Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

ELLE

M e contemplo en el espejo. Las lágrimas han dejado por fin de correr por mi rostro a pesar de que en mi interior aún lo sigan haciendo.

No me reconozco y no es por el maquillaje que Sombra me ha obligado a ponerme, sino por el futuro que me acecha, las decisiones que he tomado y que inevitablemente seguiré tomando cada día desde esta noche.

Mis pupilas, dilatadas hasta la saciedad, me recuerdan a un pozo oscuro y tenebroso que tenían mis vecinos en Virginia.

Las hijas de los Roberts, más mayores que yo, siempre trataban de asustarme contándome cuentos de niños y monstruos.

Por un momento me los creí. Recuerdo colarme con ellas en su jardín, cuando la noche ya había alcanzado la ciudad, mientras se reían a carcajadas de mi miedo y me obligaban a acercarme lo suficiente como para que las fauces del gran dragón me atrapasen.

Caminé cabizbaja, escuchando sus murmullos y cuando estuve lo suficientemente cerca, pude ver la profundidad de aquel lugar.

El eco hacía que las gotas de agua retumbasen incrédulas a lo largo de la superficie y que los silbidos del viento se magnificasen hasta parecer que una criatura fantástica iba a abalanzarse sobre mí.

Una suave corriente de viento se arremolinó en mi pelo haciéndome estremecer y entonces lo sentí, una voz alentadora, embelesadora, dulce, angelical, la voz de una sirena.

Mi hermana ya había muerto hacía unos meses, así que supongo que mi mente entrometida, buscó una salida que le hiciera sentirse más cerca de ella.

Dentro de mí, todo tenía sentido. Una gran ola la engulló en el mar y así fue como se convirtió en sirena.

Las ideas corrían desperdigadas por mi atolondrada cabeza y sonriente y sin un ápice de miedo, regresé de vuelta con la intención de contarles a mis vecinas lo que había visto.

Sin embargo, un haz de luz me nubló en el mismo instante en el que las alcancé y sus padres salieron de entre las sombras entre gritos y reproches.

Al día siguiente, el pozo fue tapado y Alice y Cissy no volvieron a dirigirme la palabra.

Mi hermana había vuelto a desaparecer y mis problemas no habían hecho más que empezar.

—¿Estas preparada? —inquiere el secuestrador, echándome un vistazo de arriba a abajo.

—Un minuto —contesto esperanzada, pretendiendo brindarme más tiempo para pensar.

El desconocido desaparece tras la cortina que separa el baño del resto del siniestro zulo y vuelvo a dirigir la mirada al frente, donde se encuentra, ahora mismo, mi mayor enemigo, yo.

«¿En quién me he convertido?» , me permito repetir una y otra vez, «¿quién soy realmente?

» . Contemplo mis manos, que tiemblan sin cesar, y después mi rostro desfigurado por la situación.

Me poso sobre el lavabo para no perder el equilibrio, enfocando la vista, acto seguido, en mi disfraz, un vestido largo y rojo entallado en la cintura y con un leve vuelo que acentúa mi figura.

Es precioso, pero no me pertenece, al igual que la decisión de arrebatar la vida a esa mujer.

Carraspeo la garganta apresurada y luego me dedico una fingida sonrisa.

«¿Cómo demonios voy a entrar a ese Teatro sonriendo y actuando como si nada ocurriera si ni siquiera soy capaz de hacerlo aquí sola? »

—Elle, se acaba el tiempo, tienes que salir ya —exclama agarrando la cortina con fuerza y tirando de ella con suma violencia.

Los tacones resuenan sobre el suelo de cemento, rodeado por unas paredes estrechas y oscuras por las que apenas circula la luz.

Él me espera al final del pasillo con una sonrisa triunfal y una postura firme y comedida.

Apenas estoy a un par de metros cuando su voz, perturbadora y seria, se despliega invocando su maldad:

—Estás guapísima, Elle, este color te sienta como los ángeles, —comenta y yo no puedo evitar poner los ojos en blanco—, pero te voy a pedir que te pongas esto —exclama, sacando a la luz un antifaz y unas esposas—, no puedo permitir que sepas dónde estamos.

Después de ponerme un abrigo que él mismo me ofrece, asiento con la cabeza, colocándome yo misma la máscara y ofreciéndole mis manos para que haga lo propio.

Su tacto es frío y despiadado, y profundamente evocador, en el peor de los sentidos.

La oscuridad me sumerge al infierno donde los malos recuerdos y las pesadillas me encandilan para que no trate de escapar, para que permanezca allí, para que me convierta en presa de los temores.

—Tranquila, todo pasará rápido, ni siquiera te darás cuenta, simplemente es pulsar un botón —dice, tratando de quitarle peso—. Además, ya lo has hecho antes, ¿verdad? —añade jactándose de mis malas decisiones.

La caseta desierta se antojó fría e ínfima al ver a Tyler dirigirse hacia Sombra, pero todo cambió cuando este agarró su pelo y tiró de él para después colocar la pistola en su sien. En ese instante el mundo entero se sintió ardiente como si estuviésemos ante el preludio de un gran incendio.

