Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Medianoche, otra vez
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Medianoche, otra vez

El primer día

Daniel se despertó a las siete y doce. Sin desperta-dor.

Aquello le pareció preocupante. Durante nueve años había necesitado tres alarmas, dos cafés y una razón de peso para levantarse antes de las ocho.

Ahora abrió los ojos y supo inmediatamente dónde estaba. Luz de Luna. Su casa. La palabra apa-reció sin pedir permiso.

Casa.

Miga dormía a los pies de la cama.

—Buenos días.

El gato abrió un ojo.

—Hoy es mi primer día.

Miga cerró el ojo.

—Oficialmente.

Nada.

—Podrías mostrar algo de entusiasmo.

Miga se estiró. Daniel se levantó.

Bajó antes de las ocho. Abrió las ventanas. Barrió. Ordenó el mostrador. Preparó café. Revisó la caja. Encendió el ordenador. Después se quedó en medio de la librería.

—¿Y ahora qué?

Había imaginado que convertirse oficialmente en librero produciría algún cambio. Una luz. Una señal. Quizá una aparición espectacular de la estantería trece. Nada. Solo treinta y dos mil libros esperando.

Entonces vio un papel pegado al interior del mos-trador. No estaba allí el día anterior.

COSAS QUE DEBE HACER EL LIbrERO

Daniel se acercó.

1. Abrir.

2. Vender libros.

3. Comprar libros.

4. Ordenar libros.

5. Recomendar libros.

6. Preparar café.

7. Limpiar.

8. Dar de comer a Miga.

9. Pagar facturas.

10. Intentar que las cosas extrañas no molesten a los clientes normales.

Daniel sonrió. Debajo, Gabriel había añadido:

Por ese orden, salvo el punto 8. Miga opina que debe ser el primero.

—Eso sí parece un manual útil.

Miga maulló desde las escaleras.

—Ya voy.

A las nueve abrió. A las nueve y dos entró Teresa.

—Buenos días.

—¿Esperaba detrás de la puerta?

—Pasaba por aquí.

Daniel miró por el escaparate.

—Vive en la otra punta del pueblo.

—He dado un paseo.

—Claro.

Teresa dejó una bolsa sobre el mostrador.

—Tarta.

—¿Por qué?

—Porque te quedas.

Daniel la miró.

—¿Cómo lo sabe?

—Clara.

—Hace doce horas que lo decidí.

—Clara.

—Entiendo.

Entró Ramón. Llevaba una botella de vino.

—Enhorabuena.

—¿También Clara?

—No. Teresa.

Daniel miró a Teresa.

—Ha sido rápido.

—Pueblo pequeño.

Entró el niño de los dragones.

—¡Daniel!

Llevaba un dibujo. Un dragón enorme sobre una librería diminuta. Encima había escrito:

LUZ DE LUNA

—Es para ti.

Daniel lo cogió.

—Gracias.

—¿Te quedas?

—Sí.

El niño levantó los brazos.

—¡Bien!

—¿Por qué te importa tanto?

—Porque falta el cuarto.

—¿El cuarto libro?

—Sí.

Daniel rio.

—Intereses puramente literarios.

A las nueve y media había doce personas dentro. A las diez, dieciocho. Alguien llevó empanada. Otra persona, flores. La panadera apareció con una ban-deja de pasteles. Daniel empezó a sospechar.

A las diez y cuarto cruzó la calle. Clara estaba sir-viendo cafés.

—Tú.

—Buenos días.

—¿Qué has hecho?

—Nada.

—Hay una fiesta en mi librería.

—Qué extraño.

—Teresa ha traído tarta.

—Es muy amable.

—Ramón vino con vino.

—También es muy amable.

—Hay una mujer que no conozco colocando flo-res en mi escaparate.

Clara miró.

—Marisa.

—¿Quién es Marisa?

—La florista.

—Naturalmente.

Daniel cruzó los brazos.

—Se lo has contado a todo el pueblo.

—No.

—Clara.

—Se lo conté a Teresa.

Daniel esperó.

—Eso es lo mismo.

Clara sonrió.

—Prácticamente.

A mediodía la librería parecía celebrar un cum-pleaños. Daniel no sabía exactamente el de quién. Habían aparecido dos mesas. Comida. Botellas. Sillas. Personas. Muchas personas. Algunas compra-ban libros. Otras no. Un hombre tocaba una guitarra en un rincón.

