Medianoche (Librería Luz de Luna 1) Lo que dejamos atrás #2
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Lo que dejamos atrás #2

—Desde hace mucho tiempo.

Daniel decidió no preguntar cuánto. Todavía.

El hombre levantó la caja.

—He venido a devolver algo.

Daniel recordó el libro negro.

—Pase.

El anciano entró. La campanilla sonó. Daniel cerró.

—¿Qué quiere devolver?

El hombre dejó la caja sobre el mostrador.

—Un libro.

—¿Después de cuánto tiempo?

El anciano pensó.

—Para mí...

abrió los ojos.

—Eso supera bastante nuestro plazo de devolu-ción.

El hombre sonrió.

—Para Luz de Luna han pasado ciento nueve.

Daniel miró la caja.

—Claro.

—¿Quiere abrirla?

—No especialmente.

El anciano rió.

—Gabriel habría dicho lo mismo.

Daniel levantó la tapa. Dentro no había ningún libro. La caja parecía vacía.

—No hay nada.

—Sí.

Daniel introdujo una mano. Sus dedos tocaron algo. Una cubierta. Páginas. Un libro. Pero no podía verlo.

Retiró la mano. Miró al anciano. Después a la caja. Volvió a tocar. El libro seguía allí. Invisible.

Daniel sintió que el estómago se le encogía. Recordó la estantería trece. El espacio vacío. La eti-queta.

LIbrO INVISIBLE.

El anciano sonrió.

—Creo que por fin ha vuelto a casa.

Daniel contempló la caja aparentemente vacía.

—¿Qué libro es?

El hombre se puso el sombrero.

—Ese es precisamente el problema.

Daniel levantó la mirada.

—¿Qué problema?

El anciano caminó hacia la puerta.

—Nadie recuerda haberlo escrito.

La campanilla sonó cuando salió. Daniel perma-neció inmóvil. Miró la caja. Después a Miga.

—Ni se te ocurra.

Miga saltó al mostrador. Se sentó junto a ella. Daniel cerró la tapa.

—Esto puede esperar.

Guardó la caja debajo del mostrador. Apagó las luces. Subió.

Y por primera vez desde que se convirtió en librero de Luz de Luna, Daniel dejó deliberada-mente un misterio sin resolver.

Lo que no sabía era que aquella sería, probable-mente, la decisión más sensata que tomaría en mucho tiempo.

CAPÍTULO 17

Lo que dejamos atrás

A la mañana siguiente, la caja seguía debajo del mos-trador. Daniel comprobó que estuviera allí. No la abrió. Eso le produjo una satisfacción inesperada.

Cuatro días antes habría pasado la noche entera intentando averiguar qué contenía. Ahora había aprendido algo importante. No todos los misterios necesitaban resolverse inmediatamente. Algunos podían esperar hasta después del desayuno.

—Estoy madurando —le dijo a Miga.

El gato comía.

—A un ritmo extraordinario.

Miga siguió comiendo. Daniel preparó café. La cafetera de Gabriel era realmente mala.

Clara no había exagerado. Probó un sorbo. Hizo una mueca.

—¿Cómo podía beber esto?

La campanilla sonó. Clara entró.

—Buenos días.

Daniel levantó la taza.

—Tenías razón.

—¿Sobre qué?

—La cafetera.

Clara sonrió.

—Te lo advertí.

—Esto no es café. Es una amenaza.

Ella dejó dos vasos sobre el mostrador.

—Por eso he traído estos.

Daniel cogió uno.

—Cásate conmigo.

Clara arqueó una ceja. Daniel cerró los ojos.

—Otra vez.

—Empiezo a pensar que tienes un problema con el café.

—Quiero decir que...

—Sé lo que quieres decir.

—Bien.

Clara miró debajo del mostrador.

—¿Qué escondes?

—Nada.

—Daniel.

—Un libro invisible.

Clara esperó.

—¿Eso es todo?

—¿Te parece poco?

—Aquí, no especialmente.

Daniel le contó la visita del anciano. Clara escu-chó sin interrumpir.

—¿Y no lo has abierto?

—No.

—Estoy impresionada.

—Gracias.

