Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Escúchame, niñata, cuando ese semáforo se ponga en verde, vas a contestarme cada vez que abra la boca, ¡es una puta obligación! —brama, reclamando atención, y yo asiento con el dolor recubriendo todo mi rostro—. ¿lo entiendes? —pregunta alzando la voz y soltándome por fin.

—Sí —respondo con la ansiedad aun recorriendo mi garganta.

—Bien —grita pegando un fuerte manotazo en el salpicadero y volviendo a su asiento, furioso.

Un color verde esmeralda intenso brilla y abre las compuertas del infierno. Mi enemigo pisa el acelerador rápidamente y esboza una amplia sonrisa. Está claro que le divierte la velocidad.

—En dos minutos habrá llegado al destino —dice, imitando la famosa voz del gps de los coches y riéndose de sus propias gracias.

«Patético» , me permito pronunciar en el silencio de mi mente—.

¿En qué hemos quedado antes? —inquiere descuidando la carretera y girándose para mirarme con el ceño fruncido.

La ira se esculpe en cada facción de su cara.

—Está bien… en dos minutos habremos llegado, pero ¿a dónde? —contesto con un contrainterrogatorio que no le gusta demasiado.

Su mandíbula marcada luce aún más rígida después de mi pregunta.

—No era la respuesta que esperaba —admite resoplando y recuperando la compostura acto seguido—, pero al fin y al cabo has hablado por fin.

¿Has oído hablar alguna vez del Teatro Bolshói?

—Niego con la cabeza—. ¿Grandes columnas?

¿Representaciones de ópera y ballet? ¿El teatro más importante de Moscú?

—No, no y no, no tengo ni idea —respondo encogiéndome de hombros al mismo tiempo.

—Vaya, llevas meses aquí y no has hecho nada de turismo, eh —manifiesta con tono burlón.

—He estado ocupada con otras cosas.

—Claro… ¡cómo no! La vida del fugitivo es muy complicada.

—No soy una fugitiva —exclamo, ruborizándome por su afirmación—. Soy una víctima.

—¿De verdad, Elle? ¿De verdad lo eres? —Una mueca se forma en su rudo semblante tras formular esas preguntas con retintín.

El silencio vuelve a reinar en el coche y esta vez, sí que parece estar contento por ello. Se siente triunfador, sonríe con descaro a la ciudad que se encuentra frente a él y le importa un bledo lo que está a punto de pasar. Disfruta con ello, es un psicópata, no me cabe ninguna duda.

La incomodidad inherente a la situación me hace sentir un cosquilleo en el estómago, una ansiedad que rezuma miedo y que se acartona en mi interior tratando de aferrarse a mí, e impidiéndome respirar con normalidad.

Ninguna palabra conseguiría calmarme ahora, o puede que sí, quizás exista una frase que, adornada de amenaza, podría relajar la culpabilidad.

O al menos, la sensación de que estoy a punto de cometer un error.

Al fin y al cabo, todo esto es por mi hermana.

De repente, los labios finos y diabólicos del secuestrador se humedecen sedientos de sangre y su lengua sibilina escupe su veneno:

—Es la hora, querida Elle, ese es el sitio. —Señala entre carcajadas un gran edificio vestido de blanco y encorsetado con columnas largas que le otorgan a este una gran elegancia.

—Bien —pronuncio lúcida, agarrando rápidamente la manilla de la puerta, deseando desaparecer de aquí.

—No tan rápido —dice, agarrando con fuerza mi muslo y apretando las uñas.

Está claro que quiere hacerme daño, sin embargo, por mis venas ya no circula la sangre, se ha congelado y el dolor físico parece no existir.

Hay uno que resuena con más fuerza—. Toma un auricular, quiero que dentro escuches todo lo que tengo que decirte, —Lo cojo a regañadientes y me lo coloco en la oreja sin ningún reparo—. y el arma —susurra soltando mi pierna.

—Vale —musito.

Esta vez sí consigo salir con éxito del vehículo.

—No quiero jueguecitos, o tu hermana… —advierte modulando su voz hasta hacerla casi imperceptible.

Asiento y meto con delicadeza la pistola en el bolso.

En los primeros pasos, mi cuerpo se tambalea inestable tratando de encontrar su sitio, pero la música pronto empieza a sonar en el auricular, y el tiempo se desvanece dentro del reloj de arena que anuncia que el juicio final está a punto de empezar.

