Capítulo 8
NICK
D eslizo mis dedos hasta alcanzar YouTube y tecleo con esmero cada una de las letras hasta dar con la canción perfecta.
Unos cuantos anuncios indescifrables en ruso, y Best song ever de One Direction ya resuena por toda la casa, y en especial, por la cocina, donde me encuentro yo, colocándome el delantal que me cosió a mano la Sra.
Morozova hace un par de meses. Su tacto suave y abrupto en las zonas más tupidas me recuerdan a las mantas que confeccionaba mi madre durante los inviernos más fríos de Virginia.
Me río al recordar cómo me quejaba de la temperatura que hacía allí, eso era calor al lado de esto.
Me acerco al horno para precalentarlo mientras canto a pleno pulmón una de mis canciones favoritas.
«Espero que One Direction nunca se separe, me daría un algo, no me lo puedo ni imaginar…
aunque con lo de Zayn, ¡uf! Prefiero no pensarlo…
» . El estribillo comienza a sonar al mismo tiempo que la mezcla empieza a lograr consistencia, el olor a cupcakes recién hechos ya acaricia mi piel desnuda y cubierta únicamente por el delantal.
Y no es que me vaya el nudismo, es que las calefacciones en esta zona están averiadas y, o calientan muchísimo o no calientan nada, y hoy ha tocado el día en el que mi casa parece el mismísimo infierno.
¡Ah, y mejor no molestar al casero! Es un gruñón ruso de tres pares de narices, y, además, no le entiendo ni la mitad de lo que dice, creo que me habla tan bajo para confundirme, pero yo sé perfectamente que no me aguanta y que lo hace aposta.
En fin, hoy iré desnudo por casa, que para algo es mi casa, digo yo.
Encima nadie viene a visitarme, bueno, mis únicos amigos en Rusia son señoras de ochenta años, compañeras del club de costura y repostería, que ni siquiera hablan mi idioma, así que no creo que se pasen por aquí, precisamente porque soy incapaz de decirles mi dirección.
Y lo de los clubes de repostería y costura…
pues algún hobbie me tenía que buscar en este pueblo del demonio, aparte de mi trabajo en la granja.
¡Ah! Porque trabajo en una granja, ¡en una granja de alpacas!
Es el mejor trabajo del mundo, si no fuera porque está en el culo del mundo, pero bueno, me conformo con esto.
Mejor una vida aburrida que una apasionante y peligrosa como la que tenía en Tailandia.
Nada de emociones arriesgadas, no hay nada como el sombrío y pacífico pueblo de Pokhodkino, ¿no?
La canción británica está a punto de terminar cuando me dispongo a representar el baile final: brazos y piernas sincronizados, brazos fuera, pececito, hago como si corriese y…
movimiento de culo, uno, dos, ¡y al suelo!
Me aplaudo a mí mismo por la gran performance que me acabo de montar y doy las gracias al público compuesto por los utensilios de cocina.
—Gracias, gracias, ¡sois los mejores fans del mundo! —exclamo recreando la frase más típica de la boyband .
La música no deja de sonar en ningún momento y yo sigo cocinando, lo mejor que puedo, a la vez que continúo con mi concierto. Río, bailo y canto, pero es inevitable recordar cuando las canciones lentas aparecen en la lista de reproducción. Echo tanto de menos a mis amigos…
Mentiría si dijese que no pienso cada día en ellos, daría lo que fuera por estar de nuevo juntos, pero supongo que eso no importa, nada volverá a ser como antes.
Cuando nos separamos en el aeropuerto y la canción de Outro de M83 dejó de sonar en mi móvil, todo cambió para mí.
Con mi desaparición, una parte de mí huyó, se adormeció en una cueva en la que era difícil despertar, porque no había luz, ni tampoco esperanza.
Pensé que iba a morir, que nunca volvería a ver a mi familia ni amigos, pero tuve otra oportunidad.
Traté de olvidarlo, de dejar de lado a ese Nick ansioso por aparecer en una película de acción y dar paso a uno más maduro, más adulto.
Pero tan solo conseguí volverme más cobarde y más solitario, más excéntrico y más cauteloso, más normal pero irremediablemente más infeliz.
Sentía que había perdido mi esencia, y por eso empecé a apuntarme a más y más cursos, quería conocer gente nueva.
Sabía, aunque me costase reconocerlo, que mi estancia en Rusia sería larga, y que debía salir adelante, fuese como fuese.
Sin embargo, no podía salir de Pokhodkino, temía no estar lo suficientemente a salvo, no quería volver a mirar a los ojos a la muerte.
Cada día me levantaba esperando una señal, algo que me hiciera recapacitar, algo que me hiciera salir de aquí y buscar respuestas , pero esa señal nunca llegaba, y en cierta manera, lo agradecía.
Mientras tanto, me consolaba con hacer pasteles y comenzar bordados que a duras penas conseguía terminar.
Si tan solo…
El ruido de un timbre hace vibrar la casa entera, dos plantas que de manera inexplicable se mantienen en pie a día de hoy.
«¿Quién demonios llama ahora e interrumpe mi rutina de cocina?
