Matrimonio por error (Multimillonarios Hawthorne)
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1
Harper
CHLOE HAWTHORNE ERA un monstruo. El diminuto demonio de un metro de altura corría de un lado a otro entre risas, pintando de rojo las inmaculadas paredes blancas a medida que arrastraba las manos empapadas de pintura por todo el ático.
La perseguí para atraparla, algo de lo que ya me estaba arrepintiendo porque parecía tomárselo como un juego y disfrutaba dejándome en ridículo.
—¡Chloe, por favor! —grité mientras la perseguía, y casi me estampo contra la enorme mesa de cristal en medio del salón.
—¡No! —gritó entre risas, y desapareció en la sala de entretenimiento.
Corrí tras ella, y justo antes de alcanzar la puerta, me di con el pie en una mesita auxiliar que tenía un jarrón japonés encima.
—¡Aaargh! —El dolor me estalló en el dedo gordo descalzo y se extendió por todo el pie.
Por reflejo, moví el pie con una mueca de dolor mientras la punzada seguía propagándose.
Por desgracia, estaba tan concentrada en el golpe que no me fijé en que el enorme jarrón se tambaleaba; solo me di cuenta de que había caído cuando oí un fuerte estruendo.
La porcelana se encontró con el suelo de granito y no sobrevivió.
Los pedazos del jarrón se esparcieron a mi alrededor.
El ruido fue tan fuerte que todos acudieron corriendo al salón.
La señora Andrews, el ama de llaves, seguida de Jean, la cocinera, con un batidor en la mano. Las dos venían de la cocina.
—Me debes diez —le dijo la señora Andrews a Jean con su habitual voz monótona, sin apartar la mirada de mí y del caos que me rodeaba.
—Maldición. Tenía más fe en ti, Harper —dijo Jean, negando con la cabeza.
Chloe aprovechó justo ese momento para reaparecer.
Apenas le quedaba pintura en las manos, lo que me hizo preguntarme qué desastre habría causado allí de donde venía.
Miró a su alrededor, y entonces abrió los ojos como platos antes de echarse a reír a carcajadas. —¡Estás en un graaaan problema!
—Jo-Joder —maldije en voz baja mientras me agachaba a recoger el desastre—. ¿Cuánto puede costar algo así? Puedo reponerlo.
—¿Estás segura? —Jean me miró como si fuera una niña ingenua—. Es una antigüedad de valor incalculable. No sé cómo vas a hacerlo. A menos que tengas una máquina del tiempo que te lleve al Japón medieval.
La señora Andrews negaba con la cabeza. Tenía los ojos desorbitados. Oh, no. Esto era malo.
Un sudor frío me recorrió la espalda.
Recogí un trozo grande. Se había roto en varios fragmentos grandes y un montón de diminutos. —¿No se puede, no sé, hacerle kintsugi o algo así?
—¿Tienes idea de lo que cuesta ese proceso? —preguntó la señora Andrews con una sonrisa burlona. Quería borrarle esa mirada de suficiencia de la cara. Llevaba meses esperando a que cometiera un error, y le había tocado el gordo.
Reuní los pedazos y los dejé sobre la mesa.
¿Cómo demonios iba a reponerlo? Tendría que pedir perdón, y Sebastian Hawthorne tendría que descontármelo del sueldo.
Era un sueldo considerable —cinco veces lo que ganaba una niñera normal—, pero dudaba que tuviera suficiente para reponer el jarrón.
Joder. Creía que por fin estaba saliendo a flote, y entonces pasó esto. Dos pasos adelante, uno atrás.
—Puede descontármelo del sueldo —dije.
—No si te despide primero —murmuró Jean.
No había pensado en eso. Sí, estaba jodida por todos lados. Si me despedía, volvía a la casilla de salida. Todavía estaba pagando mis deudas y no había ahorrado lo suficiente para aguantar tres meses. Conseguir este trabajo había sido un golpe de suerte que no creía poder repetir.
—Papi se va a enfadar cuando vea esto —dijo Chloe chasqueando los dedos. No estaba ayudando nada, y para colmo de males, pisó un fragmento afilado con los pies descalzos y gritó.
—Mier... —La agarré por la cintura y la senté en el suelo para inspeccionarle el pie.
Un fragmento sobresalía en medio del diminuto pie.
Era lo bastante grande como para sacarlo con los dedos.
En cuanto lo hice, la sangre brotó de la herida y Chloe gritó de dolor.
La cogí en brazos y le froté la cabeza—.
Lo siento mucho, cariño. —Eso solo la hizo llorar más.
Me levanté con ella a cuestas y la llevé al baño para limpiarle y tratarle la herida. Cuando terminé, ya solo sollozaba.
—¿Quieres un premio? —Le miré a los ojos, grandes, rojos e hinchados—. Toca sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada.
Asintió con un puchero. Al menos eso la mantendría tranquila mientras terminaba de limpiar el desastre que había causado. La señora Andrews no lo habría tocado. Preferiría que Sebastian volviera y viera la escena del crimen tal cual.
Por suerte, Jean ya había preparado sándwiches y un batido para Chloe, así que la dejé en la cocina mientras recogía los pedazos.
