Capítulo Doce #3
—Sí, ya sabes, del tipo que se cae de la parte trasera de un camión.
Abrió mucho los ojos.
—¿Por eso acabaste en el reformatorio?
Se me encogió el estómago.
—¿Quién coño te ha hablado de eso?
—Emme lo mencionó de pasada. Y el otro día, tus hermanos estaban bromeando sobre un lugar al que llamaban «el centro». También bromearon mucho sobre los «años de mierda», si lo entendí bien.
—Lo entendiste bien —me miré las uñas—. Pero no, no me pillaron robando.
—Entonces, ¿por qué estabas allí?
—Cabreé a gente de las altas esferas.
—¿Como quién?
Ladeé la cabeza y le lancé mi mejor mirada intimidante.
—Eres una brujita entrometida.
—Lo dice el listillo que acaba de intentar cambiarme los hábitos alimenticios.
No iba a dejarme escapar tan fácilmente.
Con el estómago en un puño y la garganta cerrada, me levanté, recogí los platos sucios y fui a la cocina. Ella me siguió, plantó su bonito trasero a mi lado y me ayudó a enjuagar los platos. Cualquier esperanza de distraerla de su interrogatorio se esfumó cuando me dio un codazo suave.
—¿Max? —insistió—. ¿A quién cabreaste?
—Al FBI, para empezar —abrí el lavavajillas y coloqué un plato en la rejilla—. Y al DOD, el Departamento de Defensa. Los hackers extranjeros los estaban machacando. Yo solo tenía once años, pero se lo hice saber.
Torció la boca en una mueca de rabia y tiró la esponja al fregadero.
—¿Y te mandaron al reformatorio por eso? ¿A ti, un pobre crío de once años?
—Más o menos.
Recordé el día en que el equipo SWAT irrumpió en casa de la abuela y se me llevó. Toda esa fuerza bruta no había sido necesaria, pero vaya si causaron impresión.
—Eso es absurdo —los ojos de Lexi ardían con la furia de un ángel vengador—. ¿Por qué le harían algo tan estúpido a un niño inocente?
—Supongo que no me consideraban «inocente». No les hizo gracia que un crío de once años con conocimientos tecnológicos anduviera metiendo las narices en sus servidores de alta seguridad o leyendo correos ultrasecretos a diario. Les quitaba el sueño.
—Si ese era el caso, deberían haberse tomado melatonina y dejarte en paz —murmuró Lexi entre dientes.
—Lo que más les jodió fue que el crío intentara sacar un dinerillo con sus rootkits para pagar el seguro médico de su abuela —me encogí de hombros—. Hashtag capitalismo muerto.
Clavó en mí su mirada aguamarina.
—¿Eras tan bueno siendo tan joven?
—Supongo.
Había usado mi alto cociente intelectual y mi habilidad para programar para llenar el vacío interior. Había sido implacable. Meterme en el reformatorio fue el patético intento del juez de menores de controlar mis habilidades.
Pero nadie había sido capaz de controlarme, no durante mucho tiempo, ni siquiera el jodido director ni las bandas que mandaban en aquel infierno. ¿Frenarme? Sí, una buena paliza podía conseguirlo. ¿Pero pararme? Ni de coña.
Leo entendió la locura obsesiva que me impulsaba. Se dio cuenta de que ni cerraduras, ni barrotes, ni palizas me detendrían. Joder, estaba hackeando incluso cuando me tenían encerrado en la enfermería, lamiéndome las heridas.
Leo ideó una estrategia diferente. Recondujo mi camino. Me mostró que podía hacer el bien haciendo el mal y me animó a convertirme en un hacker ético. Bajo su tutela, prosperé. Sentaba bien ser una fuerza positiva en el mundo.
Leo.
Se me cerró la garganta.
¿Por qué coño tuvo que morir en mis brazos?
—¿No tenías a nadie que te defendiera? —preguntó Lexi—. ¿Tu abuela no tuvo nada que decirles a esos idiotas?
—Oh, sí, tenía mucho que decir —cogí un trapo y me sequé las manos—. Solo que no tuvo oportunidad de decirlo.
—¿Por qué no?
Silencio. Las palabras no me salían del nudo en la garganta.
—¿Max?
—Tres días después de que me llevaran, tuvo un infarto —examiné mis pies descalzos sobre las baldosas—. Murió.
—Oh, Max. Lo siento mucho.
