Capítulo 7
TYLER
L os presos corren desenfrenados en todas las direcciones.
Supongo que tenía razón, un disparo movería los cimientos de la prisión.
El griterío revuelve mi estómago y mi vista se nubla bajo una cascada de lágrimas, que tengo que despejar rápidamente antes de que sea demasiado tarde.
Trato de huir del centro del motín, pero apenas soy capaz de avanzar más de dos metros sin chocarme con alguien.
Por suerte, ahora mismo, soy intocable. Cuando la revuelta se desvanezca y los guardias nos ganen la partida, los presos necesitarán alguien que pague las consecuencias de los actos de todos, un cabeza de turco, un culpable y ese seré yo.
Me necesitan vivo para no tener que responder en mi nombre.
Corro raudo hacia la celda de Viktor rezando para que nadie se entrometa en mis planes, y más aún para evitar que los guardias me encuentren y me lleven a una muerte segura.
La ansiedad se desliza por mi cuerpo, la siento apresurada, veloz por alcanzar cada parte de mi ser.
Y en poco tiempo lo consigue. La adrenalina me permite agudizar mis sentidos, pero el aturdimiento y el recuerdo permanente de lo que acaba de pasar me impide concentrarme en lo que ahora importa.
Mis oídos permanecen indiferentes a lo que ocurre alrededor, y en cierto modo lo agradezco, tras mis sentidos solo se halla un destino, la celda veintisiete.
El sonido de nuevos guardias acercándose y acorralándome me hace caer en la cuenta de que en los planes siempre habrá variantes que se escapen de nuestras manos en finos hilos de incertitud.
Y eso ocurre porque la vida es así, salvaje e incierta, y nunca habrá nada que podamos controlar al cien por cien.
Pero eso no significa que no tengamos que luchar hasta el final para conseguir que ese plan se cumpla tal y como un día proyectamos pensando en la oportunidad de alejarnos de esa esclavitud.
Los policías carcelarios comienzan a gritarme en ruso que me ponga de rodillas y ponga las manos sobre mi cabeza.
Una sonrisa de desesperación disfrazada de picardía se forma en la comisura de mis labios.
Los cuatro agentes, dos en cada lado, contemplan atónitos mi expresión, mientras continúan apuntándome con su makarov pm .
— ¡Sois la misma escoria que los delincuentes que mantenéis entre rejas! — exclamo escupiendo las palabras con la rabia acumulada de quien ha sido encarcelado injustamente .
Ellos se ríen incontroladamente y yo aprovecho esa debilidad que me han brindado para intentar robar una de sus pistolas.
La mía, la que he utilizado para robar la vida de Fernando Méndez continúa en el suelo junto a su inerte cuerpo, no he sido capaz de recogerla, ni tan siquiera mirarla.
El forcejeo por el arma aumenta de nivel cuando uno de los guardias cae hasta el otro módulo por una de las barandillas.
«Si esto sale mal, la muerte será lo mejor que me puede pasar» , pienso mientras me lamento de haber tomado esta decisión.
Siento los latidos de mi corazón encogido en la garganta, pidiéndome que tire la pistola al suelo y me rinda, pero ahora no puedo abandonar.
Pego mi cuerpo al del otro guarda cuando logro arrebatarle la pistola y justo a tiempo para que este reciba las balas que iban directas a mi corazón.
Utilizo su cuerpo de escudo mientras intento desplazar la pelea hacia el módulo seis, y comienzo a disparar desesperado sin tan siquiera mirar hacia donde apunto.
Por los gritos ahogados, puedo percibir que uno ha caído.
«Dios, me da tanto asco pensar así, una persona no ha caído, ha sido asesinada, ha sido asesinada por mí.
» Cierro los ojos tratando de alejar esos pensamientos de mi cabeza, no tengo tiempo para lamentaciones ni culpas, son ellos o yo, y ya ha quedado claro que ellos son bastante peores.
