Capítulo Once
Lexi
Max abrió el cerrojo, pero vaciló antes de abrir la puerta.
Empezó a decir algo, como si quisiera añadir alguna advertencia importante antes de dejarme entrar en su casa.
Luego apretó los labios y guardó silencio.
Exhaló un largo suspiro, empujó la puerta y me indicó que pasara con un gesto de la mano.
No sé por qué, pero sentí como si me estuviera concediendo acceso a un santuario secreto.
Entré despacio en el salón de Max y me obligué a tragar saliva aunque tenía la garganta seca como un desierto.
Observé el espacio escasamente amueblado: los escritorios modulares alineados al fondo de la habitación, los servidores altos con sus luces parpadeantes y las ocho pantallas que colgaban en la pared del fondo.
Nada más.
Apreté los labios.
Las paredes blancas inmaculadas y los suelos de hormigón negro creaban una paleta llamativa, pero no daban ninguna calidez al lugar. No había ni una sola foto en la pared, ni una alfombra que aliviara el frío en los pies, ni cortinas, ni un toque de color en ninguna parte.
Me dolía el estómago. El lugar era desolador. Era la única palabra que encajaba.
Me giré y encontré la mirada de Max fija en mí, con los brazos cruzados y el cuerpo erguido. La tensión había vuelto a apoderarse de él. Me estudiaba, esperando que dijera algo, y no necesariamente algo bueno. Tenía los pies separados y bien plantados, como si se preparara para un asalto.
—Chic espartano —esbocé una sonrisa forzada—. Me gusta.
Metió los puños bajo las axilas y entrecerró los ojos.
—Estás mintiendo.
¿Qué era, un maldito detector de mentiras?
—Vale, bueno... quizá es un poco... austero —me encogí ligeramente de hombros mientras luchaba por recuperar mi equilibrio mental—. Me gusta la combinación de blanco y negro. ¿Eso cuenta?
—No lo sé —dijo, con la espalda rígida—. ¿Cuenta?
—Es un comienzo —logré esbozar otra sonrisa—. Pero espero que no hayas pagado todavía a tu diseñador de interiores. Aún queda mucho por hacer.
Bajó la barbilla hacia el pecho y sus hombros se sacudieron, lo que hizo que se me encogiera el estómago. Pero cuando volvió a levantar la vista, la media sonrisa que había aprendido a valorar bailaba en sus labios, y sus risas roncas me arrancaron una sonrisa más amplia.
—Me gusta esta silla —pasé una mano por el único otro mueble del espacio, un sillón reclinable negro encajado en la esquina. Luego eché un vistazo al pasillo—. ¿Qué hay por ahí?
Su pecho se elevó. Sus pectorales pusieron a prueba la camiseta, tensando la tela, y mi corazón se aceleró con el recuerdo de mis manos sobre su cuerpo. Max era hermoso en todos sus estados de ánimo.
Pasó junto a mí y marchó por el pasillo desierto, como un guerrero que se dirige a la batalla. Lo seguí a un ritmo más lento; mis pasos resonaban en el largo corredor.
Eché un vistazo a las puertas a ambos lados. Todas las habitaciones estaban vacías. El piso tenía la misma distribución que el de Jax y Emme, pero sin nada de su calidez hogareña.
Aquel lugar era una cueva fría que servía de cuartel para un soldado. O de tumba. No estaba segura de cuál.
Tragué el nudo que tenía en la garganta y caminé hasta el final del pasillo. Me detuve en seco en el umbral y observé el dormitorio. El corazón se me encogió hasta el tamaño de una pasa.
El único mueble de la habitación era un colchón extragrande. Estaba directamente sobre el suelo de hormigón desnudo, cubierto con sábanas blancas estiradas con precisión militar. Una sola almohada parecía pequeña, solitaria y abandonada sobre el colchón.
—¿Ves? —dijo Max, interrumpiendo el torrente de emociones que me hacía llorar por dentro—. Por eso no quería que entraras aquí.
—No está tan mal.
Miró hacia el techo y negó con la cabeza.
Levanté las manos.
—Vale. Lo admito. Está mal, pero...
Me desafió alzando la barbilla.
—¿Pero qué?
—Al menos tu casa no es otra habitación de hotel con solo el minibar como compañía. Y es tuya. Eso ya es un punto a favor.
Su frente se arrugó formando tres líneas.
—¿No tienes casa propia?
—¿Para qué? —deambulé por la amplia habitación mientras contemplaba la increíble vista de las montañas desde las ventanas—. Nunca estoy en el mismo sitio más de una o dos semanas seguidas. ¿Qué sentido tiene tener una casa si nunca estás en ella?
Frunció más el ceño.
—Todo el mundo necesita un campamento base.
—Cierto —dije—. Y por muy espartano que sea, este campamento base es tuyo. Nadie va a tirar tus cosas para una reforma de lujo. Ni a arrancar los recuerdos de tu infancia de las paredes para sustituirlos por papel pintado caro.
Quería dejar de hablar, pero no podía.
—Ah, y aquí hay otra ventaja —las palabras simplemente salieron de mi boca, sin censura—. Tu dormitorio no lo convirtieron en un camerino para grabar la parte de «confesiones» de un reality show, y no tienes que quedarte en un hotel cuando quieres pasar tiempo con tu familia.
—Joder —murmuró.
Intenté calmar el corazón acelerado. No sabía por qué había dicho todas esas cosas. Una presa se había roto dentro de mí y un torrente de emociones me había inundado sin previo aviso.
¿Por qué estaba tan alterada?
