Max (Romance militar de héroes alfa nº 2) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

Max

Leo y yo esperábamos a que los zapadores hicieran su trabajo, de pie al borde de la espesa jungla.

Estaban tardando una jodida eternidad. Yo ardía en ganas de moverme, decidido a encontrar a los niños inocentes que habían sido secuestrados por extremistas asesinos.

Pero Leo era metódico con sus misiones. Primero la seguridad.

Reconoció mi impaciencia con esa maldita sonrisa que lo hacía tan carismático para todos a su alrededor.

Era la misma sonrisa cómplice que había usado para reclutarme años atrás cuando nos conocimos en el reformatorio, la misma sonrisa fiable, cautivadora y persuasiva que me había vinculado a él y a mis hermanos.

Me sequé el sudor de la frente y entrecerré los ojos mirando a los zapadores.

—Vamos —murmuré, con todo el cuerpo vibrando de adrenalina.

Nuestras probabilidades de éxito eran bajas. Ningún otro equipo en el mundo había querido aceptar esta misión. Pero Leo se había apuntado. Era lo correcto, había dicho.

¿Mi opinión?

Cuanto antes nos moviéramos, antes sacaríamos a esos críos de las garras de esos hijos de puta asesinos.

—Nunca tuviste ni pizca de paciencia —dijo Leo.

Sacó una tableta de chocolate del chaleco, partió unos cuadrados y me lanzó el resto.

Devoré mi parte y me guardé el envoltorio en el bolsillo. Entrar, salir, no dejar rastro.

—Entonces —dijo, con el M4 pegado al pecho, sin duda intentando distraerme para que dejara de fulminar con la mirada a los zapadores, lentos de cojones—, ¿qué pasa con esa chica maja que trajiste a la fiesta el otro día?

Me encogí de hombros.

—¿Qué pasa con ella?

—Creo que te gusta, y mucho.

—Me gusta, sí, su culo, sus tetas, su coñito jugoso...

—Venga ya, Max. Déjate de gilipolleces machistas. Que soy yo, joder. No necesitas cortinas de humo. Llevas demasiado tiempo encadenando tías. Estás en celo permanente. ¿Tu objetivo es ser feliz o tirarte a todas las mujeres del planeta?

¿Feliz?

No era una palabra que los Battleson usáramos mucho.

¿Qué coño le pasaba a Leo por la cabezota?

Entrecerré los ojos mirando a mi hermano mayor.

—¿Me vas a soltar el sermón de los arcoíris y los unicornios? Sabes que todo eso es una mierda, ¿no?

—Somos una panda de cabrones cínicos —dijo Leo—.

No me malinterpretes. Tenemos motivos para serlo.

Nos hemos dejado la piel para salir del pozo de mierda en el que estábamos.

No hemos tenido tiempo de darle una oportunidad a esa mierda de la felicidad.

De la mierda venimos, pero a la mierda no tenemos por qué volver.

Me lo quedé mirando boquiabierto.

—¿Qué coño...?

—Solo era una sugerencia. Lo de la chica. Piénsatelo.

—Espera. —Caí en la cuenta de golpe—. Estás saliendo con alguien, ¿verdad?

Su respuesta fue una sonrisa enigmática.

—Joder, Leo. ¿Me estás diciendo que estás... qué? ¿Enamorado?

—Sienta de puta madre, hermano —su sonrisa se ensanchó—. Deberías probarlo alguna vez.

Los zapadores eligieron justo ese momento para dar el visto bueno.

Leo arqueó las cejas pobladas, dio la señal de avanzar y echó a andar.

Sacudí la cabeza, intentando asimilarlo. Mi hermano mayor estaba enamorado, un cliché que no significaba nada para mí. ¿Y quería que siguiera sus pasos?

Con un resoplido, troté tras Leo, sujetando el arma en posición de alerta, cañón hacia abajo, dedo en el gatillo, listo para entrar en acción. Él tomó punto como siempre. Yo me coloqué a su derecha, a las tres, dándole vueltas a lo que acababa de decir.

—¿De verdad crees que podríamos conseguirlo, ya sabes, eso de la felicidad? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Hemos hecho cosas más difíciles. ¿Por qué no?

—¿Todos nosotros, los simios? —dije—. ¿Hasta yo?

Miró por encima del hombro y me sonrió.

—Hasta tú.

Y entonces pisó ese puto IED.

Me desperté de golpe, con el corazón martilleándome las costillas y la cara empapada en sudor. Tenía la boca amarga de miedo y el pecho me dolía con los recuerdos vívidos de Leo. Leo sonriendo. Leo bromeando. Leo muriendo.

Joder.

Cerré el ojo e intenté calmar los latidos desbocados. Los recuerdos de cómo conocí a Leo y al resto de mis hermanos me inundaron la cabeza.

Fue justo después de que me mandaran al reformatorio.

Atrapado en ese lugar que llamábamos con sarcasmo «la instalación», había sido un crío enclenque y empollón de once años a merced de las bandas que mandaban allí.

Me habían humillado, acosado y dado palizas cada puto día en aquel infierno disfrazado de rancho para preadolescentes y adolescentes problemáticos.

Allí fue donde conocí a Leo, Kass, Jax, Troy y Apollo. Allí fue donde Leo montó nuestro equipo: seis delincuentes juveniles desesperados por sobrevivir.

Permaneciendo unidos, los seis plantamos cara a las bandas y poco a poco nos hicimos respetar en la instalación. Recuperamos el tiempo de recreo. Conseguimos jugar al videojuego que todos adorábamos. Y luego, aun estando encerrados, empezamos a ganar campeonatos virtuales.

