Capítulo veinte
Max
Mi mirada se quedó fija en Lexi mientras se abría paso entre la multitud con Carla abriéndole camino.
Lexi estaba espectacular esa noche. Llevaba el cabello recogido en la coronilla, cayendo en una cola lisa que le llegaba hasta la mitad de la espalda y se balanceaba ligeramente, como invitándome a seguirla.
Apreté los dientes para sofocar la oleada de testosterona que me quemaba por dentro y obligué a mis pies a quedarse quietos. Si iba tras Lexi en ese momento, no había forma de que llegara a la pasarela.
Para mí, Lexi se había convertido esa noche en la versión moderna de la diosa del amor. La prefería al natural, pero tenía que admitir que el maquillaje acentuaba sus mejores rasgos, realzaba el atractivo irresistible de su boca y transformaba sus ojos en la fuente de toda luz.
Sobresalía por encima de la mayoría de los invitados, envuelta en una columna de marfil que dejaba ver la esbelta línea de su espalda y acentuaba el sensual vaivén de sus caderas.
El vestido era una provocación para mis sentidos, elegante y a la vez sumamente sensual. Quería rodearla con mis brazos y deslizar las manos por la seda de su espalda desnuda.
Me puse duro solo de pensar en desvestirla y mordisquear su cuerpo hasta haber besado y lamido cada centímetro de su piel.
Gruñí en voz baja. Detestaba las miradas hambrientas que recorrían su cuerpo a su paso. Me entraban ganas de golpear a todos los hombres de la sala, y también a algunas mujeres que devoraban a Lexi con sus miradas descaradas.
Contrólate, marine.
Troy se acercó y se puso a mi lado.
—Parece que estás a punto de atizar a alguien.
—No vas desencaminado —hice un esfuerzo consciente por relajar los puños.
—¿Crees que podrás acostumbrarte? —preguntó Troy mientras bebía de su vaso.
Me encogí de hombros, impotente. Lexi sacaba a relucir lo más primitivo de mí.
—El documento que me pediste ya está en la bandeja de entrada de Sandro —informó Troy—. Buena suerte con eso. Ah, y ¿Max?
—¿Qué?
—Será mejor que controles a tu neandertal interior —dijo con una sonrisa burlona antes de alejarse.
Troy tenía razón. Debía controlar mi temperamento antes de pasar a la siguiente misión.
Ignoré la llamada de los bares bien surtidos del patio. Me negué a emborracharme esa noche. Lexi ya desconfiaba de mí. No hacía falta volver a mi modo por defecto: emborracharme y buscar pelea. Gilipolleces así la empujarían al límite.
Seguí a Lexi con la mirada hasta que desapareció detrás del escenario. Con ella fuera de mi vista, quizás ahora podría pensar con claridad. Saqué el móvil del bolsillo y escribí un mensaje rápido.
¿Informe de situación sobre las huellas de Chaos de la redada de anoche?
Pasé sus huellas por varias bases de datos. Trev respondió de inmediato. Sin coincidencias.
Mis esperanzas de una identificación rápida se fueron al garete. Hervía de frustración. El muy cabrón era tan escurridizo como un condón lubricado.
Hablando de condones lubricados. Dirigí mi atención hacia Sandro.
Lo había estado vigilando con el rabillo del ojo desde que puso un pie en el patio. Acababa de terminar una conversación con el operativo encubierto de BB al que había encargado impedir que Sandro se acercara a Lexi.
Le hice un gesto de asentimiento a mi hombre. Buen trabajo.
La sonrisa falsa pegada al rostro de Sandro se desvaneció cuando se dio cuenta de que Lexi se había ido. Una mueca agria endureció su rostro ya de por sí pétreo.
Como yo estaba estratégicamente situado detrás de uno de los árboles iluminados que adornaban el patio, no me vio. Se dirigió al bar más cercano, donde, a juzgar por sus gestos airados, le echó una bronca al camarero antes de exigir una copa.
Era un imbécil con ruedas y yo estaba listo para reventárselas.
En el escenario, un elegante redoble de tambor y la voz de un locutor profesional dieron la bienvenida a Kass en la pasarela. Bordó su papel de director ejecutivo con un breve discurso en el que agradeció al público sus donaciones.
Cuando terminó, la música subió a un tempo dramático. Una compañía de acróbatas musculosos irrumpió en el escenario dando volteretas. Vestían únicamente mallas negras de BB y asombraron al público con una fantástica exhibición de fuerza y flexibilidad.
No me iba este tipo de mierdas, pero incluso yo tenía que admitir que era un espectáculo deslumbrante.
Kass se había superado. Luces láser rasgaron la noche justo antes de que las cortinas brillantes se abrieran y Lexi avanzara con paso firme, encabezando una larga fila de modelos que lucían la nueva línea de BB.
No podía apartar la mirada de Lexi.
Estaba fenomenal con unos leggings de estampado de leopardo y la icónica cazadora de cuero de BB.
Sus tacones golpeaban la pasarela con precisión infalible y su cuerpo dominaba el espacio, provocándome descargas brutales de deseo.
El público estalló en vítores, pero nadie vitoreaba más fuerte que yo.
Cuando llegó al final de la pasarela, se quitó la cazadora, se la echó al hombro y puso una mano en la cadera para lucir un top a juego que se le pegaba al cuerpo como una segunda piel.