» Termino de rellenar los moldes con rapidez y me coloco los guantes para meter dentro del horno los pequeños dulces.
El calor que se desprende se junta con el olor de la mezcla, y una gota de sudor resbala por mi frente nerviosa.
Cierro el electrodoméstico de manera tortuosa y me quito los guantes como puedo, mordiéndolos y tirándolos lejos después de quemarme los labios.
Unos grititos de dolor y todo listo. Camino ligero hacia la puerta, y las preguntas comienzan a aflorar en mi mente.
«¿Acaso he hecho un pedido por internet y no me acuerdo?
¡No, me acordaría!» «¿Será el casero que quiere pillarme haciendo algo ilegal?
¡No, es demasiado vago como para venir hasta aquí y no llamarme por teléfono!
» «¿Y si alguno de mis amigos me ha encontrado?
¡No, no puede ser!» La puerta chirría desafiante al girar la manilla y entonces la sombra de alguien a quien hacía mucho tiempo que no veía se alza ante mí.
—¿Troy?
—¿Nick?
Sus grisáceos ojos se clavan en los míos, y por un segundo, todo se congela alrededor de nosotros.
Es algo difícil de explicar, el frío que recorre las calles parece atravesarle como si fuera un fantasma del pasado que tan solo vivía en mis recuerdos, y de un momento a otro, cuando este se abalanza sobre mí para fundirnos en un abrazo, ese fantasma desaparece y le siento humano otra vez.
—Nick… —Él se separa y hace una mueca—. ¿por qué cojones llevas solo un delantal cuando hay -10ºC en la calle? —Me ruborizo ante su acusación. «¿Tan difícil es entender que no soy un nudista, y que solo hace calor en mi casa?»
—Entra, así comprenderás todo mejor —me decido a decir, a pesar de mis ganas de increparle por su ignorancia.
Abro aún más la puerta y me echo a un lado.
Troy asiente con la mirada y tras ello, entra con firmeza, observando todo con detenimiento y curiosidad.
Está tan cambiado que casi no lo reconozco.
Su mirada está perdida y cansada, su pelo castaño, antes cuidado y esculpido en un pequeño tupé, ahora tan solo parece estar formado por greñas y algún rizo intruso que rompe toda la sintonía de su rostro.
Y, por si fuera poco, su arrogante sonrisa parece haber desaparecido y borrado cualquier ápice de felicidad que tanto caracterizaba al prepotente Jefferson.
—Joder, ¿tenéis la calefacción rota o qué? Hace un calor horrible —dice quitándose la cazadora, y tendiéndola en el sofá. Yo esbozo una amplia sonrisa para después soltar una carcajada como respuesta a su pregunta.
—Voy a subir a por algo de ropa, ahora vengo. —Tan siquiera espero una contestación por su parte, simplemente salgo corriendo hacia mi habitación, subiendo las escaleras de dos en dos.
No tardo más de cinco minutos en ponerme unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes, pero es suficiente tiempo para encontrarme al moreno caminando veloz hacia la cocina.
Bueno, para ser sincero, puede que hayan sido más de cinco minutos, puede que haya hecho un monólogo frente al espejo para decidir qué hacer: echarle de casa y hacer como si nunca hubiera aparecido, o utilizar esta oportunidad para salir por fin de Pokhodkino.
¡Ah! Y he acabado bajando las escaleras sin una solución clara, típico de mí y de mi abrumadora indecisión.
—¿Qué haces? —pregunto siguiéndole presuroso.
—Huele a quemado, ¿estás haciendo algo de comida?
«Mierda, ¿habré vuelto a dejar el horno en la máxima potencia sin tener en cuenta que no funciona muy bien y que calienta más de lo que debería?
» . Troy coge el trapo de cocina que yace sobre la encimera e intenta abrir con él, el horno.
De éste se desprende una gran humareda y, después de toser varias veces y abrir las ventanas dejando escapar todo el humo, unos cupcakes carbonizados aparecen en escena.
—Joder, otra vez no. —Aparto de un pequeño empujón a Troy, pretendiendo sacar las pequeñas magdalenas de una muerte inminente, pero soy tan imprudente que me acabo quemando las manos—.
¡Ay, joder! —grito ahogadamente al mismo tiempo que tiro la bandeja por los aires, e inevitablemente el postre.
Es como Lluvia de albóndigas, pero con cupcakes quemados y ampollas en mis dedos.
—Mójate las manos, anda. —El moreno me arrastra hacia el fregadero y abre el grifo, desencadenando una cascada de agua fría que culmina en un dolor insoportable por las quemaduras.
—Esto duele muchísimo, ¿seguro que es bueno?
—Claro, confía en mí. —Me mira con comprensión y yo arqueo las cejas con confusión.
—¿Por qué debería hacerlo?
—Porque somos amigos, —Suelta una risa nerviosa y continúa hablando mientras recoge las magdalenas que adornan el suelo de mi casa— ¿desde cuándo te has vuelto tan escéptico?
—¿Y tú desde cuándo eres mi amigo? —sentencio con seriedad, y la cocina queda sepultada en un gran silencio.