Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

—¿Qué pasa, Brenda? —Su mirada cabizbaja se elevó hasta juntarse con la mía. En sus ojos pude ver melancolía, tristeza y una pizca de nerviosismo.

—Es por la Sra Jefferson… unos policías han venido por ella, parece haber estafado una gran cantidad a la empresa de tu padre. —Mi rostro se resquebrajó en mil pedazos y la sonrisa esculpida que se había formado en la comisura de mis labios al levantarme, se esfumó en cuestión de segundos.

—¿Ella… está…aquí? —balbuceé interrumpidamente.

—No, ella no. Los policías están con tu padre en su despacho.

Las voces de unos desconocidos y de mi padre se sintieron más cerca a medida que pasó el tiempo y de un momento a otro me encontré frente a unos hombres uniformados que me sonreían y decían lo mucho que había crecido.

«No sabía que mi padre tuviese amistad con unos polis.

» Me permití sonreír levemente, pretendiendo ocultar la ansiedad e incertidumbre que corría por mis venas.

Cuando finalmente se despidieron y mi padre volvió a fruncir el ceño de camino a la cocina, yo me agazapé en esta esperando la ocasión perfecta para increparle su silencio.

—Papá… ¿a qué han venido esos policías? —mascullé, sabiendo que quizás me había metido en un lugar en el que no estaba preparado para entrar.

—Tu madre, la puta de tu madre. —Mis oídos rechinaron al escuchar a mi padre hablar de esa forma.

Tenía dieciséis años, pero los insultos hacia ella me seguían pesando como cuando era un niño y nos abandonó—.

¿Sabes? Ahora nos ha robado, bueno, lo hizo hace unos años, ¡y nos enteramos ahora!

Voy a echar a ese inútil de Brown de Contabilidad, ¿cómo nos puede robar 100.

000$ y que el imbécil no se entere? Claro, igual también se lo tiraba, esa zorra no sabía mantener la bragueta cerrada ni aunque quisiera.

—¡Para! ¡Deja de hablar así de ella! —Las palabras se agolparon en mi boca, y exploté como un volcán, sin previo aviso. Nunca había sido capaz de contestar a mi padre, nunca, y ahora sabía por qué.

La vena de su cuello se hinchó al mismo tiempo que su mandíbula se endureció. Sus ojos, grandes y redondos parecían a punto de salirse de sus órbitas, y su lengua parecía la de una serpiente dispuesta a soltar todo su veneno.

—¡Tú no vas a mandarme callar, tú eres un bastardo!

Escuché sus ofensas sin abrir la boca por miedo a que todo se magnificase. «Bastante había hecho ya»

—¿Sabes? Hay algo que esa a la que llamas madre nunca te contó —añadió.

Su rostro se volvió altivo, casi parecía disfrutar con lo que iba a decir:

—Tú no eres hijo mío, así que mantén la boca cerrada o la única cama en la que podrás dormir será la de la tumba de tu padre en el cementerio, su espíritu seguro que te da cobijo.

Mi perplejidad, difícil de esconder, se mostró en mi mirada y mis manos que hacía un tiempo que habían dejado de pertenecerme.

—Clive Black es su nombre, aunque me supongo que ya lo conocerás, tú mismo fuiste testigo de su romance —Sentí cómo mi cuerpo perdía poco a poco su fuerza—. junto a tu medio hermano Tyler.

El mundo se me vino encima, la oscuridad se cernía en mis ojos. A punto de desmayarme, mis dedos alcanzaron tortuosos la encimera y sobre ella, deposité mis brazos. Inhalé y exhalé. Volví a recuperar la vista.

Mi padre, o quien quisiera que fuese, resopló y se dio la vuelta para mirar el jardín. Luego sin tan siquiera echarme un vistazo, cerró la conversación:

—Lo siento, hijo, tú no tienes culpa de nada, pero ya sabes que no me gusta discutir, ni recordar a tu madre. Ven, Brenda ha hecho zumo de naranja, como a ti te gusta.

Mi boca está tan seca que la poca saliva que se transporta por ella me provoca un vivo cosquilleo que deriva, inevitablemente, en una tos áspera que me irrita aún más la garganta.

El dolor de cabeza es menos intenso, aunque permanece ahí, avisándome de que el peligro sigue junto a mí, acechando, esperando el momento perfecto para acabar conmigo.

Mis manos continúan temblando, como siempre, ya me he acostumbrado a su inestabilidad, y mi vista que se resiente ante los intermitentes flashes de luz, requiere la ayuda de unas gafas negras que me ha prestado una de las enfermeras del hospital.

Como si la hubiera llamado con un simple pensamiento, ésta aparece para informarme de todo lo que ha ocurrido y yo me lamento por recordar cada uno de los momentos del accidente.

Después de que Igor secuestrase a Karina y la ambulancia me trajese hasta aquí, los recuerdos se presentaron en mi mente como un tráiler de una película de acción, y por desgracia, se mantienen de forma constante cada vez que cierro los ojos.

—Sr Stewart, —Asiento despacio, sin mover el cuello más de unos centímetros.

No quiero que los mareos aparezcan de nuevo y me provoquen otro desmayo— es usted un afortunado.