—Bueno, ahora que he conseguido lo que quería, me vais a dejar salir de aquí y me voy a llevar a vuestro amiguito. —Tiró del brazo izquierdo de Tyler y este se intentó resistir.

—Ni hablar —exclamé sacando la pistola que hacía unos segundos le había arrebatado y apunté a Sombra a la cabeza.

—No tienes ni puta idea de con quién te estás metiendo —pronunció desafiante—.

Eres igual de asquerosa que tu hermana, pero tú eres más mediocre, te falta valor— clamó furioso.

No pude evitar fruncir el ceño y quitar el seguro de la pistola.

«¿Cómo puede ese hijo de puta atreverse a mencionar a mi hermana muerta y aún más a referirse a ella de esa manera? »

—Me subestimas —afirmé, pulsando el gatillo con la misma frialdad con la que entrenaba con Brooke. La bala aterrizó en la frente de ese desgraciado.

Sombra cayó al suelo desplomado y de él comenzó a brotar sangre sin cesar.

Durante los segundos siguientes, la confusión fue creciente.

Troy y yo nos miramos en silencio mientras Tyler se agachaba buscando algo.

Sorprendidos, tratamos de preguntar qué ocurría, pero antes de que nos quisiésemos dar cuenta, un micrófono asomó en las manos de nuestro amigo y una voz distorsionada me heló la sangre.

—Buen trabajo, tu familia ahora está a salvo —se escuchó levemente a través del aparato.

—¿Quién demonios eres? —gritó Tyler desesperado.

—Esto no ha hecho más que empezar, amigos.

Una lágrima resbala por mi rostro al recordar aquel momento en el que arrebaté la vida de un hombre inocente.

La culpabilidad era un sentimiento que nunca había sentido, de hecho, hasta hace unos meses, cualquier sensación que implorase una emoción era eliminada por mi racional cabeza que, obcecada en su plan, tan solo era capaz de vivir esperando que las manecillas del reloj se detuvieran y que la brújula por fin marcase el Norte.

Tailandia fue un recuerdo de todo lo que una vez percibí a través de mis sentidos y que olvidé por culpa de la tristeza.

Pero ahora volvía a estar en el blanco de alguien que quería quitarme a mi hermana, aquella que perdí hace años y cuya supervivencia fue un secreto para todos.

¿Cómo iba a permitir que me la volvieran a robar?

Sé que nunca me perdonaré lo que estoy a punto de hacer, que las pesadillas me perseguirán cada vez que cierre los ojos y que salir con vida del país no está garantizado pero, ¿qué otra cosa puedo hacer?

No trataré de exculpar mis malas decisiones, ni de pedir perdón, porque la única verdad es que no sería cierto.

Lo volvería hacer si con ello salvara a Caitlyn.

Así que tendré que aprender a vivir con este sentimiento ajeno que tratará de hacerme perder la cordura, pero que me recordará por qué puedo abrazar a mi hermana.

—Ya puedes quitarte el antifaz —exclama con un tono risueño como si todo esto formase parte de un sketch de un típico y estúpido programa cómico estadounidense—, en serio, quítatelo ¿vas a querer perderte las vistas de la ciudad?

—Le hago caso y bajo, como puedo, el trozo de tela que me impedía ver—.

Así mucho mejor, no vaya a ser que se estropee el maquillaje.

Aprieto la mandíbula por su impertinente comentario y hago caso omiso, fantaseando con que así desaparecerá. Por desgracia, no lo hace.

—Todos los cristales están tintados, incluido el de delante —explica, mientras se gira para mirarme—.

Me lo han prestado unos amigos muy poderosos en el país, quizás te suene la Bratva —alardea sin quitar, esta vez, la mirada de la carretera—.

Ningún poli que tenga sentido común nos pararía, ¿no crees?

—me pregunta, intentando hacerme hablar, sin embargo, solamente consigue que mueva los hombros en señal de duda.

El maníaco secuestrador suelta una carcajada y pisa el acelerador con violencia.

Yo, que lucho por no mirarle para no darle importancia, poso mis manos en el reposabrazos del copiloto y me aferro a él como si mi vida dependiera de ello.

Por un instante me permito incluso cerrar los ojos e imaginar que nada de esto es real, que voy a despertar en cuanto la velocidad disminuya.

Las calles oscuras y melancólicas pasan rápidas por mi campo de visión sin apenas causar ningún tipo de reacción.

Mis dientes castañean inconscientes y mi cabeza ve recuerdos pasar de manera automática.

Entonces, un frenazo agita todo mi cuerpo y frente a mí diviso un semáforo en rojo.

Él gruñe desquiciado y se gira hacia mí para agarrar con dureza mi cara. Sus dedos pulgar e índice se deslizan sin ningún tipo de cuidado hacia mi barbilla, la cual, de un momento para otro, comienza a apretar con suma dureza.