para que no escapara nunca de mi lado.

Deseé atarlo con mi corazón y, a pesar de saber que el destino me lo arrebataría y que nada podría hacer para impedirlo, recé para que algún día pudiéramos estar juntos para siempre.

—Allá adonde yo vaya —susurró él con voz quebrada— irás tú.

No importa con quiénes estemos, porque nuestros corazones jamás podrán desligarse.

Y, atados como están, un día tiraré de ese hilo y vendrás a mí.

Porque, si algo te prometo, Alonza, es que pienso luchar por ti cuando tenga las armas para ello.

Y allí, sumergida en su pecho, maldije llorando de nuevo al destino por empecinarse en quitarme cuanto amaba.

★ ★ ★

Partió pocas semanas después, ya cumplidos los dieciséis años.

Y, huérfana de nuevo, me dediqué a pensar en una alternativa que no me atara a nadie, que me permitiera esperarlo.

No podía desposarme con otro hombre que no fuera él, no podía concebir hijos que no fueran suyos y no podía vivir junto a un hombre que no fuera Lanzo.

Y, mientras cavilaba una posible solución, leía y me instruía, siguiendo su ejemplo.

Como bien dijo Sócrates, «El conocimiento os hará libres», y eso era lo que yo más anhelaba.

Pero fue el conocer la identidad de mi futuro desposado lo que reafirmó mi decisión de evadir el compromiso a como diera lugar.

Se llamaba Matteo Castelli, un noble veneciano, diplomático al servicio del dux, ya entrado en la cuarentena, viudo y rancio.

Tras la cena en la que me fue presentado, mi tutor y él expusieron las condiciones del contrato matrimonial y la dote exigida.

Fabrizio recibiría un impulso comercial a su flota mercantil, además de documentación para acceder a puertos más lejanos con salvoconducto del Véneto y sello papal para navegar con protección.

Una cantidad económica nada desdeñable y un trato de favor con el gobierno de la Serenísima.

A cambio, Matteo exigía una jugosa porción de los beneficios comerciales en los nuevos contratos que a partir de entonces contrajera Fabrizio con proveedores más importantes.

Se añadió una cláusula de anulación del matrimonio si yo no podía concebir, una más si yo no llegaba pura a la noche de bodas y otra si Fabrizio no cumplía con lo prometido.

También se acordó que, dada mi corta edad, el casamiento tendría lugar cuando yo cumpliera los dieciséis años, para lo que quedaba algo menos de año y medio, ya que Matteo no estaba en situación de aguantar los gimoteos de una niña por carecer de paciencia y delicadeza.

Tras esa noche, me hice una promesa a mí misma: Matteo Castelli no sería mi esposo.