El accidente solo le ha provocado una conmoción cerebral, deberá quedarse aquí un par de días…

queremos vigilarle y en el caso de que no presente ningún síntoma podrá irse… en unos tres días.

—¿Tres días? —exclamo, pensando en Karina y la relatividad del tiempo. Tres días pueden definirlo todo, encontrarla o no volverla a ver nunca más.

—Sí, tres días no es nada. Teniendo en cuenta que el accidente fue muy grave, podría estar usted muerto.

—Pero no lo estoy y no puedo quedarme aquí tres días, tengo que irme hoy mismo. —La enfermera arquea las cejas poco convencida y yo esbozo una especie de sonrisa que parece más una mueca de dolor.

—¿Le duele la cabeza?

—No —miento.

—¿Sensibilidad a la luz? —Niego con la cabeza, levantando las gafas y colocándomelas en la cabeza a pesar de la molestia—. ¿Dificultad para hablar?

—Estoy hablando con usted sin problema, ¿no? —Una pequeña risa se escapa de su boca y sacude la cabeza como si supiese la negligencia que está a punto de cometer y le produjese gracia.

—Bien, pero necesito que firme esto —declara, tendiéndome un folio escrito en ruso—, el papel dice que, si sufre una recaída, el hospital no es responsable de los posibles daños.

—¿Voy a necesitar un abogado, Srta… —Mi vista lucha por enfocar la placa identificativa donde se muestra su nombre, pero la luz destellea en ella, provocando la imposibilidad de la acción—. Srta? —Ella sonríe, al darse cuenta de que no he sido capaz de averiguar su identidad.

— Solovióv. —Esbozo una sonrisa y firmo, sin pestañear, mi contrato con la muerte—. Si se intensifican sus síntomas, no dude en volver por favor, una conmoción cerebral no es un juego.

Le agradezco sus palabras y me levanto de la camilla para vestirme. Ella, que aún no ha salido de la habitación, suelta una carcajada al ver mi culo al descubierto. Yo la sonrío de vuelta y exclamo:

—¿Acaso no me va a dejar usted un poco de intimidad, Srta Solovióv? —suelto pícaro, tratando de que la joven enfermera no se arrepienta de su decisión.

La chica sale de la habitación con rapidez y es ahí cuando mi expresión divertida se transforma en una totalmente oscura y vengativa. «Tengo que encontrar a Karina y tengo que hacerlo antes de que sea demasiado tarde.»

A duras penas, consigo atarme los botones, o subirme la cremallera de la cazadora.

Todo parece un poco más complicado hoy. «Sé que debería ir con calma, no hacer demasiados esfuerzos, ni tomar decisiones de vida o muerte pero al fin y al cabo, no me queda otra, no he elegido esto, ni siquiera se me ha ofrecido otra opción, yo solo soy un simple peón en una partida de ajedrez en la que no quiero participar. »

Clavo la vista en la caja situada en la mesilla de la cama.

«Imagino que ahí han dejado mis pertenencias, las pocas que llevaba conmigo.

» Rebusco en ella mi móvil y, desgraciadamente, confirmo lo evidente: la pantalla está rota y la batería agotada.

Resoplo en alto y continúo a regañadientes la búsqueda de las llaves de casa y mi cartera.

En cuanto las encuentro, salgo lo más rápido que puedo del hospital.

Un taxi me lleva a casa en cuestión de minutos.

Unos minutos terriblemente largos, claro está.

«Por los hemos tenía las gafas y he podido cerrar los ojos.

Es demasiado pronto para verme en un coche otra vez.

» No obstante, mi mirada se alza lentamente al escuchar el motor disminuyendo su potencia.

Y ahí comprendo que la vuelta a la carretera es ahora, el mínimo de mis problemas, frente a nosotros, se encuentran dos coches de policía y un camión de bomberos. «¿Qué demonios?»

Abrumado, tiendo los billetes sobre el salpicadero rápidamente sin tan siquiera agradecerle el viaje al conductor. «Supongo que la propina remendará mi ausencia de educación.»

La espesa nube de humo, que se precipita sobre mí, me provoca una tos infernal.

Me duele el pecho solo con respirar. La nitidez del fervor de las llamas me hace ver con claridad, por primera vez después del accidente, mi castillo de naipes derribado.

Las llamas abrigan mi hogar con tanta fuerza que siento el calor ardiéndome las entrañas.

El pasado de mi madre, los cuadros, las fotografías, todo lo que me unía a ella…

destruido. El fuego devora todo lo que encuentra a su paso de manera desesperada y yo siento cómo todo se rompe en mi interior.

Caigo al suelo de rodillas y grito desafiando a los dioses, rezándoles para que todo pare, para que todo se paralice, para que la vida me dé el respiro que me merezco, y que no tengo desde que mi madre se fue.

Observo el incendio congelado, petrificado, sintiendo que soy yo el que se quema con cada llama que recorre amenazante la madera.

El fuego es el culpable de mi orfandad, de mi silencio y de mi dolor.

Mi piel ya ha empezado a resentirse ante el inmenso calor que los bomberos, inmersos en su tarea y ciegos ante mi existencia, intentan sofocar, pero no me muevo, porque no puedo, una parte de mí se ha quedado ahí atrapada y no creo que pueda salir.