Cuando ganamos el campeonato nacional, supimos que por primera vez en nuestras miserables vidas rotas teníamos algo a nuestro favor.

En los años siguientes, Leo consiguió sacarnos a todos del sistema infernal.

Hasta nos encontró una familia de acogida donde podíamos quedarnos juntos: Scott y Maria Battleson.

A pesar de nuestros pasados oscuros, los Battleson acabaron adoptándonos y nos ayudaron a empezar de cero.

A petición nuestra, nos pusieron nombres nuevos que Scott eligió basándose en su pasión por la historia antigua y en las ventajas de compartir apellido.

Quería a todos mis hermanos, pero Leo era mi ídolo. Era mi hermano mayor, el que nos había unido, la figura paterna que nunca tuve.

Todos lo admirábamos, no porque fuera el mayor ni porque fuera el más fuerte —él sería el primero en negarlo—. Se convirtió en nuestro líder porque era sólido como un portaaviones, feroz como un destructor y fiable como una fragata ligera.

Nos había salvado, nos había forjado, nos había impulsado. Me había empujado a usar mis habilidades informáticas como una fuerza para el bien en el mundo. Si no fuera por Leo y mis hermanos, probablemente habría acabado con todo antes de tiempo.

Habíamos luchado duro para salir de aquel pozo de mierda, habíamos estudiado, nos habíamos alistado en el ejército, habíamos servido con distinción. Luego fundamos Battle Brothers Inc. y triunfamos a lo grande.

Todo nos había ido de maravilla. Hasta que Leo murió. Estando yo al mando.

Quería gritar y despotricar. Quería soltar improperios, arrancarme el pelo, o quizá estrangularme con mis propias manos.

Respira, marine. Aguanta el dolor. Céntrate en el aquí y ahora.

Me froté la cara, fijé la vista en el techo pulido y luego la desplacé hacia las ventanas sobre mi cabeza. Fuera aún estaba oscuro.

¿Dónde demonios estaba?

Percibí una fuente de calor sobre mi costado izquierdo. Bajé la mirada y encontré a Alexandra desparramada junto a mí. No, Alexandra no. Lexi. La divertida, inteligente, preciosa y sensual Lexi.

Tenía el brazo echado sobre mi cintura y la rodilla flexionada sobre mis muslos con total abandono. Su larga melena negra como el ónix le cubría el rostro y se derramaba por mi pecho. Un solo mechón se agitaba cada vez que exhalaba, añadiendo encanto a su leve ronquido.

La sonrisa que asomó a mis labios me sorprendió. El pulso se me calmó. Una mujer en mis brazos. Qué bien se sentía. Lexi en la misma cama que yo.

Y entonces caí en la cuenta.

En el pasado, antes de la explosión, me dedicaba a saltar de cama en cama. Pero ¿quedarme a pasar la noche, despertar con una mujer a mi lado?

Nunca. Eso era una de mis líneas rojas.

Joder.

Nunca quise hacerle daño a Lexi. Tendía a cagarla con las chicas majas desde el primer momento. Y encima, estaba a punto de saltarme mis propias reglas.

¿Qué coño estás haciendo, imbécil?

Además, me había acostado con la estrella de mi sesión de fotos. Bueno, dormir era una palabra demasiado suave para describir lo que habíamos hecho.

Nunca me acostaba con compañeras de trabajo. Pero ahora lo había hecho, en el peor momento posible, cuando mis hermanos esperaban que reflotara la línea femenina de BB y yo estaba deseando volver a la rotación C.

No muy listo, marine.

Y luego estaba el hecho de que me había acostado con una modelo, una chica de portada nada menos, una mujer considerada una de las más guapas del mundo y totalmente fuera de mi liga. ¿Qué demonios podía ver en mí?

Tonto de remate.

El temor y la ansiedad se me instalaron en la boca del estómago. ¿Qué haría ella cuando despertara?

No necesitaba dramas. Intenté escabullirme de debajo de Lexi, pero se removió entre mis brazos, murmurando algo entre sueños. Le acaricié el pelo y se tranquilizó.

Sus rizos sedosos se deslizaban entre mis dedos, largos y rebeldes. Sus labios se curvaron en una sonrisa serena. Esperaba que sus sueños fueran mejores que los míos.

Su muslo desnudo se rozó contra el mío, trayéndome recuerdos de las últimas horas.

La polla se me despertó. Para un tío de sangre caliente que llevaba mucho tiempo sin una aventura erótica, la noche había sido un regalo caído del cielo y un milagro.

No solo habíamos tenido sexo. Habíamos tenido sexo espectacular.

A pesar de mis cicatrices, ella me había deseado tanto como yo a ella. Perdí la cuenta de cuántas veces se corrió. Joder, perdí la cuenta de cuántas veces me corrí yo.

Eres un maldito bruto.

Había usado a una mujer encantadora y preciosa para desahogarme. O quizá ella me había usado a mí. ¿Quién coño lo sabía?

Me tiré del pelo e intenté ordenar el torbellino de emociones que me oprimía el pecho.

Culpa. Quizá debería haber sido más caballero y menos bestia.

Sorpresa. Habíamos encajado bien juntos, y a toda máquina, habíamos sido increíblemente compatibles.

Euforia. Si había tenido alguna duda sobre mi rendimiento, Lexi me la había despejado.

Esperanza. Se sentía bien en mis brazos.

Si ella estaba cerca, yo estaba salvado.