Los brazos de Lexi me rodearon y me estrecharon. Apretó la cara contra mi camisa. Sus hombros se sacudieron en silencio.
—La vida es una mierda y las cosas pasan —murmuré—. Es mi lema oficial.
Nos quedamos así, entrelazados, durante varios minutos: Lexi aferrada a mí y yo a ella. Poco a poco, obligué a mi cuerpo rígido a relajarse en su abrazo.
Me alegré de que no dijera nada. No había nada que decir. Cuando por fin reuní el valor para apartarme y mirarla a los ojos, los tenía muy abiertos y llenos de dolor.
—Te propongo un trato —le acaricié la cara, le tomé la mano y le besé los nudillos—. Nada de lástima por Max cuando cuenta sus historias de mierda. A cambio, no mencionaré los hoyuelos de tus muslos si alguna vez aparecen.
Soltó una risa entrecortada, una extraña mezcla de lágrimas y risitas que era mucho mejor que la alternativa. Sus suaves yemas me rozaron la mejilla y se deslizaron por mi barba. Me besó, una suave presión de sus labios que me descongeló el corazón.
Ella y yo veníamos de extremos opuestos del universo. Existíamos en mundos separados y, sin embargo, de algún modo ella había saltado al mío. La besé un poco más y empecé a olvidar el pasado de verdad.
Unos golpes en la puerta interrumpieron lo que prometía ser otra tarde en la cama.
—¡Largo! —grité hacia la puerta.
—Entrega para Lexi —gritó Trev—. Me dijo que se lo subiera en cuanto llegara.
—Es mi conjunto para la gala benéfica —se escabulló de mis brazos y corrió hacia la puerta—. Tengo que probármelo enseguida, por si hay que arreglarlo.
Pensar en la dichosa gala me revolvía el estómago. Odiaba las fiestas en todas sus formas, donde la gente falsa fingía caerse bien. Nunca había ido a la gala de Battle Brothers y no pensaba ir esta vez tampoco.
A Lexi le parecía bien. Demasiado bien, si me preguntaban. Como si supiera que su futuro no podía incluirme. Apreté los puños. Cuando se trataba de Lexi, estaba metido hasta el cuello.
—Muchas gracias —Lexi aceptó la caja de Trev y cerró la puerta—. A ver qué ha preparado mi estilista.
Estilista. Mierda. Me pasé los dedos por el pelo. Nunca había conocido a nadie que tuviera estilista.
Lexi dejó la caja sobre la mesa y cogió un cuchillo de cocina para cortar la cinta de embalaje. Abrió de golpe la tapa de la elegante caja, dejando a la vista una funda transparente que envolvía capas de seda color crema.
—¿Qué es esto? —Lexi frunció la nariz con expresión desconcertada.
Vislumbré la rosa solitaria, otrora roja y ahora marchita, que yacía sobre un sobre blanco. Todos mis sentidos se dispararon.
—Atrás.
Me interpuse entre Lexi y la caja y le hice señas para que se apartara. Una inspección rápida no reveló cables ni explosivos, ni rastros de sustancias extrañas ni nada fuera de lo normal.
Cogí la rosa muerta, la estudié y la dejé a un lado. Después inspeccioné el sobre. Papel de lino elegante. El nombre de Lexi impreso en el frente, pero nada más. Dentro encontré una tarjeta blanca y una fotografía. La tarjeta contenía un mensaje:
Si te quedas con los Battleson, acabarás así.
Apreté los dientes y le di la vuelta a la fotografía.
Una lápida de granito se alzaba a la cabecera de una tumba reciente adornada con una rosa muerta. Un único nombre aparecía grabado en la lápida: Alexandra, con la X en mayúscula.
Lexi soltó un grito ahogado, se tapó la boca con la mano y salió disparada hacia el baño más cercano.
Fui tras ella, pero la puerta se cerró de golpe en mis narices.
Los sonidos amortiguados de arcadas y vómitos se filtraron por debajo de la puerta.
Todo mi trabajo nutricional de la mañana se fue directo por el váter.
Me apoyé en la puerta y apoyé la frente contra la madera. Esto tenía que acabar. Ya. Si alguna vez había pensado que mantenerme alejado de Lexi la protegería, ahora eso carecía de importancia.
Solo quedaba una opción. Encontrar al hijo de puta que estaba jugando con su vida y acabar con él.