Max (Romance militar de héroes alfa nº 2) Capítulo veinte #3
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Capítulo veinte #3

—Métete esto en tu cerebro enfermo —dije, pronunciando cada palabra lentamente con voz baja y controlada, remarcando cada frase con un golpe de dedo en la barra—. Ya he ganado. Lexi puede perdonarte, pero yo nunca lo haré.

Sandro palideció. —Pero...

—Escucha con atención. —Clavé mi mirada asesina en aquel pedazo de mierda—. Si no dejas ir a Lexi, si no te apartas y la dejas vivir su vida como ella quiere, compartiré todo lo que tengo sobre ti con la policía.

Hice una pausa para que la información le entrara en su dura mollera.

—Después de eso —continué—, enviaré la historia al correo de cada modelo, agencia y diseñador de moda del planeta. Se la pasaré a revistas, tabloides, blogueros. Tu reputación quedará destruida.

A Sandro se le frunció la boca como un culo de gallina. Sabía que lo tenía pillado, y parecía que hubiera tragado un cubo de mierda.

—Piénsalo. —Seguí presionando—. Sin Lexi. Sin otras modelos que representar. Sin trabajo. Sin dinero. Y cárcel. Mucha cárcel si me salgo con la mía. Mi hermano Troy nunca ha perdido un caso. Se asegurará de que la fiscalía tampoco lo haga. Menudo cambio de vida. Para ti.

—No puedes hacer esto. —Sandro se pasó las manos temblorosas por el pelo—. No lo harás.

—Puedo y lo haré, a menos que hagas exactamente lo que te diga.

Le puse una mano en el hombro a Sandro y, apretando con fuerza, acerqué mi rostro hasta quedar a un centímetro del suyo y lo fulminé con la mirada.

—Te alejarás de Lexi. Nunca volverás a intentar hacerle daño.

Firmarás la rescisión del contrato que te espera en la bandeja de entrada y la entregarás en mi oficina a primera hora de la mañana.

Agradecí mentalmente a Troy por respaldarme de tantas maneras. Había reunido todos los hechos, elaborado un caso legal hermético y redactado la rescisión del contrato que ahora aguardaba en el correo electrónico de Sandro.

Había muchas formas de luchar por una buena causa. Para proteger a Lexi, para garantizar su felicidad, estaba dispuesto a usar todas las herramientas a mi alcance.

—No harás nada que pueda perjudicar a Lexi o a su carrera de ninguna manera —repetí para que quedara claro—. No volverás a contactarla. Te largarás y la dejarás en paz para siempre.

—¿Y si me niego? —preguntó Sandro, con la voz tan temblorosa como el resto de su cuerpo.

Enseñé los colmillos.

—Si no haces exactamente lo que te he dicho, me aseguraré de que nunca vuelvas a trabajar en la moda. Y eso será después de que salgas de la cárcel, si es que sobrevives a tus años allí dentro. Esto no es una amenaza, Sandro. Es una promesa. Fin. De. La. Historia.

Hice otra pausa, saboreando la perversa satisfacción que me invadió al ver cómo el rostro de Sandro se descomponía al darse cuenta de que le estaba devolviendo sus propias palabras detestables.

Eran las mismas palabras que me había dicho el primer día de la sesión de fotos, cuando tuve la desgracia de conocerlo, junto con el final fulminante que me había prometido hoy antes de descubrir lo que le tenía preparado.

La verdad era que habría metido al imbécil en la cárcel ayer mismo, sin problema. Pero en última instancia, era decisión de Lexi. Por ahora, mi trabajo era sacarla de ese maldito contrato. A partir de ahí, era ella quien realmente tenía el destino de Sandro en sus manos.

—Esta es tu única oportunidad de hacer lo correcto —dije—. ¿Queda claro?

Los labios del hombre se adelgazaron hasta desaparecer de su rostro. Sus hombros se hundieron y apoyó la frente en la mano. Reconocía la derrota cuando la veía. Sandro estaba acabado.

Había invertido las probabilidades a favor de Lexi en esta contienda. Los intereses de Sandro estaban en juego y, aparte de la posibilidad de acabar en la cárcel, la pobreza era el destino más terrible y aterrador para un bastardo codicioso como él.

Troy estaba preparado, pero yo tenía la certeza de que por la mañana Lexi estaría libre de su contrato de representación.

El móvil en mi bolsillo vibró. Lo saqué y abrí un mensaje de Trev.

Detectado uno de los móviles de Chaos. Ubicación no concluyente. Posible retransmisión de torre preprogramada. Múltiples contactos encriptados. Actividad de comunicaciones disparada. Seguridad en alerta máxima.

—Rescisión del contrato —gruñí, clavando una última mirada en Sandro—. Mañana. A primera hora.

Giré sobre mis talones y dejé a un Sandro conmocionado hundido en la barra. Saqué el auricular inalámbrico, me lo coloqué en la oreja y lo activé con un solo toque.

—Control, aquí base —murmuré—. ¿Me copias?

—Aquí Control —respondió la voz de Trev—. Te copio. Activando comunicaciones del equipo.

En cuanto se emitió la alerta, mis hermanos se levantaron de sus asientos, se pusieron los auriculares y confirmaron su posición discretamente con Trev.

Convergieron hacia mí, procurando no alertar a nadie de posibles problemas. La histeria colectiva nunca venía bien en ningún plan.

Moviendo los dedos contra la manga, transmití las instrucciones de despliegue mediante señas.

Kass y Troy se desplazaron para flanquear el final de la pasarela a las tres y las nueve.

Apollo se dirigió al lado izquierdo del escenario.

Jax se inclinó sobre Emme y le susurró algo al oído antes de moverse hacia el lado derecho.

Me dirigí directo a los bastidores, hacia Lexi.

Si el móvil de Chaos había pasado de cero a cien, algo estaba pasando. Peor aún, múltiples contactos significaban posibles infiltrados en el lugar. Palpé la fiel Glock en la sobaquera y recorrí la pasarela con la mirada.

Lexi no estaba en ella en ese momento.

Como siempre, estábamos preparados para cualquier contingencia.

Las probabilidades de que Chaos o cualquier otro pudiera atacarnos en nuestro territorio eran casi inexistentes.

Y sin embargo, no lograba quitarme de encima esa sensación inminente de peligro que me atenazaba las tripas y me ponía los nervios de punta.

Lexi estaría completamente expuesta en la pasarela. Sería el objetivo perfecto. Teníamos seguridad por todas partes, pero de repente no era suficiente.

Tenía que impedir que Lexi saliera al escenario.