Max (Romance militar de héroes alfa nº 2) Capítulo dos #2
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Capítulo dos #2

Odiaba los conflictos y las confrontaciones.

Los evitaba como a la peste. Como persona que siempre se disculpaba por todo, aprender a no hacerlo era algo en lo que llevaba tiempo trabajando.

Tenía que aceptar lo que sentía y no poner excusas por mis emociones.

El problema era que, cuando no estaba justificando el comportamiento de los demás, no tenía ni idea de qué decir.

Mejor no decir nada. Me mordí los labios. El silencio incómodo entre nosotros se alargó. Los álamos temblones llenaron el vacío con su susurro parlanchín.

—Empecemos de nuevo —dijo de repente—. ¿Vale?

Lo miré con gratitud. ¿Lo decía en serio?

Me dio un asentimiento seco que confirmaba sus palabras.

Empezar de nuevo. Sí, eso era lo que quería en la vida, lo que anhelaba.

Solté un largo suspiro.

—Vale.

La sonrisa que me dedicó me calentó por dentro como si el sol se abriera paso entre las nubes. Era completamente torcida, pero resultaba intrigante, como él.

Tan. Jodidamente. Sexy.

Se me contrajo el vientre y un hormigueo me recorrió toda la piel.

¿Era esa sonrisa perversa el anzuelo que usaba para pescar a las mujeres que sin duda lo rodeaban en los bares? ¿Sonreiría así después de una larga noche de sexo y juegos?

Madre mía.

¿De verdad mi mente había ido por ahí?

Contrólate, Lex.

¿Por qué esos pensamientos se habían colado los primeros?

—Si te digo que soy un conductor decente —dijo, interrumpiendo mis pensamientos lascivos—, ¿confiarás en mí para remolcar tu caravana adonde tenemos que ir?

—Conoces el camino mejor que yo.

Me metí la mano en el bolsillo y le puse las llaves del coche de alquiler en la mano.

—¿Y tu moto?

—Enviaré a alguien a buscarla.

Abrió la puerta y me indicó con un gesto que subiera al todoterreno. Una vez dentro, cerró la puerta, rodeó el capó y se sentó al volante.

—Pongamos esta preciosidad en marcha.

Arrancó y comenzó a maniobrar. Mi Subaru Outback de alquiler se esforzó, pero con una destreza al volante impresionante y unos cuantos giros estratégicos, Max logró sacar la Bambi del atasco y orientarla en la dirección correcta. Poco a poco, avanzamos por el camino forestal.

—¡Para! —grité al tomar la curva.

Pisó el freno a fondo y giró la cabeza para clavarme su ojo sano.

—¿Qué pasa?

—¡Las vistas! —abrí la puerta de golpe—. ¡Son increíbles!

—Joder —se golpeó el pecho con el puño—. Casi me da un infarto.

—Dame un segundo —ignoré su mirada de «estás completamente loca» y salté del coche con el móvil en la mano—. Tengo que sacar unas fotos.

Fui hasta el borde y empecé a disparar, absorbiendo aquella perspectiva increíble de las Rocky's, sin poder reprimir pequeños chillidos de alegría. Tenía que aprovechar aquellas vistas maravillosas mientras pudiera.

Una vez capturados todos los ángulos posibles, volví trotando al coche y me dejé caer en el asiento.

Max arrancó y remolcó la caravana cuesta abajo por la pronunciada pendiente.

No llevábamos mucho rato cuando la siguiente curva reveló una vista aún más impresionante: un mar de montañas escarpadas que se extendía hasta el horizonte.

—Dios. Mío.

Chillé.

Hizo una mueca y se tapó el oído.

—Ahí va lo último que me quedaba de tímpano.

—Perdona —dije, rompiendo mi regla de no disculparme, pero qué demonios—. ¿Te importa si paramos otra vez? Solo será un minuto.

Pisó el freno y detuvo el coche. Una mirada rápida me reveló una mezcla de diversión y fastidio. Me aferré a lo primero e, ignorando lo segundo, salté del Subaru y empecé a disparar fotos del paisaje como una posesa.

Sandro iba a matarme seguro, pero ¿estas vistas?

Merecían totalmente la pena.

Cuando volví al coche, Max estaba al teléfono.

—Sí, afirmativo, dale la vuelta al horario —decía—. Empezad a fotografiar a las otras modelos.

Hizo una pausa para escuchar y luego:

—Sí, sí, ya sé que llega tarde y yo también, pero podemos recuperar el tiempo, Carla. Ajusta y adapta. ¿Vale? Estaremos ahí en unos minutos.

Me quedé atónita. Sandro jamás habría cedido así. El horario siempre era lo primero. Habría seguido conduciendo por mucho que le suplicara.

Pero Max no era como Sandro.

De hecho, se detuvo en la siguiente curva incluso antes de que se lo pidiera, y luego otra vez, en uno de sus lugares favoritos, según dijo. Esperó pacientemente en el coche mientras yo hacía mis fotos, con esa enigmática media sonrisa que le torcía un lado de la cara.

En mi negocio, el tiempo era dinero y, siendo un Battleson, su dinero también estaba en juego. Pero no parecía preocupado por nada de eso.

La presión en el pecho se me alivió. El aire fresco de la montaña me llegó hasta el fondo de los pulmones, donde hacía mucho que no llegaba ningún aliento. Las vistas me refrescaron los ojos e hicieron que el mundo pareciera nuevo ante mis sentidos.

Miré al hombre que me esperaba en el asiento del conductor. Era brusco y sarcástico, pero más allá de aquella fachada cascarrabias, también era amable. Quería darle las gracias por regalarme aquel momento. Y lo hice a mi manera, a la manera de Lexi.

Me hice un selfi con las majestuosas montañas de fondo y lo publiqué en las cuentas de redes sociales de Alexandra. Un segundo después, apareció la pregunta en mi feed.

¿Qué llevas puesto, Alexandra?

Battle Brothers, tecleé con los dos pulgares. Ropa increíble. Y queda genial, además.

Mientras volvía a subir al coche, mis redes sociales explotaron. Sonreí, levanté el móvil y le mostré a Max los cientos de comentarios que ya inundaban mi pantalla.

—Espero que tengáis mucho stock de esta chaqueta y este body.

Frunció el ceño. Me miró fijamente un momento, luego bajó la vista al móvil y pulsó varios iconos.

—Vaya —arqueó la ceja sana—. ¿Por qué has hecho eso?

—Es mi manera de darte las gracias —dije—. Te agradezco que me hayas dado tiempo para disfrutar de las vistas.

Me clavó la mirada, abrió la boca y la cerró. Al cabo de unos segundos, sacudió la cabeza, metió una marcha y siguió conduciendo.

Parecía... ¿confundido?

Me recosté en el asiento y sonreí, disfrutando de la brisa que entraba por la ventanilla abierta, de la libertad de aquel momento.