Matar a una amiga 15 . La madre de Seoeun
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15 . La madre de Seoeun

«Si eres pobre no tengas hijos.»

Esas palabras que había soltado a la ligera le perforaron el corazón como un cuchillo.

Iba todos los días al instituto con el corazón desgarrado como si le hubieran arrancado la carne y ésta se comenzase a pudrir.

A pesar de que su hija ya no podía asistir y de que era el lugar que había puesto un trágico punto final a una vida más breve que la de una flor, la madre de Seoeun no podía dejar de visitar el instituto todos los días.

—Señora, entiendo perfectamente cómo se siente, pero si sigue viniendo nos pone a todos en un apuro. Esto es un instituto. Los chicos ya están bastante traumatizados por lo que le ocurrió a Seoeun. Si sigue viniendo y haciéndoles preguntas sólo lo pasarán peor.

Los profesores se mostraban reacios a permitir que la madre de Seoeun visitase el instituto.

—Por favor, profesor. Por favor, ayúdeme a averiguar qué le pasó a Seoeun.

—Si sigue actuando así nos pone en una situación difícil.

La madre de Seoeun se veía seca y agrietada como una tierra que ha soportado una larga sequía. Tenía la cara pálida y los labios cuarteados y descamados. Tras haber perdido a su única hija parecía una planta moribunda.

«Si eres pobre no tengas hijos.»

No la había traído al mundo para que la despreciaran y señalaran con el dedo por ser pobre como había hecho la chica que hizo ese comentario sin consideración.

Una vez la madre de Seoeun había sido joven y había estado llena de energía.

Su padre había sido igual. No era un hombre rico, pero confiaba en que podría criar a Seoeun de una forma decente.

«Es una niña.»

Cuando descubrió que el bebé en su vientre era una niña, su padre se sentó y rompió a llorar. Habría llorado de la misma forma si hubiera sido un niño.

«¿Por qué lloras?»

«Porque soy feliz. Lloro de felicidad.»

En aquel entonces, la madre de Seoeun creyó que su vida feliz continuaría.

Su casa no era grande, pero era suficiente para una familia de tres y siempre estaba llena de risas por más que fueran justos de dinero.

Los padres de Seoeun acariciaban el vientre de la madre y le hablaban sin parar al bebé que estaba por nacer.

Las historias de ese hombre y esa mujer que pronto serían padres estaban llenas de felicidad sobre el futuro.

Con su piel lechosa y sus labios diminutos Seoeun parecía un milagro desde el instante en que nació. Esa niña preciosa que era idéntica a sus padres los hacía felices a ambos durante todo el día con tan sólo mover sus manitas y piececitos o fruncir los labios.

«Si eres pobre no tengas hijos.»

La razón por la que empezó a convertirse en una carga cuidar de Seoeun fue el accidente de tráfico que sufrió de repente su marido. Su mujer no podía darse por vencida fácilmente con su marido, que había quedado en estado vegetal.

No podía renunciar a la persona con la que tanto había reído y tanto cariño había compartido, la persona con la que había soñado un futuro feliz, el tipo de persona que nunca se había enfadado como un idiota.

No podía abandonarlo sólo porque el médico hubiera dicho que apenas había esperanza.

Todo eso ocurrió cuando Seoeun tenía seis años.

Después de eso las deudas comenzaron a acumularse descontroladamente sin importar cuánto trabajase, pero la madre de Seoeun no se derrumbó porque su marido, que siempre había dicho que seguirían de la mano cuando el pelo se les volviera cano, seguía con vida.

Aunque se encontraba en estado vegetal y no podía moverse, seguía vivo.

La pequeña Seoeun pasaba mucho más tiempo en el hospital que en casa.

Solía tumbarse junto a su padre y hablar con él todos los días.

Seoeun recordaba hasta el último detalle de esa etapa con claridad.

El día en que la respiración de su padre era pesada, el que le cortó las uñas porque las tenía demasiado largas y hasta esos días en que se iba consumiendo poco a poco.

Seoeun siempre deseaba que su padre se levantase de repente y la tomara en brazos como solía.

«Ay, pero qué grande se ha hecho mi hija. ¿Cómo es que ahora pesas tanto?»

Tenía esperanzas de que llegase el día en que pudiera acariciar su cara contra la barba áspera de su padre y reírse fuerte mientras él hacía alguno de sus chistes.

Pero ese día no llegó nunca. Pudo haber expresado su tristeza preguntando por qué su padre se había marchado tan pronto y qué se supone que iban a hacer su madre y ella sin él,

pero nunca se permitió tener esa clase de pensamientos porque le preocupaba herir los sentimientos de su padre en el más allá si se enteraba. Seoeun era ese tipo de hija.

«Si eres pobre no tengas hijos.»

Hay gente que habla como si nada, pero hay determinadas cosas que no deberían decirse tan a la ligera. Era un comentario que ignoraba por completo todo sobre esa familia que una vez había encontrado una felicidad inmensa incluso en las cosas más triviales.

«Si eres pobre no tengas hijos.»

Sin embargo, siempre habrá alguien que lance palabras imprudentes sin tener idea de nada.

Y herida por ellas, una madre se golpeará el pecho destrozado sin consuelo culpándose a sí misma.

Sentía un dolor desgarrador por su hija, que siendo tan buena tuvo que soportar el desprecio de sus compañeros sólo por ser pobre.

«Si eres pobre no tengas hijos.»

Como mínimo, no eran las palabras más apropiadas para decirle a una mujer que acaba de perder a su hija y cuya vida ha quedado arruinada.

Como no podía hacer nada, a la madre de Seoeun sólo le quedaba ir al instituto y pedir que por favor la ayudasen y que le dijeran quién había hecho eso a su hija.