—Gabriel habría pasado toda la noche intentando leerlo.

Daniel sonrió.

—Entonces ya soy mejor librero que Gabriel.

—No exageremos.

Aquella mañana Luz de Luna estuvo tranquila. Después de la fiesta improvisada del día anterior, Daniel lo agradeció.

Ordenó. Hizo pedidos. Contestó correos de pro-veedores. Descubrió que alguien debía actualizar la página web de la librería, cuya última noticia anun-ciaba una presentación realizada tres años antes. Añadió aquello a una lista.

COSAS QUE HACER

—Actualizar web.

—Revisar inventario.

—Arreglar gotera almacén.

—Comprar cafetera.

Subrayó la última dos veces.

A las once recibió una llamada. Era la inmobilia-ria. Daniel miró la pantalla. Esta vez contestó sin dudar.

—Buenos días.

—Señor Ferrer. Queríamos confirmar si desea retirar definitivamente la propiedad.

Daniel miró alrededor.

—Sí.

—El comprador podría mejorar la oferta.

—No hace falta.

—¿Está seguro?

Daniel sonrió.

—Sí.

Para decirlo ya no tenía que esforzarse.

—Entonces cerraremos el expediente.

—Gracias.

Colgó. Cogió la valoración. La sacó del cajón. La rompió por la mitad. Después volvió a unir los dos trozos.

—Eso ha sido demasiado teatral.

Miga lo observaba. Daniel rompió los papeles otra vez. Los tiró.

—Ahora sí.

Poco antes de mediodía llegó Arturo.

—Espero que no traiga otra carpeta.

—No.

—¿Seguro?

—Solo esto.

Le entregó una llave pequeña. Daniel la examinó.

—¿Qué abre?

—Un trastero.

—Eso es demasiado aburrido.

—Está en la estación.

—¿Gabriel tenía un trastero en la estación?

—Desde hace años.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Daniel suspiró.

—Naturalmente.

Arturo sacó un papel.

—Pagado hasta final de mes. Después debe deci-dir si quiere conservarlo.

—¿Qué hay dentro?

—Gabriel pidió que nadie entrara.

—¿Ni usted?

—Ni yo.

—¿Clara?

—Tampoco.

Daniel miró la llave.

—¿Cuándo debía dármela?

Arturo sonrió.

—Cuando dejara de hacer preguntas sobre si iba a vender.

Daniel guardó la llave.

—Empiezo a pensar que Gabriel organizó mi vida con seis meses de antelación.

—Solo la primera semana.

—Eso no me tranquiliza.

La estación de Valdelumbre era pequeña. Dos andenes. Una sala de espera. Una máquina de bille-tes que parecía funcionar cuando quería. Y una hilera de trasteros en un edificio lateral.

Daniel encontró el número 8.

La llave encajó. Abrió. Esperaba libros. No había ninguno. Había cajas. Muchas.

En la primera encontró ropa. Chaquetas. Camisas. Zapatos. En otra, fotografías. En otra, documentos. Objetos personales. La vida de Gabriel guardada en cajas.

Daniel permaneció en la puerta. Aquello era dife-rente. No era magia. Era peor.

Abrió una caja. Una cámara fotográfica antigua. Un reloj. Cartas. Entradas de cine. Un pequeño tran-sistor. Una postal que Daniel había enviado a Gabriel cuando tenía doce años.

Estamos en Alicante. Hace mucho calor. Papá dice que no me meta tan lejos en el agua.

Daniel sonrió. Había olvidado aquella postal. Gabriel no.

En otra caja encontró dibujos. Algunos eran suyos. Un barco. Un dinosaurio. Una casa. En la parte inferior, con letra infantil:

PARA TÍO GAbrIEL.

Daniel se sentó en el suelo.

—Guardabas demasiadas cosas.

Siguió. Una fotografía de Navidad. Otra de un cumpleaños. Una entrada de un concierto al que habían ido juntos cuando Daniel tenía diecisiete. Una novela de aventuras muy gastada.

Daniel la reconoció. La de la fotografía de la caja trece. La primera que Gabriel le había regalado.

Abrió. En la primera página había una dedicato-ria.

Para Daniel.

Porque el mundo es mucho más grande de lo que parece.