Nunca me había quejado antes. No sabía que todo aquello me molestaba tanto hasta que las palabras salieron, destilando un resentimiento tóxico.
Max se dirigió al vestidor como un soldado con una misión.
—Tengo una almohada de más por aquí.
Eché un vistazo tras él. Un montón de camisetas viejas, tres pares de vaqueros, unas sandalias Chaco gastadas y un juego de sábanas eran los únicos habitantes del vestidor desierto.
Salió enseguida con una almohada apretada contra el pecho.
—Espera. Necesitarás una funda de almohada.
Desapareció de nuevo en el vestidor.
El agotamiento me invadió y me flaquearon las rodillas. Me dejé caer sobre el colchón. El cansancio que pesaba en las extremidades era físico, claro, pero también emocional. Los giros repentinos de la noche me habían abrumado.
Estaba aquí. En casa de Max. Habíamos hecho el amor, cambiando por completo el curso que me había trazado. Le había contado cosas que nunca le había contado a nadie. Había pasado por altibajos y ahora no sabía qué vendría después.
—Aquí tienes.
Max salió del armario, tiró la almohada sobre la cama junto a la suya y se sentó a mi lado.
—¿Estás bien?
—Sí, claro, estoy bien.
Me reprendió con una mirada escéptica.
—¿Lex?
Había vuelto a su modo detector de mentiras.
—Vale, puede que no esté exactamente bien ahora mismo. Pero lo estaré. Siempre acabo estando bien.
—Ya me lo imagino.
Negó con la cabeza y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
Se quedó callado un rato, dándole vueltas a algo.
Encontré consuelo en el movimiento hipnótico de sus grandes manos, con los dedos entrelazados y los pulgares girando uno alrededor del otro.
Una maraña de pequeñas cicatrices plateadas surcaba los tres últimos dedos de su mano izquierda, que estaban torcidos y rígidos.
En mi cabeza, maldije las guerras que mataban y mutilaban el espíritu humano, el dolor que persistía mucho después de libradas las batallas, el precio que pagaban los valientes por demostrar su valentía.
Un gato negro salió del armario. Se detuvo en el umbral para bostezar, estiró las patas y me observó con ojos de un verde musgoso. Le faltaba la mitad de la cola y, aun así, seguía meneando el muñón con elegancia.
—¿Cómo se llama?
Extendí la mano hacia el animal.
Se acercó un poco, pero luego, con esa típica actitud distante de los gatos, se quedó justo fuera de mi alcance, olfateándome con las fosas nasales temblorosas.
Max se encogió de hombros.
—Lo llamo Gato, sin más.
—Sí, típico de ti.
Lo pinché con una sonrisa.
—Yo creo que se llama Jon Nieve.
—¿Jon Nieve?
Miró al gato y esbozó media sonrisa.
—¿Como en Juego de Tronos?
—Ajá.
Sonreí al animal, que ahora me frotaba la cabeza contra los dedos.
—Oscuro como Jon Nieve, con su puntito de trauma por lo de la cola.
—Perfecto.
Soltó una carcajada.
—¿Te gusta Juego de Tronos?
—¿Me estás vacilando? Me leí todos los libros mucho antes de que se hicieran famosos.
Se le ensanchó la sonrisa.
—Yo también.
—¿Jon Nieve es tu gato?
—Estaba aquí cuando me mudé hace un par de años, ya sabes, después de esto.
Se pasó la mano por encima del parche.
—Le doy de comer a veces y tiene su guarida en mi armario. Creo que por eso se queda.
—Bueno, hola, bonito.
Levanté del suelo a la pequeña bestia ronroneante y me lo acomodé en el regazo.
—Creo que le gusto.
—Pues claro que le gustas.
Max se levantó de la cama de un salto, sobresaltándonos a Jon Nieve y a mí.
—¿A quién demonios no le ibas a gustar?
Uy.
El gato y yo miramos al hombre que iba de un lado a otro, con el ceño fruncido.
¿A qué venía todo esto?
—No sé cómo hacer esto.
Max cerró los puños con evidente frustración.
—¡Es que no sé!
El gato y yo nos miramos antes de volver a mirar a Max.
—¿Hacer el qué?
—¡Esto!
Hizo un gesto señalándonos a los dos.
—¡Tú y yo!
Se me cayó el alma a los pies.
—Bueno, no pasa nada.
Intenté que el pecho dejara de dolerme, dejé al gato en el suelo y, buscando una escapada rápida, empecé a levantarme del colchón.
—Te dejo con tus cosas.
Su estado de ánimo había cambiado otra vez. ¿Había metido la pata? ¿No era capaz de controlar sus demonios?
—No te vayas.
Su tono cortante me dejó paralizada en el sitio. Al gato también.
Tragué saliva. ¿Qué demonios estaba pasando en ese cerebro tan grande y complicado?
—Quiero preguntarte algo.
Entrelazó las manos a la espalda y separó los pies, plantándose firme.
—Pero me cuesta.
Levanté las manos.
—No puedo responder si no preguntas.
—Sé que este sitio es una mierda, pero...
Vaciló y yo esperé, con el corazón golpeándome las costillas.
Afirmó las piernas, ampliando la postura.
—¿Quieres quedarte aquí, conmigo, ya sabes, de momento?
El corazón me dio un vuelco. Vaya cambio de rumbo. No era su ánimo lo que cambiaba. Era su forma de pensar.
La oferta de Max me pilló desprevenida. Aunque, pensándolo bien, todo lo que hacía Max me dejaba de piedra.
Me costó horrores articular las palabras.