Capítulo 12
TYLER
—¿ D e qué estás hablando, Keita? —pregunto como si solo nosotros dos estuviésemos presentes, y ciertamente es la realidad, ellos han alcanzado la zona cero, aquella donde las minas ya han desaparecido.
—Sombra me contrató para entrar en la cárcel, yo debía vigilarte, debía averiguar todo sobre ti, y debía encontrar tus debilidades para lograr su objetivo.
—¿Qué objetivo? —incido con la ansiedad asfixiando la boca de mi estómago.
—Matarte —pronuncia, sincerándose y rompiendo todos mis esquemas.
Mi garganta se reseca en ese momento y siento un nudo formándose en ella.
El aire lucha por entrar en mis pulmones, pero tan siquiera siento que logre pasar más allá de mis labios como si estos fueran una barrera imperturbable e imposible de atravesar.
El calor que crece en mi interior me asfixia las entrañas y un gran pitido destroza mis tímpanos con tenacidad.
Apenas puedo oír nada aparte de mis pensamientos que retumban en mi cabeza inquietos por obtener su fin: alcanzar la locura.
Locura que rocé con mis dedos y presencié más cerca que nunca aquella noche de 2012 cuando recibí el tercer aviso de que la vida solo es un fino hilo que cuelga con tanta inestabilidad que puede romperse en cualquier momento.
Algo que paradójicamente mi cerebro no me había permitido recordar hasta este instante.
Quizás la sensación era demasiado dolorosa como para soportarlo.
Pero ahora ya nada puede bloquear mi cabeza y las experiencias olvidadas y ocultadas corren desenfrenadas dentro de mí.
Las estrellas alumbraban con celeridad la noche, el suave viento se colaba por las ventanas y refrescaba el ambiente mientras yo humedecía las sábanas con mis lágrimas, tratando de perdonarme por lo ocurrido hacía tres semanas.
Agarré un pañuelo, sentí su tacto y arrugué la nariz al deshacerme de él tras limpiarme con cuidado.
Iba mejorando, eso me había dicho la psicóloga del instituto.
Tres muertes de seres queridos, tres razones para colapsar.
Oía esa expresión tantas veces como mi nombre, a veces me hacía el tonto, otras no podía evitar contestar.
No tenían ni idea, hacía tiempo que había colapsado, ya hacía tiempo que lo hice, ¿acaso se había dado cuenta alguien?
Solo Nick, tan solo Nick, y había sido por ese colapso por el que estaba así. «Joder, maldita sea».
El móvil vibró y una luz se encendió en la pantalla.
El nombre de Owen arrasó con todo el malestar, que se convirtió en su lugar, en preocupación e intriga.
«¿Qué ocurre?», respondí con los dedos temblando a sus anchas por el teclado.
«Necesito verte», reclamó en menos de un segundo.
Puede que ni siquiera se hubiese salido de la conversación.
El tiempo pasó veloz, y en cuestión de minutos envió una dirección que me hizo sentir un gran invierno dentro de mí y una adrenalina desbordada.
Esta pertenecía a su cabaña, aquella en la que empezó y terminó todo.
Me alcé con rapidez hacia el armario para sacar con cuidado la ropa y no tardar en vestirme. Ni siquiera me fijé en qué llevaba puesto hasta que estuve frente al espejo del baño, echándome agua en la nuca y haciendo respiraciones pausadas.
Las luces del pasillo continuaban apagadas, mi tranquilidad se ablandó al creer que todo el mundo permanecía dormido, sería más fácil si nadie sabía a dónde iba.
Mis pasos eran ligeros, o eso pretendía, Nick tenía un sueño profundo, él no me preocupa, ni tampoco su padre, que roncaba con fuerza en la habitación de en frente.
Su madre, en cambio, siempre se levantaba para tomarse una pastilla a las doce de la noche, algo que en ese momento podía estropear mis planes, eran las 11.
57 pm. El camino desde las escaleras hasta la puerta principal se hizo lento, lo suficiente como para sentir el aliento imaginario de Linda clavado en mi nuca y la conversación posterior con tono protector.
Ninguno de las dos cosas pasó. Las luces de la cocina no se encendieron hasta después de haber salido y yo me alegré, sin saber que la tormenta se estaba aproximando hacía mí de manera inevitable.
El hilo de la vida ya había empezado a colgar en las manos equivocadas.
Cogí el coche de Nick sigiloso, «no creo que lo eche de menos durante las próximas horas».
Y conduje temeroso hacia la cabaña que me arrebató una parte de mí.
En el trayecto, recordé su pelo castaño largo y sedoso, el olor de su colonia y sus ojos color miel.
Una lágrima mojó mis brazos haciéndome sentir frío de nuevo.
Tragué saliva, «en un minuto habré llegado».
Owen se encontraba en la entrada de la cabaña, copa en la mano derecha y cigarrillo en la izquierda. Me observaba con una sonrisa, yo apenas podía fingir una.
