Matar a una amiga 4 . El perfilador criminal
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4 . El perfilador criminal

—Hola, así que tú eres Juyeon.

Aquel hombre era un poco diferente de los agentes de antes.

Cuando Juyeon se negó a hablar la policía trajo a un perfilador criminal.

El perfilador sabía mejor que nadie cómo tratar a los sospechosos y hacer que se sintieran seguros empleando un tono de voz suave.

¿Sería por eso? En cuanto Juyeon vio al perfilador saludarla con una amplia sonrisa le vino a la mente su padre.

No porque se parecieran, sino porque eran completamente diferentes.

El padre de Juyeon no era alguien que abriera su corazón con facilidad. Era brusco, reservado y siempre estaba ocupado. Solía decirle que tendría que dar gracias por su apretada agenda.

«¿Sabes a quién tienes que agradecer poder tener este estilo de vida?»

Quizás su padre tuviera razón. En la superficie la vida de Juyeon parecía envidiable. Podía viajar al extranjero cuando le apetecía y comprar cualquier cosa que estuviera de moda antes que los demás sin importar el precio.

Sin embargo, a Juyeon no le gustaba viajar.

Su padre apenas lograba encajar tiempo para un viaje dividiendo en pedacitos su ocupada agenda, así que se pasaba los viajes trabajando o durmiendo.

Su madre se los pasaba ocupada arrastrándola y haciéndose fotos con ella para después quedarse con la mirada clavada en el teléfono móvil mientras se las enviaba a alguien para presumir.

Juyeon se sentía siempre como si fuera invisible.

Nunca pasaba nada divertido, pero estaba obligada a ir.

Cada vez que preguntaba «¿De verdad tenemos que ir?», su madre respondía: «Todo el mundo ha estado. ¿Vas a ser la única que no va?».

La madre de Juyeon siempre le compraba ropa de mejor calidad y más cara que la de los demás, quisiera ella o no. Ya desde hacía mucho tiempo Juyeon se había dado cuenta de que desde que nació había sido como el maniquí del escaparate de una tienda para su madre.

—No quiero vestidos, son incómodos. Quiero llevar pantalones.

Cuando Juyeon le dijo eso con impertinencia, su madre la sujetó por el hombro y replicó:

—¿Tienes idea de cuánto cuesta esta ropa? Hay chicos en tu escuela que no podrían ponérsela ni aunque quisieran.

—¡Pero es incómoda!

—Entonces ponte unos pantalones cuando llegues a clase.

Los días en que vestía a Juyeon con ropa nueva y cara su madre siempre insistía en acompañarla hasta la puerta de la escuela.

Allí, sujetaba por los hombros con firmeza a su hija y no la dejaba marchar hasta que había saludado a todas las madres.

A Juyeon le tocaba soportar las miradas de reprobación del resto de las madres.

Ella se sentía humillada mientras que su madre seguramente se sintiera superior al resto.

—¿Eras muy amiga de Seoeun?

—…

—¿Qué clase de chica era?

Ante la pregunta del perfilador, una sensación de tristeza le subió a Juyeon desde lo más profundo de la garganta.

La invadió desde adentro como si estuviera a punto de vomitar algo.

En lugar de descargar su tristeza, se quedó en silencio, pero sus ojos se llenaron de lágrimas.

No era lo que había planeado. Pensaba decirle que no, tal como le había indicado la abogada Kim.

Sin embargo, en el momento en que le preguntó por Seoeun y qué tipo de chica era se puso triste sin darse cuenta.

—Tú también debes sentir curiosidad por quién le hizo eso a Seoeun. Tenemos que atrapar al culpable.

—Yo no… yo no fui.

Su respuesta hizo que las cejas del perfilador se movieran de forma casi imperceptible. Después de un rato habló con tono de entenderlo todo:

—No estoy diciendo que tú mataras a Seoeun.

Mentira.

El día que la policía fue a ver a Juyeon le dijeron que solamente dijera la verdad, nada de mentiras.

