Max (Romance militar de héroes alfa nº 2) Capítulo veintitrés #4
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Capítulo veintitrés #4

—Nada de tonterías, chicos. —Apollo nos señaló con el dedo mientras salía detrás de los demás—. Este es un hospital respetable y ya os habéis pasado de la raya metiéndoos juntos bajo las sábanas. No hagáis que nos echen.

Mi sonrisa se mantuvo mientras escuchaba a Emme y a los chicos bromear por el pasillo. No sabía qué vendría después, pero ¿Emme y los chicos? Eran mis amigos, mi familia elegida.

Con otra mueca de dolor, Max se giró de lado para mirarme.

—Por fin solos.

Me giré de lado y le acaricié la mejilla con suavidad.

—Eres un desastre, el desastre más hermoso que he visto en mi vida.

Soltó un bufido divertido.

—¿Tu gusto en hombres? Rarísimo.

—Único, quizás —sonreí—. Yo diría que excelente, dado que tú eres el único para mí.

—Eso está bien, Lex, muy bien —me tomó los dedos entre sus manos y me besó los nudillos—. Porque quiero que te cases conmigo.

El corazón me dio un vuelco. Habría jurado que rebotó por toda mi caja torácica antes de salir disparado de mi cuerpo y estallar como un castillo de fuegos artificiales en el cielo.

Se me quedó la boca abierta y tuve que aclararme la garganta varias veces antes de poder hablar por encima del estruendo de mi pulso, que me retumbaba en los oídos.

—¿Acabas de pedirme que me case contigo?

—Así es, Lexilicious —dijo Max con un tono algo resignado—. Así es.

—Pero... yo... eh... —balbuceé buscando las palabras—. Si no recuerdo mal, dijiste que el amor es un cliché enorme y el matrimonio un contrato medieval.

—Recuerdas bien —esbozó una sonrisa irónica—. Pero puede que me equivocara en parte.

—¿En parte?

—Bueno, lo del contrato medieval sigue en pie.

—¿Sigue en pie?

—Te quiero, Lex —entrelazó sus dedos con los míos y me apretó la mano—. Necesito que me pertenezcas tanto como yo quiero pertenecerte, si tú me aceptas.

—Sabes... —me mordí los labios e intenté con todas mis fuerzas no llorar—. No necesitas firmar un contrato medieval para eso.

—Pero sí lo necesito —asintió con firmeza—. Quiero que sea definitivo. Firmado, sellado y oficial.

—Vaya —tuve que hacer un esfuerzo consciente para respirar—. Perdóname si estoy en shock. Te me has vuelto tradicional de la cabeza a los pies.

—Así es —me acarició el rostro y rozó sus labios contra los míos—.

Quiero que nuestros hijos se sientan seguros en el mundo, que lleven el apellido Battleson.

No me importa si quieres poner mi apellido detrás del tuyo o lo que sea.

Lo haremos como tú quieras. Pero ser un Battleson ha sido algo bueno para mí.

Voy a conseguir que sea algo grandioso para nuestro hijo...

hijos. El legado Battleson merece ser transmitido.

La sonrisa que se dibujó en mis labios fue imparable.

—No podría estar más de acuerdo.

—¿Le estás diciendo que sí al novio maltrecho?

—Bueno, antes de hacerlo, tengo que ser sincera contigo.

—¿Sobre?

—Joram me ha informado de que ronco —dije con cara seria—. Y babeo. Y si paso tiempo contigo y me como todo lo que cocinas, seguro que acabo con los temidos hoyuelos.

—Sí que roncas, un poco —admitió—. Lo del babeo no lo he visto todavía, pero me apunto. En cuanto a los hoyuelos, ya lo dejamos claro. Eres el ser humano más hermoso del planeta para mí. Siempre lo serás.

Acorté la distancia entre nosotros y lo besé con suavidad, un roce de labios y un juego delicado de lenguas que prometía a mi cuerpo toda una vida de dicha.

Él profundizó el beso en un intercambio tierno y sensual que llenó mi corazón de alegría y mis sentidos de la maravilla de tener a Max en mi vida.

Mi viaje había sido largo y solitario antes de tomar el desvío equivocado, subir por un sendero empinado y quedarme atascada justo en el lugar equivocado. Aunque resultó que era el lugar correcto.

Sonreí por dentro.

Dentro de años, cuando les contara a mis nietos cómo su abuelo cayó del cielo como un meteorito, no me iban a creer.

Ahora el viaje tenía sentido.

Toda mi vida había perseguido un ideal. La belleza había sido la búsqueda de la perfección. Pero entonces descubrí que la belleza no tenía nada que ver con la perfección y sí con las imperfecciones que nos hacían especiales y únicos a cada uno.

No había sabido lo que era realmente la belleza hasta que la descubrí en el rostro curtido de Max, en su sonrisa torcida y su cuerpo lleno de cicatrices, en su valentía y su fortaleza.

La belleza no era algo que se veía. Tampoco era algo estático, algo que se capturaba en la portada de una revista. Era algo que se sentía, se compartía, se difundía.

La belleza era amable, valiente, leal. Era un hogar y un refugio, un grupo de extraños que elegían unirse para formar una familia de verdad, una que se preocupaba por los demás.

La belleza era tanto un ancla como un par de alas. Era tener a alguien tan imperfecto como tú, firme como una roca a tu lado, día tras día.

La belleza era la mejor forma en que nos veíamos el uno al otro. Y en los brazos de Max, yo era hermosa por fin.

Max se apartó de nuestro beso y ladeó la cabeza con ese gesto inquisitivo tan suyo.

—Entonces, ¿qué me dices, Lex? ¿Vas a casarte conmigo o qué?

—Sí, voy a casarme contigo —sonreí a través de una cortina de lágrimas—. Y voy a quererte para siempre.