—¿Quién es ese?

Clara miró.

—Miguel.

—¿Por qué toca la guitarra?

—Porque tiene una guitarra.

Daniel decidió no preguntar más.

Don Elías llegó a las doce y media.

—Así que te quedas.

—Eso parece.

—Buena decisión.

—¿Cómo lo sabe?

—No lo sé.

—Gracias.

Don Elías sonrió.

—Las buenas decisiones no siempre se reconocen porque todo salga bien.

—¿Entonces?

—A veces se reconocen porque, incluso cuando salen mal, volverías a tomarlas.

Daniel lo miró.

—Eso es sorprendentemente profundo.

—Tengo ochenta y dos años. Alguna ventaja tenía que tener.

Sacó de su bolsillo un pequeño objeto. Era un reloj.

—¿El que atrasa diecisiete años?

—El mismo.

—¿Funciona?

Don Elías lo abrió. Las agujas se movían.

—Ahora solo atrasa siete minutos.

Daniel sonrió.

—¿Qué hizo?

—Leí el libro.

—¿Y?

—No te lo voy a contar.

—¿Por qué?

—No es tu libro.

Don Elías guardó el reloj.

—Primera lección.

—¿Cuál?

—Un librero entrega libros. No necesariamente necesita conocer lo que hacen después.

Daniel pensó en Eva. En Lucía. En León. En Ofe-lia.

—Me parece bien.

—Más tranquilo.

A las dos apareció Arturo. Traía una caja.

—No.

El abogado se detuvo.

—¿Qué?

—Si eso contiene documentos, puede volver mañana.

—Contiene una cafetera.

Daniel abrió los brazos.

—Adelante.

La caja contenía una cafetera pequeña.

—Era de Gabriel.

Daniel la miró.

—Clara dice que hacía un café horrible.

—Espantoso.

—Entonces ¿por qué la quiero?

—Porque era suya.

Daniel aceptó.

—Argumento válido.

Arturo miró la librería llena.

—Así que finalmente se queda.

—¿Usted también lo sabía?

—No.

—Gracias.

—Pero lo sospechaba.

—Eso ya me gusta menos.

Arturo le entregó una carpeta. Daniel lo miró.

—Ha dicho que no eran documentos.

—La caja no.

—Tramposo.

—Abogado.

Daniel abrió la carpeta.

—¿Qué es?

—Documentación para dar continuidad al nego-cio a su nombre. Hacienda, proveedores, seguros, licencias.

Daniel la cerró inmediatamente.

—La magia era más sencilla.

—La Administración suele ser más poderosa.

—¿Hay alguna regla de Gabriel para esto?

—Sí.

Arturo sonrió.

—Pagar a tiempo.

A las cuatro apareció una mujer con dos niñas. A las cuatro y media un grupo de senderistas. A las cinco entró un hombre buscando mapas.

Daniel trabajó. Cobró. Recomendó. Buscó. Ordenó. Se equivocó dos veces. Vendió por error un libro que estaba reservado. Pidió disculpas. Encontró otro.

Un cliente devolvió una novela porque tenía veinte páginas repetidas. Una niña vomitó junto a la sección infantil. Durante varios minutos Daniel pensó que prefería la puerta mágica.

Clara apareció con una fregona.

—Bienvenido al maravilloso mundo de las libre-rías.

—Esto Gabriel no lo puso en las reglas.

—Debería.

—Regla once: si un niño dice que le duele la barriga, aléjalo de los libros.

—Anótala.

Daniel lo hizo. En el cuaderno de Gabriel.

11. SI UN NIÑO DICE QUE LE DUELE LA BARRIGA, ALÉJALO DE LOS LIbrOS.

Debajo añadió:

Especialmente de la sección infantil.

Clara rió.

—Tu primera regla.

Daniel miró la página. Le gustó.

A las ocho se marchó la última persona. Daniel cerró. La librería parecía haber sobrevivido a una pequeña guerra. Vasos. Platos. Papeles. Libros fuera de sitio. Una servilleta dentro de una maceta. Miga dormía tranquilamente en el escaparate.

—Tú no has ayudado nada.

El gato no respondió. Clara recogía vasos.

—¿Contento?

Daniel miró el desastre.

—Pregúntame después de limpiar.