—Llevo semanas sin verte, ¿cómo estás? No me digas que has vuelto a ser amigo de ese imbécil, te vi con él en el funeral —exclamó con una voz grave a causa del alcohol.
—¿Cómo estás tú? No te vi bien aquel día… —contesté saliendo del coche y caminando hacia la cabaña.
Al acercarme me dio una palmada en la espalda y me manchó la camiseta de vodka.
El día del funeral, la policía tuvo que sacarlo a rastras, no paraba de gritar y amenazarme, estaba metido hasta las trancas y borracho como una cuba.
Sabía que haber ido hasta allí había sido una locura, pero ambos compartíamos un mismo dolor, o al menos, debíamos haberlo hecho.
—¿Qué te voy a decir? Estoy en mi mejor momento —presumió, cerrando la puerta y sentándose frente a una mesa cubierta por un polvo blanco.
Yo permanecí de pie, apoyado en la pared y observando cada uno de sus pasos—.
¿No dicen que la mejor vida es la de soltero?
¡Pues tú y yo hemos comenzado esa vida! —comentó, alzando el tono para acto seguido meterse una raya de cocaína—.
¿Quieres? —preguntó y yo respondí un “no, gracias”—.
Aquel día estaba muy mal, aún no lo había superado y te vi como mi enemigo.
Lo siento, tío, Bethany era mi familia, ya sabes que no tenía a nadie más, —Su mirada se cristalizó e, inmoral, pegó un trago y una calada al cigarro.
Luego se aclaró la garganta—. pero me he dado cuenta de que aún me quedas tú, —Se levantó con esmero y se acercó hacía mí haciendo zig zag—. ¿verdad?
Su aliento apestaba a tabaco y vodka y casi me entró una arcada al contestar “verdad”.
Sus ojos inyectados en sangre y su mal aspecto le hacían parecer un adulto consagrado cuando tan siquiera había cumplido la mayoría de edad.
Él se alejó, dejando un gran tufo que me obligó a moverme para no asfixiarme.
Sin embargo, mientras buscaba un sitio en el que quedarme, vi algo que me hizo querer cambiar el rumbo.
Una pistola se dejó entrever entre su camiseta y su pantalón.
Nunca había visto a Owen llevar una encima y mucho menos utilizarla, eso lo hacía todavía más inestable.
Las amenazas que vertió sobre mí en el funeral me hicieron evadirme durante unos segundos, pero tan solo me provocaron aún más escalofríos.
«He sido un completo imbécil al venir, Owen no me necesita, no necesita mi ayuda, ¿cuándo aprenderé que hay cosas que no puedo controlar y que se salen de mi alcance?
» Owen tenía que ir a un profesional. Para él, yo era una cerilla en un incendio. Me había metido en la boca del lobo.
Caminaba como podía por la cabaña, murmurando cosas sin sentido y contando anécdotas de los cuatro.
Su voz se empezó a quebrar al narrar cómo conoció a Bethany, y un fuerte estruendo retumbó cuando este golpeó enfadado la mesa.
Mientras tanto, yo trataba de buscar el móvil incesante que parecía no estar en ninguno de mis bolsillos.
«No puede ser que se me haya caído en el coche. »
—Owen, deberías dejar de beber, no estás bien, tengo agua en el coche, déjame que vaya a por ella —dije, de pronto, acercándome tan rápido como pude a la salida.
Su brazo se alzó ante mí en ese instante, paralizándome y evitando que pudiese alcanzar la puerta al mismo tiempo que exclamaba:
—Tú más que nadie sabes que esto —titubeó señalando su corazón con furia—. no puede curarse con agua ni con nada. —Sus dientes chirriaron al apretar con violencia su mandíbula.
Me empujó autoritario hacia el centro de la cabaña y después cogió directamente la botella de Skyy para pegar un largo trago.
El recipiente tembló inseguro en sus manos y en un arrebato de ira, decidió lanzármelo con todas sus fuerzas.
La esquivé sin problema, su embriaguez me lo ponía fácil, pero eso mismo era lo que le convertía en una gran amenaza.
Frunció el ceño al ver que no había conseguido hacerme ni un rasguño y se arrastró furioso hacia mí, pretendiendo atizarme un puñetazo.
Yo le paré el golpe sin ningún reparo y traté de hacerle comprender que yo no era su enemigo, pero sus oídos parecían estar ciegos de dolor.
Su cabeza era incapaz de ver que cualquier daño que me produjese no le devolvería a Bethany.
—No quiero hacerte daño, Owen, déjame marchar —expliqué mientras le rehuía con el fin de evitar una pelea.
—¡Ya me lo has hecho! —bramó colérico tirándose encima de mí y asestándome un guantazo.
Pude ver cómo esbozaba una sonrisa triunfal al ser consciente de que por fin había acertado.
En ese momento supe que no había ninguna duda de que había perdido la poca cordura que le quedaba y que nada ni nadie le haría cambiar de opinión.
A partir de ese día, el Owen que había conocido ya no existía.