Mentiras (Inesperado 2) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

El tiempo transcurre sin que pueda remediarlo, ni tampoco anticiparlo.

No soy consciente de su paso, la imagen de la lumbre abrasando mi casa tiene un punto hipnotizante, descorazonador.

El reloj parece haber sucumbido a los encantos del fuego, algo que no ha ocurrido en el caso de los policías, los únicos capaces de sacarme del trance al darse cuenta de mi presencia intrusa en la escena de un crimen.

Dubitativos, preguntan si esa casa es de mi propiedad y yo por primera vez en años pronuncio el nombre verdadero de mi madre.

—¿Conoce a Alina Baronov?

—Soy su hijo.

Los agentes asienten.

—Sentimos mucho lo sucedido.

Ellos lamentan mi pérdida material, para mí es mucho más que eso.

—Tenemos que advertirte de que no ha sido algo fortuito, alguien ha debido provocar el incendio.

—Afirmo con un movimiento de cabeza con la convicción de saber quién es el responsable—.

No hemos encontrado a nadie… pero me temo que no puede entrar, la estructura está muy dañada y podría caerse en cualquier momento…

—Gracias —consigo decir a duras penas sin apartar la vista de los bomberos que cimientan los últimos eslabones de fuego que persisten en su lucha.

Ante mí, comienzan a caer pequeñas gotas de agua.

Son diminutas, pero me hacen recordar las tardes con tormenta en las que salía a correr por el Jardín Botánico, cuando todo parecía un pelín más fácil.

«Ahora mismo no quiero que Norfolk aparezca en mi mente» , susurro rebuscando en mi bolsillo algo para secarme el rostro.

Sin embargo, algo muy distinto a un pañuelo se abalanza sobre mi mano.

Su tacto rugoso me intriga y asusta al mismo tiempo, así que decido romper con la incertidumbre y sacarlo con vehemencia.

Un papel, un folio, una carta. Despliego los lados doblados con delicadeza y la dulce firma de Karina concluyendo el escrito, genera que mi corazón se encoja y que mi cabeza evoque una misión que aún yace inmersa en la lista de cosas pendientes.

Con temor, trago saliva y empiezo a leerla:

"Querido Troy:

Escribo estas palabras pegada al traductor de mi móvil, sabes que aún no sé tanto inglés como para hacerte una carta sin ayuda y lo hago, porque no me queda otra, no tengo valor para decírtelo a la cara.

Si estás leyendo esto significa que ahora no estamos juntos, pero tranquilo, te prometo que no me rendiré esta vez y que lucharé por lograr la libertad.

Y tú, querido Troy, espero que encuentres a la persona de la que estás enamorado y podáis ser felices.

Gracias una vez más por ofrecerme una salida.

Mi admiración hacia ti va más allá del amor, no he conocido nunca una persona como tú, eres un gran amigo.

Como diríamos en Rusia: “druz’yá paznayutsa v bidé [14] ”, que en tu idioma significa algo como: los amigos se conocen en la desgracia.

Tú me conociste en la mayor de mis desgracias, y nunca podré agradecerte todo lo que hiciste por mí. Gracias, de corazón.

Y ahora toca la parte difícil, la que te he ocultado durante estos meses.

Sé quién eres, en lo que estás metido y todo lo que ocurrió en Tailandia.

También conozco la dirección de uno de tus amigos y voy a dártela para que puedas seguir adelante.

Yo, a diferencia de ti, no fui una buena amiga, tenía miedo de que me dejases, de que me abandonases y de perder la oportunidad de volver a ser feliz.

Cuando ella contactó conmigo para darme esta información no supe que hacer, no podía dejar que te fueses.

Sin darme cuenta convertí tu vida en un infierno, porque, aunque lo niegues, sé que es así.

Esta es la dirección:

Pokhodkino 23, Óblast de Moscú, Rusia, 141897

Espero que puedas ser feliz, Troy, te lo mereces. Gracias y perdón.

Te quiero, Troy, hasta siempre.

Karina."

Una lágrima amenaza con salir, y sé que, si lo permito, las cosas no se quedarán ahí, me romperé y sucumbiré ante una cascada difícil de apaciguar, y, lamentablemente, no tengo tiempo para hacerlo, a pesar de que necesite desahogarme con todas mis fuerzas.

Decidido, pido a la policía que llame a un taxi por mí y suelto una mentira más.

—Probablemente me dejase el móvil en casa.

—Lo sentimos mucho —se lamenta de nuevo el más alto de ellos y, tras ello, hace la llamada.

—Gracias.

La espera interminable llega a su fin cuando escucho el motor de un coche acercarse.

Dentro, mis dedos juguetean mientras trato de abrocharme el cinturón ante el siseo del taxista que impaciente espera que diga una dirección.

Por fin, mis labios se despliegan valientes y al pronunciarlo en voz alta, mi corazón da un vuelco.

En diez minutos, mis pies se sitúan en Pokhodkino 23, una zona rural que huele a naturaleza y a animales. Un gran nudo en mi garganta me advierte de todos los peligros que puedo encontrarme, de las mentiras de todos estos meses, de la existencia de alguien que depende de mí.

«Además, ¿quién fue quien le contó todo a Karina?» Las preguntas sin respuestas me susurran que solo lo descubriré adentrándome en esa casa y yo, cansado de luchar por mantenerme a salvo, decido jugar todas mis cartas a un all in .

Me acerco al timbre nervioso, sintiendo las manos entumecidas y la garganta seca, y una vez que estoy ahí, con la verdad a un centímetro, pulso decidido el timbre.

Los segundos pasan muy lentos, incluso mi corazón acelerado triplica su velocidad, pero pronto las pisadas de alguien acercándose sepultan el silencio y entonces, una pregunta se introduce de forma precipitada en mi cabeza: «¿Quién de todos estará tras esa puerta? »