Grito desgarrándome el alma, pretendiendo deshacerme del último que queda, pero justo cuando veo pasar la bala a cámara lenta, oigo la voz del maldito ruso:
—Nunca saldrás vivo de aquí. —Su voz se corta al mismo tiempo que la vida se escapa de sus manos, y como una premonición, nuevos guardias aparecen apuntando y aclarándome que ellos son los que tienen el control y que siempre lo han tenido.
A diferencia de mí, ellos no disparan, no me arrebatan mis sueños y mi futuro en un segundo, ellos quieren verme sufrir, quieren que les ruegue que me maten, que me sacrifiquen como un perro enfermo y débil, como un asesino pidiendo entrar al cielo. Pero yo no soy un asesino, no lo soy, ¿no?
Caigo rendido de rodillas pisando mi propia alma y temblando por lo que va a suceder a continuación.
«Dudo mucho que vayan a matarme de un simple disparo, aunque sería lo idóneo, teniendo en cuenta que hay un motín fraguándose en cada esquina.
Pero a ellos eso no les importa, ahora yo soy su mayor trofeo. »
Me agarran entre cuatro, no sin antes darme unos cuantos puñetazos y sentir el frío metálico de la pistola rozando mi sien.
Una vez satisfechos, empiezan a sacarme a rastras al patio.
Para ello, atravesamos el módulo seis, la celda veintisiete.
Mis esperanzas se quiebran por completo, «he estado tan cerca de conseguirlo» .
Como quien no tiene vida dentro de sí, me dejo deslizar por el frío cemento.
«Si tan solo pudiera evitar el dolor, el terror de lo que van a hacerme, si tan solo pudiera descansar…
» El frío se cuela a través del mono al dejar los cimientos de la cárcel y dar paso a la nieve que sepulta la verde hierba dominante durante el resto de las estaciones.
Los escalofríos ya han empezado a adornar mi piel sin tan siquiera haber probado sus torturas, las lágrimas salen desbordadas de mis ojos porque ya no hay motivo para guardarlas y mi respiración acelerada se sincroniza con los latidos de un corazón atormentado que suplica que le dejen dormir de una vez.
El silencio atronador de la naturaleza es lo único que tiene cabida en mis oídos, las voces de los guardias han quedado doblegadas a un segundo plano, pues carecen de importancia en una situación así, prefiero no escuchar dónde será el primer golpe, o latigazo, qué dedo me romperán primero o si me tirarán cubos de hielos más congelados que el propio ambiente esta vez.
Nada es relevante ya, porque la muerte está más que escrita.
Siempre pensé que el miedo era psicológico, que el dolor era inevitable y que, al fin y al cabo, yo sería quien decidiese si avanzar o detenerme.
He luchado por avanzar durante meses en esta maldita prisión, durante años si pienso en la vida antes de la cárcel, pero lo único para lo que me ha servido es para estar aquí, esperando a que un verdugo dé la estocada final, y rezando para que sea más pronto que tarde.
El llanto sale desproporcionado, incontrolable e incluso libre y alcanza los oídos de los rusos que ríen a carcajada limpia contemplando a un hombre cansado que solo quiere que terminen ya.
Las cadenas resuenan cuando se golpean las unas con las otras y más aún cuando las tensan y colocan en su sitio.
Mi piel erizada por el frío y el terror ya siente las represalias que éstas tendrán sobre ella.
El dolor perpetuo de las torturas nunca se va de ti, al cerrar los ojos verás ante ti el látigo golpeando tu alma desnuda.
Cuando te duches, estarás a un paso de volver a sentir la fuerza sobre tu piel y el frío de su fervor y cuando renquees por las consecuencias de las palizas, recordarás de manera apresurada que tu alma siempre les pertenecerá.
Cierro los ojos buscando en la oscuridad una nueva oportunidad y doy una gran bocanada de aire esperando que me libere de las manos rudas e indeseables de Hades [16] .
El silbido del viento acariciando y revolviendo las hojas de los abedules remueve mi interior y me transporta a otro de los peores momentos de mi vida.