54. Capítulo 54
Hace dos días
E s hora del Plan B. Necesito que Greytech crea que Anna Winters ha muerto, pero no puedo permitir que nadie encuentre su cuerpo mientras yo siga aquí. Hay demasiado riesgo de quedar expuesta. El cadáver tiene que desaparecer.
No me dejan de temblar las manos. Todo se está descontrolando. La avalancha, estar atrapada aquí, el cadáver de Lilly esperando a ser descubierto. Respira. Piensa. ¡Date prisa!
La nota de Greytech me viene a la memoria. Haz que parezca un accidente. Aún tengo la llave de la moto de nieve. Y tengo una idea. Esto puede funcionar. Tiene que funcionar.
Primero, la botella de champán. Aparco el Hyundai y cruzo corriendo el aparcamiento bajo la nieve que cae hasta llegar al refugio.
Una vez dentro, voy directa a la habitación de Steve, subiendo los escalones de dos en dos.
La botella está sobre el tocador, donde él la dejó.
Forcejeo con el envoltorio de papel de aluminio hasta que se rompe en pedazos.
Tardo una eternidad en desenroscar el bozal de alambre.
—Vamos, vamos —murmuro, mientras se me resbalan los dedos.
El corcho sale disparado de la botella con un estallido violento.
Atraviesa la habitación y golpea la ventana.
El champán brota sobre mis manos, mi chaqueta y el suelo.
Corro al lavabo, con el líquido espumando por los bordes.
El olor inunda el pequeño baño mientras lo vierto por el desagüe.
Con las prisas, no soy capaz de mantener el pulso firme y el líquido salpica la encimera.
Cuando la botella está vacía, limpio el cristal con una toalla de mano y me la encajo entre el abrigo y el jersey.
El jersey de Lilly. El cristal duro me presiona las costillas, pero ahí está segura, oculta a la vista.
Necesito mis cosas. Algunas, al menos. Lilly no trajo casi nada y podría quedarme atrapada aquí durante días.
Cojo lo que puedo de los cajones. Un suave jersey de color crema, unos pantalones oscuros, ropa interior, un sujetador rosa del suelo y luego el azul porque es uno de mis favoritos.
Lo meto todo en una bolsa de plástico de la tintorería hasta que se llena.
También necesito mi cepillo de dientes. Me niego a usar el de Lilly.
¿Quién sabe dónde habrá estado su boca? Me doy la vuelta, inspeccionando el desorden y las cosas que tengo que dejar atrás.
No voy lo bastante rápido. Esto está tardando demasiado.
Salgo fuera de golpe y me dirijo al garaje de maquinaria que vi antes.
Encender las luces y mirar alrededor no es buena idea. Alguien podría verme. En su lugar, entrono los ojos en la oscuridad, escudriñando las sombras hasta que encuentro la máquina con una calcomanía del número seis en el carenado delantero.
Los recuerdos de mi misión en Alaska vuelven a mí. Puedo hacerlo. Sé conducir estos trastos.
El motor hace mucho ruido. ¿Y si alguien me oye? ¿Y si vienen a investigar?
Saco mi mapa de pistas arrugado. El papel no deja de agitarse por el viento. Concéntrate. Busca una pista. Cualquiera.
No es una ubicación lo que me llama la atención, sino un nombre. Pista Segunda Oportunidad. Más ironía. Es donde dejaré a la mujer cuya muerte me permite una segunda oportunidad para sobrevivir.
Con un plan sólido establecido, aparco la moto de nieve justo a la salida de los vestuarios, agradecida por la tormenta que me ha protegido de miradas indiscretas.
El cuerpo de Lilly pesa más de lo que imaginaba. Subirla a la moto de nieve es una pesadilla. No deja de resbalarse y tengo que tirar de ella hacia arriba una y otra vez.
—Quédate quieta —jadeo, rodeándole el torso con los brazos desde atrás.
Esta es la definición de locura. Estoy transportando a una colega muerta en mitad de una ventisca. Si me pillan... no, no me pillarán. No pueden pillarme.
La moto de nieve da un tirón hacia delante y tengo que inclinarme alrededor del cadáver para alcanzar el manillar.
La botella vacía me hinca con cada movimiento.
Me entran ganas de sacarla y tirarla a la nieve, pero tiene que estar con el cadáver de Lilly cuando la encuentren. Cuando me encuentren «a mí».
La moto de nieve avanza con dificultad por la nieve virgen profunda, hundiéndose en lugar de deslizarse.
Nada me resulta familiar. Todas las pistas parecen iguales con este tiempo. Blanco, blanco, todo blanco. ¿Dónde está la Pista Segunda Oportunidad?
Un único haz de luz atraviesa la nieve frente a mí. Viene otra moto de nieve.
Apago mi faro y me desvío de la pista; el pánico me hace dar un volantazo demasiado brusco. La moto de nieve se inclina peligrosamente. Detrás de mí, la otra máquina cambia de rumbo, siguiendo mi rastro.
No, no, no, no, no.
Acelero a fondo, subiendo por una pista empinada que no reconozco. Las ramas me golpean la cabeza al pasar. El cuerpo de Lilly rebota contra mí con cada bache; un peso muerto que amenaza con tirarnos a las dos.
Los faros de mi perseguidor desaparecen y ya no oigo el motor. Quizá esa persona nunca llegó a verme. Me permito un suspiro tembloroso, pero ahora estoy perdida.
Aparecen señales de pista bajo el haz de mi faro. Pista del Zorro Rojo. No es la de la Segunda Oportunidad, pero ya no importa. Estoy demasiado al límite como para andar con caprichos.
Arrastro a Lilly entre los árboles, colocándole los brazos para que parezcan naturales junto a la botella de champán.
Una mujer borracha. Perdida en una tormenta. Exactamente lo que Greytech ordenó.
Para cuando consigo bajar de la montaña, estoy tiritando de forma descontrolada. Abandono la moto de nieve fuera del garaje de maquinaria, pero me guardo las llaves en el bolsillo y me cuelo en el refugio por una entrada lateral.
Hay mucha gente en el vestíbulo y en la recepción. Todo el mundo habla de la avalancha. Mantengo la cabeza gacha, con la peluca rubia ocultándome el rostro.
Cerca del mostrador de recepción, el gerente general se dirige a un grupo cada vez mayor de huéspedes preocupados.
Su voz resuena por todo el vestíbulo: —Por favor, escuchen todos, necesitamos que permanezcan en el edificio principal del refugio por ahora.
No abandonen la propiedad. —Levanta las manos, tratando de mantener la calma—.
Estamos trabajando con las autoridades de Colorado para evaluar la situación.
Por ahora, el lugar más seguro para todos es aquí mismo.
No saben que acabo de cometer un asesinato.
Mis pensamientos regresan al presente. Han pasado cinco minutos. Quedan cinco minutos.
Ese es el tiempo que tengo para decidir qué hacer con Victoria Heslin. Cinco minutos para determinar si es otro problema que necesito eliminar, como el último tipo que hizo demasiadas preguntas. El que empujé escaleras abajo. Esta vez empujaré con más fuerza.
O podría intentar marcharme. Las llaves de la Polaris están en mi bolsillo.