Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Un año nuevo se alzó ante mí con sabor a pérdida y soledad.

Abrochaba los botones de la camisa con la delicadeza de la primera vez, e intenté atarme la corbata varias veces pretendiendo ser lo suficiente mayor, pero la dificultad solo dejó al descubierto lo que era realmente, un niño.

Nunca olvidaré esa primera vez poniéndome una camisa y una corbata, sintiendo que me alejaba con esa pequeña acción de la inocencia y la niñez.

Me la aflojé rápidamente después de que Linda, la madre de Nick, me la pusiera con todo su empeño, pero no podía, me asfixiaba, me ahogaba, me hacía sentir todavía peor, si eso era posible.

Acabé quitándomela en mitad de la ceremonia cuando los sollozos y llantos de gente que ni siquiera los conocía comenzaron a aflorar.

Me sentía un farsante, sin saber tan siquiera lo que esa palabra significaba.

Pero lo hacía, era ridículo, no podía llorar a un par de fotos y a un ataúd vacío.

¿Qué había hecho mal para que eso me estuviese ocurriendo?

Era incapaz de llorar, de sacar lo que tenía dentro.

Pero todo fue peor cuando escuché los primeros acordes de Hallelujah de Leonard Cohen.

El frío de la calle entró en la Iglesia, escalofríos recorrieron mi cuerpo y escuché por fin la palabra que me definiría por años.

Alguien se atrevió a referirse a mí como huérfano.

Sentí una gran explosión dentro de mí, puede que la verdad y la realidad me salpicaran de repente porque aún no era consciente de lo que me depararía a partir de ese momento la vida.

Había dejado de ser un simple crío, mi infancia se había truncado en un segundo, y no había nada que pudiera hacer.

Nada cambiaría mi presente. Los desconocidos que me rodeaban mostraban sus caretas de empatía y lástima, les daba pena, de eso no cabía duda.

«Pobrecito», escuchaba decir a algunos mientras la canción rompía, y era gracioso, porque era yo quien se rompía, una y otra vez, al escuchar la maldita palabra “Aleluya.” El nudo de mi garganta se estiraba con fuerza y en ocasiones pensaba que el aire no podría llegar hasta mis pulmones.

Solo quedaba una última estrofa y la canción terminaría por fin.

Nick agarró mi mano con fortaleza, y nos miramos a los ojos.

Los suyos no sentían pena, él no era como el resto de curiosos que habían llenado a rebosar la Iglesia y que seguro que no conocían mi nombre.

Nick era diferente, Nick no me dejaría caer, no era huérfano, aún me quedaba familia en la que apoyarme.

La melodía final dio paso al silencio y todo el mundo desfiló hacia el cementerio con sus lenguas viperinas a punto de reventar.

Tras las palabras de algunos familiares lejanos, los fariseos huyeron a sus casas para alimentar sus oscuras almas con cotilleos e historietas que pondrían en común unos con otros.

Nick, sus padres y yo fuimos los últimos en irnos.

Nuestras voces no parecían encontrar medida ni ganas de hacerse oír, así que permanecimos durante horas en completo silencio.

Pero de un momento a otro, decidí romper el silencio.

—¿Has visto a Troy? —pregunté, balbuceando y lamentándome por hacer una pregunta cuya respuesta tan solo conseguiría romperme un poco más.

—No, lo siento —pronunció mi amigo sincero y con cierta tristeza en su mirada—. No lo he visto.

De los minutos siguientes tan solo recuerdo la cercanía de los Evans y cómo me salvaron de las garras del terror. Mi cerebro borró por completo el sentimiento que creció dentro de mí con la ausencia de Troy, era demasiado duro para mí.

—Tyler, nos gustaría decirte que siempre habrá un hueco para ti en casa, eres como un hijo más, ya lo sabes —exclamó Joe dándome una palmada en la espalda y esbozando una especie de sonrisa. Él era uno de los mejores amigos de mi padre.

—Te queremos mucho, Tyler. —El nudo en la garganta de Linda explotó en forma de llanto y, con él, nos unimos en uno de esos abrazos que reconfortan. Aquellos que parecen unir todas las piezas rotas que no consigues colocar por ti mismo.

Ese día una parte de mí murió, pero otra nació en su lugar. Ese día volví a renacer.

Los guardias terminan de colocar las cadenas y ríen observando mi expresión cansada y desfallecida. Sergei, el más sanguinario de todos, se mueve hasta situarse frente a mí y, gozoso, cruza sus robustos brazos.

—Quítate el buzo —pronuncia seco arqueando las cejas y apretando con fuerza la mandíbula.

Lo hago sin miramientos. Me desprendo de lo único que me aleja de la hipotermia, y lo poso con delicadeza en la nieve, no me quedan más fuerzas. Sé lo que va a hacerme, lo que voy a tener que soportar, y ya no hay nada que me importe, solo espero que pase rápido. «Iluso» , me digo.

Sergei se acerca a mí, observándome puntilloso, intentando mantener las formas, pero pronto una carcajada resuena en mis oídos.

Siento su aliento tras de mí, helando mi alma, su olor a tabaco se aferra a mi piel y el castañeo nervioso de sus dientes me altera, acelerando mi corazón.

Cuando termina de revisarme, se gira hacia sus colegas para después exclamar:

—¿Sabéis, chicos? —Habla en inglés porque quiere que le entienda bien, quiere cerciorarse de ello—.

Este tío de aquí —Me da una palmada en la espalda y después golpea mis tobillos haciéndome caer al suelo.

Mis manos se congelan en el mismo instante en el que sienten el frío de las montañas de nieve—.

es y siempre ha sido mi favorito. En otra vida hubiese sido uno de nosotros, estoy seguro.

Las torturas a las que le he sometido ¡woaw!

—Una sonrisa gigante se forma en la comisura de sus labios—.

Os lo juro, no me he ensañado tanto en mi vida, y el cabrón —Agarra mi pelo, levantándome poco a poco—.

no se ha quejado nunca, ¡ni cuando llegó el invierno!

Está hecho de otra pasta, ¿a qué sí? —Me mira a los ojos.

Su pupila dilatada petrifica la mía y soy incapaz de apartar la mirada—. ¡Atadle!

Los guardias me arrastran hacia las cadenas y me atan a ellas con fuerza, el hierro oprime mis muñecas y mis tobillos provocándome un dolor agudo que pronto desaparecerá por el frío.