—Un poco de música siempre viene bien para relajar el ánimo, ¿eh? Además, creo recordar que te gustaba Lana del Rey, ¿no? —afirma mi mayor enemigo a través del pinganillo. Tras sus palabras, Young and beautiful comienza a sonar, estremeciendo mi piel. «¿Por qué lo sabe todo sobre mí?»

Una lágrima resbala por mi pómulo escuchando la canción, que delicada se cuela dentro de mí y me hace replantearme todo lo que un día pensé que viviría cuando fuese mayor.

Nada de eso queda ya, nada me devolverá el tiempo perdido ni mi alma enclaustrada en el cuerpo de una asesina.

No cuando mate a esa mujer a sangre fría.

—Si quieres volver a ver a tu Lyn tendrás que matar a esta mujer, su nombre es Bette —responde con cierta picardía. «No me puedo creer lo que está pasando.»

—Necesito ver a mi hermana, necesito ver que está viva —clamo con desprecio y, momentáneamente, siento ganas de vomitar, «¿estoy segura de lo que estoy a punto de hacer?»

La voz de Caitlyn retumba en las cuatro paredes:

—¡Estoy viva, Elle! Pero no puedes hacerlo, ¡ella es…! —ruega hasta que es interrumpida por un fuerte tortazo que quiebra su voz y ennegrece su conciencia.

—¡Para! ¡Lo haré, mataré a esa mujer, lo haré! —declaro rompiendo mis propios esquemas.

Esa conversación se repite una y otra vez en mi cabeza, mientras me deshago de la evidencia de mi tristeza frotándome con suavidad los ojos y devolviéndoles su brillo natural.

Mis pasos firmes pero vertiginosos irrumpen en la Teatralny Fontan, la plaza que se encuentra frente al Teatro.

Una fuente de agua congelada como el ambiente engulle el centro y opaca el brillo de los adornos de Navidad.

Una gran bola navideña se encuentra a la izquierda, y voluminosa y jovial te adentra a la festividad del invierno.

A la derecha, una gran máscara repleta de luces brillantes y elegante simpleza asoma.

Todo ello te sumerge en una felicidad efímera que te hace olvidar los problemas y te arropa con dulzura hasta embriagarte.

Pero el final de la canción llega tras unos minutos y ahí soy consciente de que el tiempo vuela, las manecillas no pueden congelarse a pesar del frío.

«Contemplando a mi alrededor tan solo ralentizaré lo inevitable. »

Comienzo a andar esta vez con rapidez, sin perder de vista a las personas que pasean a mi lado contentas y ajenas a lo que está a punto de ocurrir.

Los niños corren y ríen sin parar abrigados hasta las cejas y cubiertos de la nieve que yace en el suelo.

Los padres hablan entre ellos con los ojos puestos en sus pequeños y con las mejillas rosadas por la temperatura.

Las parejas más suertudas cuyo amor es permitido caminan con las manos entrelazadas y aquellos, que no pueden correr la misma suerte, lo hacen con separación, pero siempre con un brillo en los ojos y multitud de miradas cómplices.

También están aquellos que disfrutan de sí mismos pisando con fuerza los copos amontonados y los que se divierten con sus mascotas y demás familiares.

Vidas distintas, situaciones diferentes, sin embargo, todos desprenden vitalidad, fortuna y satisfacción.

No puedo evitar sentir envidia de ellos.

Cuando acabe el día, una parte de mí también terminará.

Sigo mis pasos alentada por la voz del secuestrador preocupado por mi tardanza, y unos segundos más tarde, mi cuerpo que no mi alma, se sitúa ante dos hombres fornidos y altos que me observan con seriedad esperando para registrarme.

— Privet —me atrevo a decir con los labios acartonados y el corazón latiéndome a cien por hora.

La expresión del segurata de la izquierda se vuelve cumplidora, alegre, esbozando una amplia sonrisa y sus brazos, previamente cruzados, se mueven hasta rozar mi brazo con sencilla suavidad.

—Pase, Señorita Foster, es un placer contar con usted esta noche —pronuncia en mi idioma, provocándome un gran rechazo y un miedo abismal que me empuja a salir corriendo.