Capítulo 11 #3
Me levanto poco a poco con la ayuda de April y Viktor, mientras Keita se queda rezagado un par de metros por detrás.
Mi mirada cansada es incapaz de clavar la vista en alguien que no sea Kozlovski y en todo lo que sus palabras parecían desentrañar.
Él con sus ojos fijos en el túnel, ni siquiera muestra un ápice de sentimientos y eso me desquicia y preocupa a partes iguales, así que agarro su brazo con fuerza y le impido continuar:
—Viktor, déjame que te explique todo, en cuanto salgamos de aquí sabrás quién soy, o al menos, la parte de mí que conozco con certeza —digo, implorando a través de mis pupilas un perdón.
Su semblante frío e imperturbable se detiene, sus pies giran sobre él, y comienza a observarme con compasión. El resto también frena sus pasos y nos contempla con incertidumbre y curiosidad. De pronto, mi amigo se acerca a mí y me da un fuerte abrazo, al mismo tiempo que susurra:
—Cuando salgamos de aquí, tú seguirás siendo mi hermano, y no me importará si tu nombre real es Tyler o Ethan.
Sé que me contarás la verdad, tus ojos ya la revelan, aunque ni siquiera te des cuenta —susurra, separándose de mí como si nada hubiese ocurrido—.
Continuemos, no hay nada más que hablar, se acabaron las conversaciones hasta que tengamos un pie fuera de este maldito infierno —clama con rudeza esperando que los tres le sigamos.
Juntos nos alzamos hacia la salida con el ansia que un previo encierro supone.
Sin embargo, todavía queda alguien cuyos demonios le persiguen con fuerza y le impiden avanzar.
Apenas pasan un par de minutos cuando siento una mano agarrando de mi brazo y tirando enérgicamente.
Teniendo en cuenta que Viktor y April caminan, en ese orden, siguiendo los pasos del primero, las dudas sobre quien roza mi cuerpo parecen haberse quedado obsoletas.
Así, roto sobre mí mismo decidido a conocer el por qué Keita estaría dispuesto a poner nuestras vidas en peligro, y al ver sus ojos humedecidos y sus labios temblando sin cesar, no puedo evitar pararme y desobedecer las indicaciones del ruso.
—¿Qué sucede, Keita? ¿Qué sucede? Estamos a punto de lograrlo, no podemos pararnos aquí —murmuro pretendiendo que no me oigan los demás.
—Ethan… tengo que… tengo que contarte algo —balbucea con temor, mientras su mirada me suplica clemencia.
—Keita, sea lo que sea que me tengas que decir, puedo esperar para saberlo, nos estamos poniendo en peligro teniendo esta conversación y haciendo caso omiso a los consejos de Viktor —pronuncio, tirando levemente de él y encauzándole de nuevo en el camino.
Por un momento parece que todo vuelve a la normalidad.
El sudor resbala firme por mi frente al alcanzar al resto, mi garganta seca se queda sin palabras, pero la paz y el oxígeno que llega del exterior tan solo me permiten respirar durante unos segundos, pues el africano vuelve a las andadas, repitiéndome una vez más, que hay algo que tengo que saber.
—Por favor, Keita, tienes que esperar, tan solo quedan diez metros, unos segundos y habremos llegado, ya puedo sentir el frío del exterior… —le ruego sin siquiera darme la vuelta para ver dónde se encuentra.
Mis pies siguen lentamente los del resto hasta que el aullido procedente de mi espalda me despierta de la concentración, abrasándome de esta manera la piel, abrigada de miedo y dolor.
—¡No! No puedo esperar, Tyler. Hay algo que tengo que contarte. —Mi nombre real sale a trompicones de su boca y me detengo precipitado con el terror corriendo por mis venas.
—¿Por qué sabes mi nombre? Y no me digas que, porque se lo has oído a April, porque no pienso tragármelo —exclamo, volviéndome y colocando los pies en los puntos exactos en los que estaban antes, solo que en diferente posición.
—Tyler, yo… —Él también permanece quieto, o al menos, eso intenta.
—¿Quién eres? —bramo con violencia, al mismo tiempo que mis ojos se cristalizan.
—Yo… soy… —musita nervioso y comienza a andar, pretendiendo seguir los mismos pasos que yo había efectuado con anterioridad.
Los tres observamos la situación con la presión del mundo entero sobre nuestros hombros, debatiéndonos si de verdad merece la pena quedarnos quietos y no huir deprisa antes de que sea demasiado tarde.
El tiempo transcurre lento en mi cabeza, como si el reloj de arena hubiese dejado de correr, como si la arena que lo compone se hubiera quedado congelada como los copos de nieve que se apelmazan en el exterior.
Keita camina desenfrenado y castigado al mismo tiempo, y por un momento, creemos que lo va a lograr.
Sin embargo, cuando sus finos dedos están a punto de rozarme, su rostro cambia por completo de expresión.
La mente siempre nos juega malas pasadas, sobre todo cuando nuestra vida corre peligro.
—Mierda, mierda, mierda —gruñe con fuerza Viktor—. Keita, acabas de pisar una bomba, ¿no? No puedes moverte, no puedes moverte ni un centímetro o todo esto estallará.
Las lágrimas salen desproporcionadas de sus ojos, que a pesar de estar más cerca de la muerte que nunca, parecen no ver más allá de mí.
—¿Qué demonios vamos a hacer ahora? —grito desesperado, llevándome las manos a la cabeza e intentando recuperar el aire, que no consigue entrar en mis pulmones con normalidad.
Keita me contempla embriagado, no habla, no parpadea, tampoco emite ningún sonido. Solamente llora convirtiéndose en una gran cascada silenciosa cuyo único fin es romperse en mil pedazos.
—No podemos hacer nada, no se puede hacer nada, es una puta bomba que se activa cuando la pisas, ¡joder! ¡Os dije que tuvieseis cuidado!¡Mierda! —vocifera Viktor con tanta ira que las paredes del sistema de alcantarillado comienzan a antojarse más cercanas.
—Tenéis que iros —dice Keita, entre sollozos, rompiendo su silencio—. Vosotros sois, desde el principio, quienes teníais que salir de aquí, yo no soy como vosotros y nunca lo fui.
—No, Keita, no podemos dejarte aquí, no podemos. —Mi pie tiembla y se resbala sobre el suelo.
—No os queda otra, si no salís, moriremos todos.
Mi destino ya está escrito, quizás lo estuviera desde el primer día en el que entré aquí y vendí mi alma al diablo.
—Sorbe su nariz con tranquilidad mientras habla.
Nunca le había visto tan dócil como ahora, su cuerpo parece haber encontrado la paz en el abismo.
—¿De qué estás hablando, Keita? —pregunto como si solo nosotros dos estuviésemos presentes, y ciertamente es la realidad, ellos han alcanzado la zona cero, aquella donde las minas ya han desaparecido.
— Sombra me contrató para entrar en la cárcel, yo debía vigilarte, debía averiguar todo sobre ti, y debía encontrar tus debilidades para lograr su objetivo.
—¿Qué objetivo? —incido con la ansiedad asfixiando la boca de mi estómago.
—Matarte —pronuncia, sincerándose y rompiendo todos mis esquemas.