Señor, ayúdame. Sus pezones se marcaban a través de la tela, dejando muy poco a la imaginación. La polla me tiraba de la entrepierna. Tuve que hacer un esfuerzo para no doblarme ante semejante erección. Al menos la chaqueta del esmoquin me la tapaba.
Entonces Lexi se dio la vuelta y desfiló por la larga pasarela, regalándome a mí —y a dos mil VIP— una vista impresionante de su espectacular trasero.
Inspira, espira. Quieto, chico, quieto.
Este era su trabajo. Tenía que compartirla con el mundo, al menos visualmente. Pero iba a ser una noche muy larga.
En cuanto Lexi desapareció detrás de la cortina, entré en modo redada. Toda esa frustración sexual acumulada me vino de perlas. La canalicé hacia mi próxima batalla y me dirigí al bar, que ahora estaba desierto salvo por Sandro.
Estaba encorvado sobre la barra, haciendo girar un vaso de chupito vacío entre los dedos. Me coloqué a su lado y, de cara al escenario mientras vigilaba la pasarela, apoyé los codos en la barra.
—No estaba seguro de si te vería aquí esta noche —dije mientras escudriñaba al público.
Sandro me lanzó una mirada asesina de reojo.
—A pesar de tus esfuerzos por mantenerme alejado, mis credenciales me permitieron entrar.
—No, tus credenciales no —aclaré—. Yo di la orden de dejarte entrar.
Los ojillos de comadreja de Sandro se clavaron en mí. —¿Por qué harías eso?
—Quería hablar contigo.
—Tienes agallas, Battleson, pero no tengo por qué escuchar tus tonterías. —Me despachó con un gesto de la mano—. El lunes, Alexandra volverá al trabajo. Tú desaparecerás de su vida. Fin. De. La. Historia.
Reprimí el impulso de borrarle esa sonrisa de suficiencia de un puñetazo.
Estaba tan seguro de que Lexi iba a dejarme.
A decir verdad, después de todo lo que había pasado, sabía que mis posibilidades de retenerla eran escasas.
Pero eso no significaba que no fuera a resolver el problema que Sandro suponía para ella.
—Voy a por Lexi con todo —dije mientras Sandro se llevaba la copa a los labios—. Y tú vas a quitarte de en medio.
Sandro se atragantó con la bebida y empezó a toser y resoplar. El vodka le salió disparado por la boca y la nariz, y una fina lluvia de gotas salpicó la barra.
Agarré una servilleta de cóctel del elegante servilletero plateado y la arrojé sobre la barra como quien lanza un guante. Él la cogió, se limpió los labios con un gesto brusco y la estrujó en el puño.
—¿Cuánto? —escupió entre dientes.
Fruncí el ceño. —¿Cuánto de qué?
—¿Te crees que no he espantado a escoria como tú antes? —Me lanzó una mirada burlona—. Todo el mundo tiene un precio. ¿Cuánto quieres para largarte?
¿Largarme?
Hijo de puta. Quería sobornarme.
A mí.
Casi pierdo los estribos.
Controla tu genio, marine.
Lexi necesitaba mi cabeza, no mis puños.
Por fin entendí cómo Sandro había logrado mantener a Lexi aislada todos estos años. Había actuado a sus espaldas, sobornando a cualquiera que se le acercara, arruinando sus posibilidades de tener amigos o relaciones.
Tras hackear las cuentas bancarias de Sandro, ya sospechaba que había estado haciendo algo turbio con aquellas grandes retiradas de efectivo.
Pero una vez que destapamos esa caja de Pandora, encontramos un montón de mierda y me centré en reunir las pruebas que necesitaba para sacarlo de circulación. Ahora el propio Sandro acababa de confirmar otro delito que añadir a mi lista.
Lexi se iba a poner hecha una furia cuando se enterara. Y con razón. Sandro era un auténtico cabrón.
Sobornar a la gente para apartarla de Lexi no era lo único que había hecho para mantener el control sobre ella. Había más. Era un puto milagro que no lo hiciera polvo allí mismo.
Pero de una cosa estaba seguro. —No hay dinero en el mundo que pueda alejarme de Lexi.
—Así que no necesitas el dinero —gruñó Sandro, haciéndole señas al camarero para que le rellenara el vaso—. O quizás quieres hacerte el moralista. Da igual, me importa una mierda. Alexandra hará lo que yo le diga. Una palabra mía y te manda a paseo.
Apreté los dientes con fuerza. Eso no iba a pasar, no si de mí dependía.
Me di cuenta de que Sandro no conocía realmente a Lexi: la mujer inteligente y capaz que era, la persona intuitiva, amable y generosa que tanto me había enseñado sobre mí mismo.
Respiré hondo para calmarme. —Has logrado controlar y manipular a Lexi todos estos años. Ha trabajado duro, ha hecho todo lo que exigías, ha intentado complacerte. Pero nunca es suficiente, ¿verdad? Eres como una sanguijuela que le chupa la sangre. No la dejas en paz.
—No tienes derecho a...
—¡Cállate y escucha! —le espeté, apenas capaz de contener mi furia.
Sandro entrecerró los ojos, pero al menos mantuvo la boca cerrada.