Epílogo
Tee
Estudié la foto que Max me había enviado, con una sonrisa en los labios.
Mostraba a Max y Lexi de pie en la parte trasera de la caravana, bajo el gran cartel rojo de «Recién Casados» que adornaba la ventana trasera.
Max sostenía el extremo de la festiva ristra de latas atadas a la caravana y miraba a la cámara con su ceja buena arqueada en muda interrogación.
Pillé la broma al instante.
Eran latas de Pbr, esa birra barata y asquerosa que los chicos y yo solíamos beber cuando hacíamos novillos en el instituto.
Hashtag esto es obra tuya, decía el pie de foto, y luego: ¿Por qué no estás aquí, donde deberías estar?
Solté un suspiro abatido. Max no se andaba con rodeos. Ojalá hubiera podido estar en la boda de Max y Lexi. Pero no iba a hacerlo. No podía.
En lugar de eso, estaba atrapada aquí, en este elegante bar en la cima del hotel más lujoso de Caracas, donde los criminales adinerados y sus secuaces se reunían para celebrar sus negocios turbios.
Hablando de corrupción. Di un sorbo a mi martini y escudriñé a un grupo de recién llegados en busca de mi presa.
Todavía no había llegado.
Sopesé la idea de marcharme. Pero no, tenía que quedarme, por si acaso.
Si mi objetivo aparecía, quizá pudiera confirmar los rumores que circulaban. Si eran ciertos, las vidas de gente extraordinaria corrían peligro, al igual que los derechos de toda una nación.
Diez minutos más, me prometí. Después lo dejaría estar.
Sin perder de vista la puerta, volví la atención a la foto del móvil. Lexi estaba junto a Max, pillada en plena carcajada, con el rostro relajado y los ojos fijos en su flamante marido, brillantes de felicidad. Estaba más guapa que en cualquiera de sus legendarias portadas de revista.
Favor con favor se paga. Así era Lexi. Desde el momento en que la conocí, vi más allá de la celebridad y descubrí a la persona real que se escondía tras el brillo y el glamour.
Pensé en Max de inmediato, en el chico joven, dulce y empollón que era cuando lo conocí, en la dosis de cariño que necesitaba, su última y única oportunidad de sanar.
Recordé cómo había hackeado el servidor del instituto para borrar mis faltas y que mi padre no descubriera que seguía juntándome con los «malvados chicos Battleson».
Max se había convertido en un chico inteligente, guapo y despreocupado. Hasta que Leo murió. Entonces cambió. Desde la distancia, lo vi convertirse en una sombra de sí mismo.
Había sido arriesgado enviar a Lexi hacia Max cuando él estaba tan mal. Pero Lexi tenía lo que hacía falta: paciencia, compasión, comprensión y esa bondad rara, única y sanadora que transformaba el sarcasmo en humor, la duda en confianza y la miseria en alegría.
Había sido la pareja perfecta para el guerrero roto que apenas había conocido bondad en su vida. Ella lo reconstruyó desde cero y, a cambio, él le prestó su fuerza. Le enseñó coraje a un hombre valiente y Max, a su vez, le enseñó a Lexi lo único que nunca había conocido: su propio valor.
No estaba nada mal para el trabajo de un día... el mío.
Sonreí y me di una palmadita mental en la espalda.
Pero mi trabajo distaba mucho de haber terminado.
El dolor de Troy pasaba desapercibido para todos. Su papel como el solucionador de los Battleson, que retorcía la ley en nombre de la justicia, le estaba pasando factura.
Ojalá pudiera hacer por Troy lo que había hecho por Jax y Max. Ojalá Troy aceptara mi ayuda.
Pero no, los hombres como Troy no aceptaban ayuda de nadie, ni siquiera sabían cuándo la necesitaban. Les gustaban las mujeres, pero no confiaban en ellas.
No es que culpara a Troy. Su pasado justificaba su cautela. Pero su futuro dependía de que la superara. ¿Cómo iba a lograr que Troy confiara en alguien aparte de sus hermanos y de mí?
Estaba dándole vueltas a mi problema con Troy cuando mi presa hizo su entrada, rodeado de su pandilla habitual de matones, una mezcla de cubanos e iraníes que lo custodiaban día y noche.
Imposible acercarme a él esta noche.
Fue entonces cuando reparé en la única mujer de su grupo. La reconocí al instante.
