Medianoche (Librería Luz de Luna 1) El gato del escaparate #4
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El gato del escaparate #4

—Más o menos. Ayudé a Gabriel con el inventa-rio el año pasado.

Daniel la miró como si acabara de anunciar que podía convertir simples piedras en oro.

—Clara... Creo que voy a enamorarme de ti.

—Espera a probar la tortilla antes de comprome-terte.

Daniel rió. Clara le sirvió una cerveza y preguntó qué tal el primer día. Daniel pensó en el libro negro, en las fotografías, en Miga y en la estantería trece.

—Normal. Completamente.

—Entonces no has encontrado nada.

—¿Qué debería encontrar?

—Treinta y dos mil libros.

—Treinta y dos mil ciento uno —bebió Daniel.

—¿Cómo?

—Nada.

Clara, mirándole le preguntó si dormiría arriba. Daniel confirmó que sí y mencionó que Gabriel le había pedido tres noches. Clara dejó de secar el vaso.

—Así que leíste la carta. ¿Completa?

—Era bastante corta.

—¿Qué sucede después de medianoche? —pre-guntó Daniel.

—¿Qué te hace pensar que ocurre algo?

—Todo el mundo se comporta como si ocurriera algo.

—Valdelumbre es un pueblo pequeño. Necesita-mos entretenernos.

—¿Y la campanilla? Gabriel escribió que si la oía después de las doce no abriera la puerta.

—Entonces no la abras.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo. Porque Gabriel te lo pidió.

—Gabriel está muerto.

—Precisamente —bajó la voz Clara.

Regresó a Luz de Luna a las diez y cuarto. Abrió la librería y la campanilla sonó una vez. Encontró a Miga sentado frente a la puerta del sótano.

—No. Ni hablar. He recibido suficientes adverten-cias sobre ese sótano para un solo día.

Subió a la vivienda, se duchó, leyó un rato y a las once y media apagó la luz. A las 11:59 esperó. El reloj cambió a 00:00. Nada. Daniel sonrió en la oscuri-dad.

Entonces, desde la planta baja, llegó un sonido: Tin.

Daniel abrió los ojos. La campanilla. Se incor-poró. Tin. Salió de la cama, recordó la carta (Si la primera noche oyes la campanilla después de las doce, no abras la puerta) y bajó lentamente.

La puerta principal estaba cerrada con llave. A través del cristal la calle se veía vacía. Miga apareció entre las estanterías y se sentó delante de la puerta mirando hacia fuera.

Esperaron diez, veinte, treinta segundos. Enton-ces alguien golpeó el cristal tres veces: Toc. Toc. Toc.

Una silueta estaba al otro lado: una mujer alta, delgada, vestida completamente de verde. La mujer levantó lentamente una mano y señaló el cartel de CERRADO. Después miró a Daniel, sonrió y negó con la cabeza.

CAPÍTULO 4

La señora de verde

Daniel y la mujer se observaron a través del cris-tal. Ella seguía sonriendo, Daniel no. Miga permane-cía sentado con una tranquilidad ofensiva. La mujer volvió a señalar el cartel de CERRADO, señaló su reloj de pulsera y levantó tres dedos.

Daniel se acercó a la puerta.

—Estamos cerrados.

La mujer inclinó la cabeza. Daniel finalmente abrió la puerta apenas unos centímetros con la cadena de seguridad puesta.

—¿Qué quiere?

—Comprar un libro —respondió con voz suave —. El jardín que recuerda.

—¿Autor?

—No tiene.

—¿Editorial?

—Tampoco.

—Eso facilita muchísimo las cosas —ironizó Daniel.

—Gabriel sabía dónde estaba. En la estantería trece.

Daniel dejó de respirar por un instante.

—No existe. Hay una doce y una catorce.

—Entonces debería ser fácil encontrarla —sonrió la mujer—. Me llamo Ofelia.

Daniel quitó la cadena y abrió la puerta.

—Cinco minutos.

Ofelia entró. Se quitó el abrigo verde oscuro y caminó hacia el fondo. Daniel la siguió hasta la puerta del sótano.

—Gabriel me dejó un mensaje —dijo Daniel—. Decía que no buscara la estantería trece.

La sonrisa de Ofelia desapareció.

—¿Un libro negro? ¿Dónde está?

—Arriba.

—Entonces todavía tenemos tiempo para encon-trar mi libro.

Bajaron al sótano. Frente al espacio vacío entre las estanterías doce y catorce,

Ofelia pidió la llave que le había dejado Gabriel. Daniel la sacó del bolsillo.

—Acérquela a la pared —indicó ella.

Daniel aproximó la llave antigua y esta comenzó a calentarse. Se oyó un “Clic”. Una sección completa de madera comenzó a desplazarse sin motores ni ruedas visibles hasta revelar la estantería 13.

Ofelia revisó los lomos sin título y extrajo un pequeño volumen de cubierta verde.

—Aquí está.

Daniel revisó las páginas del libro: estaban en blanco.

—Está vacío.

—Para usted. Para mí está lleno —sonrió Ofelia.

Sustituyó el pago con doce pequeñas monedas plateadas que tenían grabada una luna.

—Guárdelas. Para recordar algo que estoy empe-zando a olvidar— murmuró al guardarse el libro en el bolso.

Ofelia subió, se puso el abrigo y tras ello, se diri-gió a la puerta. Salió a la calle vacía y abrió un para-guas verde. Pasó detrás de una farola y, en un instante, desapareció. Daniel corrió hacia la farola, pero la calle estaba desierta.

Regresó muy desconcertado, cerró la puerta y guardó las doce monedas en un cajón. Antes de subir a dormir, sacó el libro negro del cajón y vio que debajo de la primera frase había aparecido una segunda escrita a mano:

NO BUSQUES LA ESTANTERÍA TRECE,

TE HA ENCONTRADO ELLA A TI.

Desde el sótano llegó un sonido de madera arras-trándose. Daniel decidió no bajar. Por hoy ya tenía suficiente.