—No te olvides de esto —dijo la señora Andrews al pasar junto a mí. Levanté la cabeza para ver a qué se refería. Estaba señalando los churretones rojos de pintura de dedos que decoraban las paredes blancas. Llevaba el bolso en la mano y ya no vestía el uniforme.
—¿Te vas? —pregunté.
—Sí. Mi turno ha terminado. No pienso...
—Nunca pensé que lo hicieras.
Levantó la barbilla. —Así es. Es tu desastre, tú lo limpias. —Y se dio media vuelta y se marchó.
Llevaba seis meses allí, y la señora Andrews seguía desconfiando de mí.
No la culpaba; tenía todo el derecho. Al fin y al cabo, estaba mintiendo sobre quién era en realidad.
Era la única que expresaba sus dudas abiertamente, pero se notaba que Jean tampoco se tragaba del todo mi historia.
Las dos habían decidido hacerme el vacío en lugar de reconocer mis esfuerzos por congeniar con ellas.
Lo que no entendía era por qué no le habían dicho nada a Sebastian.
Él, en cambio, parecía haberse creído mi historia a pies juntillas.
Recoger los restos del jarrón no fue difícil.
Lo que resultó inesperadamente laborioso fueron los churretones de pintura.
Chloe prácticamente había pintado toda la casa con las manos.
Maldición. Mi primer error había sido darle el cubo entero.
Se había levantado y había salido corriendo con él.
Mientras limpiaba los churretones, me di cuenta de que había estado prácticamente en todas las habitaciones.
Si no dibujaba corazones y círculos, pintaba líneas onduladas o simplemente arrastraba la mano por las paredes.
No me extrañaba que la señora Andrews no quisiera limpiar el desastre.
Era demasiado. Empecé por los dormitorios: primero el de Chloe, luego el de invitados, y después pasé al segundo cuarto de baño.
Cuando terminé, fui al dormitorio principal, el de Sebastian.
Allí, en la habitación decorada en gris oscuro y negro, había logrado encontrar la única pared blanca y dibujar corazones en ella.
Era mono si lo pensabas menos de cinco segundos, pero sabía que a Sebastian no le haría ninguna gracia ver su habitación tan estropeada.
Limpié los corazones dándole la espalda a la cama a propósito, para no ponerme a pensar en las muchas mujeres que debían de haber pasado por ella. ¿Cómo sería acostarse con Sebastian? Tenía que ser increíble, a juzgar por la esperanza en los rostros de algunas de las mujeres que él echaba.
En el poco tiempo que llevaba como niñera de Chloe, había visto a bastantes mujeres salir de puntillas de este mismo dormitorio.
Siempre se aseguraba de que su hija no se enterara de sus aventuras.
Una vez, incluso me pidió que fingiera que su novia era amiga mía cuando Chloe se la encontró en la cocina, algo que a la novia no le hizo ninguna gracia.
Esa relación duró un par de días más después de aquello.
Últimamente se había vuelto más serio. La última mujer con la que salía había durado más que lo habitual de dos semanas a un mes.
Según lo que había oído de Jean y la señora Andrews, Lana era su novia de idas y venidas. Y supongo que esta vez iban en serio.
Mientras fregaba el corazón junto al tocador de roble, vi por el rabillo del ojo una caja de terciopelo negro.
Y como atraída por una fuerza magnética, me acerqué a ella.
La pequeña caja solo podía significar una cosa.
¿Estaba Lana a punto de convertirse en Lana Hawthorne?
Se me encogió el corazón solo de pensarlo.
Qué sensación tan extraña. Nunca había pensado en Sebastian Hawthorne de esa manera.
Era guapo, y sí, a veces el corazón me daba un vuelco cuando estaba cerca de él, pero no sentía nada por él.
Y además, podría no ser un anillo. Podrían ser pendientes.
Qué demonios, podrían ser gemelos. O podría ser un anillo.
La curiosidad pudo conmigo. Agarré la caja y la abrí de golpe.
Dentro había un precioso anillo de diamantes rodeado de pequeños rubíes.
No me di cuenta de que había jadeado hasta que oí el sonido.
Con manos temblorosas, cerré la caja de golpe y la devolví a su sitio.
Si descubría que había estado husmeando entre sus cosas, dudaba que le hiciera mucha gracia.
Una vez que terminé de limpiar los dormitorios, pasé al pasillo y luego a las salas de estar.
Chloe seguía en la cocina, entretenida con el batido y el sándwich.
O tal vez se portaba mejor cuando estaba con Jean que conmigo.
Pasé rápidamente junto a ellas con un cubo y los utensilios de limpieza; Chloe miraba embobada los pequeños canapés que Jean estaba preparando.
Lo elaborado de los platos me hizo detenerme.
—¿Cena especial?
Jean asintió mientras enrollaba una masa filo rellena de crema.
—El jefe me pidió que preparara cena para dos.
—¡Sí! ¡Para mí y para papi! —gritó Chloe.
—No lo creo, Chloe —dijo Jean juguetonamente—. Esta es de las de velas —me dijo.
—¿Velas? ¿Qué es eso? —Chloe se volvió hacia mí.
Me encogí de hombros.
—Cena de adultos.