Trabajaron durante una hora. Cuando termina-ron, se sentaron en el suelo. Daniel abrió la botella que había llevado Ramón. Dos vasos.

—Por el primer día.

Clara levantó el suyo.

—Por el librero.

Chocaron. Daniel bebió.

—¿Gabriel tuvo también una fiesta?

—Sí.

—¿Cuando decidió quedarse?

—No.

—¿Cuándo?

Clara sonrió.

—Cuando cumplió diez años aquí.

Daniel la miró.

—¿Diez?

—Gabriel no dejaba que nadie celebrara que se había quedado.

—¿Por qué?

—Decía que todavía podía cambiar de opinión.

Daniel rió.

—Eso sí me lo creo.

—A los diez años Teresa decidió que ya no era provisional.

—Teresa parece tener bastante autoridad.

—Más de la que debería.

Daniel apoyó la espalda contra una estantería.

—¿Sabes qué es raro?

—Muchas cosas.

—Esta mañana me he despertado y no he pen-sado en mi antiguo trabajo.

Clara no dijo nada.

—Nueve años.

—Es mucho tiempo.

—Pensaba que echaría algo de menos.

—Quizá lo hagas.

—Quizá.

Bebió otro sorbo.

—Pero hoy no.

Clara sonrió.

A las once Clara se marchó. Daniel cerró con llave. Subió. Se lavó los dientes. Se metió en la cama.

A las once cincuenta y cinco abrió los ojos.

—No.

Intentó dormir.

11:56.

—No voy a bajar.

11:57.

Miga saltó de la cama.

—Tú tampoco.

Miga salió.

11:58.

Daniel cerró los ojos.

11:59.

Abrió uno.

—Esto es ridículo.

Bajó. Miga ya estaba sentado junto a la puerta.

—Solo vengo a comprobar que todo está cerrado.

00:00. Nada. Daniel esperó.

00:01. Nada.

—Bien.

Se dio la vuelta. La campanilla sonó. Daniel son-rió.

—Claro.

Abrió. No había nadie. Miró a ambos lados. Calle vacía.

—¿Hola?

Nada. Iba a cerrar cuando vio algo en el suelo. Un paquete. Pequeño. Envuelto en papel marrón. Sin dirección.

Lo recogió. Miga bufó. Daniel se detuvo.

—¿Qué?

El gato retrocedió. Regla nueve.

Si Miga se niega a entrar en una habitación, tú tampoco entres.

Aquello no era una habitación. Pero Daniel había aprendido que discutir cuestiones técnicas con las reglas de Luz de Luna solía ser mala idea.

Dejó el paquete en el suelo. Miga siguió bufando.

—No lo abro.

El gato no se movió. Daniel examinó el paquete desde lejos. No había nombre. Ni sello. Ni mensaje.

Entonces el papel se rasgó solo. Daniel retrocedió. Dentro apareció un libro. Negro. Pequeño. Sin título.

—Otra vez no.

El libro se abrió. Las páginas pasaron. Se detuvie-ron. Una frase apareció.

NO TODOS LOS CLIENTES VIENEN A COM-

PRAR.

Daniel tragó saliva. Otra línea.

ALGUNOS VIENEN A DEVOLVER.

El libro se cerró. Miga dejó de bufar. Daniel esperó.

—¿Ya puedo?

El gato se acercó. Olfateó el paquete. Después se sentó.

—Interpretaré eso como un sí.

Daniel recogió el libro. En cuanto lo tocó, escu-chó la campanilla.

Esta vez había alguien al otro lado del cristal. Un hombre. Muy anciano. Abrigo negro. Sombrero. En una mano llevaba un bastón. En la otra, una pequeña caja de madera.

Daniel abrió.

—Buenas noches.

El hombre levantó la mirada. Sus ojos eran de un azul extraordinariamente claro.

—¿Gabriel?

Daniel sintió el golpe de la pregunta.

—No.

El anciano lo observó.

—Entonces he tardado demasiado.

—Gabriel murió.

El hombre cerró los ojos.

—Lo siento.

Daniel esperó.

—Soy Daniel. Su sobrino.

El anciano miró el interior de la librería. Después a Miga. Sonrió.

—Tú sigues aquí.

Miga se acercó. El hombre se agachó con dificul-tad. El gato permitió que lo acariciara.

—¿Conoce a Miga?