Gabriel.

Daniel pasó el dedo por la tinta.

—Tenías razón.

Esta vez no culpó al polvo.

Al fondo había una caja distinta. Más pequeña. Encima ponía:

LUZ DE LUNA

Daniel la abrió. Dentro encontró varios cuader-nos. Uno por década. 1989-1999. 2000-2009. 2010-2019. 2020-2026. Diarios.

Se llevó el último. No quiso leer los demás. Toda-vía no.

Abrió por las últimas páginas. Gabriel había escrito poco durante los últimos meses. Notas bre-ves.

12 de enero.

El médico confirma lo que ya sabía. No parece que vaya a tener otro invierno.

Daniel tragó saliva. Siguió.

3 de febrero.

Clara insiste en acompañarme al hospital. Le he dicho que no hace falta. Ha venido igualmente.

Sonrió.

21 de febrero.

Miga ha robado media loncha de jamón. No muestra arrepentimiento.

—Eso tampoco ha cambiado.

Otra.

17 de marzo.

Treinta y siete años.

Ernesto tenía razón. Pasan deprisa.

Otra.

2 de abril.

El libro ha vuelto a escribir.

YA ESTÁ PREPARADO.

Daniel vendrá.

Daniel pasó página.

5 de abril.

He preparado la carta. Arturo cree que tres noches es demasiado. Clara cree que son pocas.

Yo creo que Daniel intentará marcharse después de la primera.

Daniel rió.

—Casi.

Otra página.

19 de abril.

Hoy he pensado en llamarlo.

Nada más. Daniel se quedó mirando aquella frase. Pasó página.

20 de abril.

No llamé.

Cobarde.

Daniel cerró los ojos.

—Los dos.

Siguió.

1 de mayo.

No quiero que venga porque me estoy muriendo.

Quiero que venga porque todavía está vivo.

Daniel dejó de leer. Durante un rato solo escuchó el sonido distante de un tren. Cuando continuó, que-daban pocas páginas.

8 de mayo.

Clara me ha preguntado qué pasará si dice que no.

Nada.

La librería buscará a otro.

Pero espero que diga que sí.

No por Luz de Luna.

Por él.

Otra.

14 de mayo.

He dejado sus dibujos en la caja.

Puede que se enfade.

Bien.

El enfado también sirve para recordar.

Daniel sonrió. Última página escrita.

23 de mayo.

Hoy he cerrado temprano.

Estoy cansado.

Miga se ha sentado conmigo en el escaparate.

carcajada. La siguiente línea estaba escrita más débilmente.

Si Daniel llega, espero que alguien le explique que no necesita entenderlo todo.

A mí me costó treinta años aprenderlo.

Y debajo:

Ha sido una buena vida.

Eso era todo. No había despedida. No había gran reflexión. Solo aquella frase.

Ha sido una buena vida.

Daniel cerró el cuaderno. Permaneció sentado en el suelo. No lloró inmediatamente. Primero sonrió. Después sí. Un poco. Lo suficiente.

Regresó caminando. Llevaba la novela de aventu-ras y el último diario. Las demás cajas se quedaron allí. Volvería. No necesitaba llevarse toda la vida de Gabriel en una tarde.

Cuando llegó a Luz de Luna, Clara estaba detrás del mostrador.

—¿Qué haces aquí?

—Había clientes.

—La librería es mía.

—Lo sé.

—Entonces yo atiendo.

—No estabas.

—Eso es un detalle.

Clara vio el cuaderno. Su expresión cambió.

—Has ido al trastero.

Daniel asintió.

—Sabías que existía.

—Sí.

—Todo el mundo sabe cosas menos yo.

—Cada vez menos.

Daniel dejó el diario.

—Gabriel escribió sobre ti.

—Espero que bien.

—Dice que eres incapaz de aceptar un no.

—Eso es un elogio.

—También que lo acompañabas al hospital.

Clara guardó silencio.

—Gracias.

Ella negó.

—No tienes que agradecerme nada.

—Sí.

—Era mi amigo.

Daniel miró el escaparate.

—También era el mío.

Clara lo observó.

—Solo que se me olvidó durante un tiempo.