¿Qué demonios hacía ella aquí?
Se sentó junto a mi objetivo, una mujer menuda y frágil, con los hombros hundidos y la mirada clavada en la punta de sus zapatos. Iba toda de negro. Aún de luto, entonces. Se me encogió el corazón al verla.
No hizo el más mínimo esfuerzo por mirarme. Pedí otra copa y me dispuse a observar y esperar.
Al cabo de un rato, la mujer le susurró algo al oído. Él asintió. Ella se levantó y, flanqueada por dos de sus matones, se dirigió al baño. Esos desgraciados estaban muy atentos esta noche. Ni siquiera la dejaban ir al baño en paz.
Esperé a que volviera a su asiento, con el pulso algo acelerado. Conté hasta tres mil mientras daba sorbos a mi martini. Cuando consideré que había pasado tiempo suficiente, me levanté y me alisé el minivestido.
Soltando estratégicos «Hola» y «¿Cómo están?
» por encima del hombro, crucé el salón contoneándome sobre mis tacones, muy consciente de las miradas que evaluaban la seda roja ceñida a mis curvas.
Cuando mi objetivo levantó la vista, lo saludé con un ademán desdeñoso y desinteresado que decía buenas noches y adiós.
Sí, mi vestido gritaba «mírame». Estaba diseñado para llamar la atención. Kass lo habría odiado nada más verlo, porque exponía demasiado de mí ante alguien que no fuera él.
Lo cual probablemente explicaba por qué me lo ponía siempre que hacía falta.
Sonreí para mis adentros, recordando lo hábil que era para quitarme la ropa y meterme en su cama, y lo rápido que me hacía desearlo con solo arquear una ceja. El recuerdo me acaloró algo más que el rostro.
¿En serio, Tee? ¿Te estás poniendo cachonda y él ni siquiera está aquí?
Ese hombre. Años de distancia, más de cinco mil kilómetros entre nosotros, y aún conseguía dominar mis pensamientos y ponerme acalorada, alterada y fuera de juego.
Por eso tenía que mantenerme alejada de él.
Por eso no podía responder a sus mensajes, aunque oír su voz era como un regalo del cielo y sentir sus manos en mi cuerpo era lo único que deseaba.
Por eso no podía volver con Kass hasta que entendiera que yo no era una muñeca de porcelana para encerrar en su vitrina.
Yo también tenía derecho a vivir mi vida con los mismos criterios que él.
Y eso estaba haciendo.
El baño era tan lujoso como el resto del hotel, con largas encimeras de granito y suelos de mármol pulido. Entré en uno de los cubículos y revisé el portarrollos.
Nada.
Examiné las paredes en busca de garabatos y miré con cuidado debajo del inodoro.
Otra vez nada.
Esperé a que las demás mujeres salieran del aseo y fui a revisar los otros cubículos.
Tres cubículos más allá encontré el mensaje, metido en el portarrollos, tal como habíamos acordado.
Desdoblé la nota adhesiva amarilla y tuve que reprimir un grito ahogado.
Garabateadas con letra temblorosa, cuatro palabras me saltaron a la vista:
Lo tengo. Necesito salir.
Se me cerró la garganta. Aquella mujer menuda y tímida, una joya excepcional, había logrado lo que nadie más pudo. Ahora estaba en peligro de muerte y necesitaba desesperadamente mi ayuda.
Tenía que actuar. Ya. El barco estaba en llamas y a punto de hundirse.
Para ser sincera, no estaba del todo segura de esto. Me preocupaba causarles más problemas a los chicos. Dios sabía que ya tenían bastante encima. Pero no me quedaban más opciones y no podía confiar en nadie más. Si no actuaba ya, la mujer no sobreviviría.
El martini se me agrió en el estómago. No podía permitir que eso ocurriera. No lo permitiría.
Recé una breve oración para mis adentros, saqué el móvil y empecé a trazar un plan. Era una apuesta arriesgada, pero tenía que lanzar los dados. Jax y Max ya estaban fuera, pero ¿Troy?
Él seguía en juego.
Y él necesitaba mi ayuda tanto como aquella valiente mujer, sentada al otro lado del salón, necesitaba la de él.
Me permití esbozar una sonrisilla. El Rogue estaba a punto de toparse con la Traviesa.
¿Mordería el anzuelo?
Dos Battleson caídos, tres más por conquistar.
Fin