31 . El abogado Jang
El abogado suspiró. ¿Por qué se sentía tan intranquilo?
¿Qué le pasaba? Todo había terminado. Juyeon había confesado, así que no había ningún problema.
—Ese día… realmente quise matar a Seoeun.
Las palabras de Juyeon fueron casi como una confesión, así que todo terminaría en breve, pero el abogado Jang no podía dejar de pensar en ella.
¿Estaría actuando para impulsar la idea de que sufría una enfermedad mental? Sí, puede que todo fuera una actuación. Bastaba con ver el programa que emitieron para darse cuenta de todas las historias en las que Juyeon engañaba a otros en su propio beneficio.
Una persona egoísta que utiliza y exprime a sus amigos, una psicópata incapaz de controlar su ira…
Todos los que salían en el programa decían lo mismo, que Juyeon daba miedo. Lo decían en un tono que sugería que sería capaz de matar a una amiga.
«Si dijera que fui yo podría dejar de ir al instituto, ¿no? Si dijera que fui yo…»
El abogado Jang rumió las palabras de Juyeon. Si estuviera actuando ¿por qué diría algo así? Se mordió el pulgar izquierdo de forma inconsciente. Tenía que revisar el caso de nuevo con minuciosidad.
Las huellas de Juyeon estaban claramente impresas en el ladrillo que acabó con la vida de la víctima.
Era un hecho más allá de toda duda. Sin embargo, el ladrillo se había roto en pedazos al punto de que resultaba difícil de creer que Juyeon lo hubiera usado como arma por más vueltas que se le diera.
¿Cómo podía romperse de esa forma como si se tratase del atrezo de una película?
¿Acaso podía una estudiante escuálida de instituto golpear con esa fuerza de la que ni siquiera un adulto robusto era capaz?
Jang se recostó en la silla perdido en sus pensamientos.
¿Y si había golpeado con el ladrillo muchas veces hasta hacerlo pedazos?
¿Sería posible? No, porque si lo hubiera hecho habría marcas visibles en el cuerpo de la víctima.
Sin embargo, los resultados de la autopsia y las opiniones de los doctores apuntaban de forma unánime a que había sido un único impacto fuerte.
«De todas formas no me creerías…»
La voz de Juyeon resonaba en sus oídos y se negaba a abandonarlos. Quizás Juyeon lo hubiera sentido desde el primer momento en que se vieron. Puede que supiera que no confiaba en ella. ¿Había actuado de forma tan pobre que hasta su cliente se había dado cuenta de sus verdaderos pensamientos?
La mirada de Juyeon parecía capaz de atravesarlo.
¿Cómo habían sido las de esos monstruos que habían atormentado a Jang durante su época estudiantil?
No había podido olvidar sus ojos ni por un instante.
Aquellos monstruos implacables y terribles habían seguido persiguiéndole esos quince años.
¿Sería por eso? ¿Sería ése el motivo por el que ya había etiquetado a Juyeon como perpetradora y culpable de ese caso sin resolver?
¿Cuándo había empezado a decidir quién era inocente o culpable como abogado?
¿No se supone que los abogados debían creer en sus clientes?
Jang se preguntó si estaba listo para creer lo que decía Juyeon, pero no pudo encontrar una respuesta.
«De todas formas no me creerías…»
Juyeon tenía razón. El abogado Jang no creería nada de lo que dijera.
«El resto de la gente… todos… dicen que fui yo.»
Su voz seguía viniéndole a la mente, esa voz que parecía haberse dado por vencida con todo.
«Dicen que fui yo.»
Exacto. Sus palabras no habían sido un «fui yo», sino un «dicen que fui yo». No eran sus propias palabras, sino las de otros. Jang cerró los ojos con fuerza. Se dio cuenta de que había estado atormentándose a sí mismo constantemente desde que había regresado del encuentro con Juyeon.
Pensó que cabía la posibilidad de que la culpable real no fuera ella.