Sin embargo, por más que les dijo sólo la verdad, los policías no la creyeron.

Siguieron insistiendo en que dijera la verdad como si hubiera una respuesta preestablecida, por más que les repitió un millón de veces que no mató a Seoeun.

La abogada Kim le había dicho que tenía que confiar sólo en ella. No dudaba de que su padre había elegido a la mejor abogada, no por el bien de Juyeon, sino por el suyo propio.

No le agradaba la idea, pero la única persona en la que podía confiar en ese momento era la abogada Kim. No podía fiarse de nadie. Juyeon juró una y otra vez que nunca diría nada.

—He venido a verte sólo para hablar un poco de Seoeun. Era una buena amiga, ¿verdad?

Juyeon asintió débilmente. Seoeun era realmente una buena amiga.

—Claro. Es una pena que una chica tan buena como Seoeun nos haya dejado, pero no podemos quedarnos sin descubrir quién ha sido el culpable de esto. No lo digo porque crea que seas tú, sino porque me gustaría atrapar al culpable de verdad. ¿Podrías ayudarme?

¿Sería verdad?

¿De verdad ese hombre quería capturar al asesino de Seoeun?

A lo mejor era cierto, porque a diferencia del resto de los policías no le había dicho que ya tenían todas las pruebas y que si admitía su culpabilidad le reducirían la condena. Juyeon se quedó dubitativa por un momento y después asintió. Una sutil sonrisa se dibujó en el rostro del perfilador.

—¿Qué tipo de amiga era Seoeun?

—Seoeun… era muy buena. Cuando estaba con ella me sentía cómoda y nos lo pasábamos bien.

—Debíais ser muy buenas amigas.

—Sí, desde primero del instituto.

—Seguro que tenéis muchos recuerdos juntas.

En cuanto el perfilador pronunció la palabra «recuerdos» un montón de pensamientos cruzaron la mente de Juyeon como si esa palabra hubiera reproducido un vídeo.

Desde aquella vez en la que compraron tteokbokki enfrente del instituto, esa otra en la que caminaron bajo la lluvia compartiendo un paraguas, cuando se hacían garabatos en las zapatillas y todas las veces en que se quedaban despiertas toda la noche estudiando y charlando.

Si lo pensaba, todas esas cosas que había hecho con Seoeun eran recuerdos preciosos para ella.

—¿Viste a Seoeun ese día?

—Sí.

—¿Dónde quedasteis?

—Detrás del instituto.

—¿De qué hablasteis?

¿De qué habían hablado?... Juyeon se quedó perdida en sus pensamientos por un momento ante esa pregunta.

Aquel día Seoeun le había dicho que había cometido un error.

Tenían un simulacro de examen. Habían quedado en verse detrás del instituto nada más terminar el examen.

A veces buscaban un lugar tranquilo, alejado del ruido del resto de estudiantes, y ese descampado era uno de ellos.

Solía haber un incinerador, pero había quedado abandonado después de que dejase de utilizarse.

Había escritorios y taquillas que no se usaban apilados y basura que la gente había tirado por las ventanas esparcida aquí y allá.

No era un sitio que realmente le gustase, pero allí se podían mantener conversaciones secretas sin preocuparse de lo que pensaran los demás.

«Lo siento, Juyeon. Es culpa mía.»

Ese día, Seoeun se había disculpado de rodillas. Juyeon se quedó ahí de pie durante un buen rato mirando a su amiga arrodillada.

«¿Qué es lo que has hecho?»

«Juyeon…»

«¡Deja de llamarme por mi nombre! ¡Dime qué has hecho!»

«Lo siento de verdad. Todo es por mi culpa.»

«¿A qué te refieres con ‘todo’? Ni siquiera sabes qué has hecho mal, ¿no? ¡Te digo que me lo cuentes!»

Su propio grito hizo que Juyeon volviera en sí de repente.

Recordar aquel día hizo que lo sintiera vívido como si hubiera sido transportada a ese momento y lugar.

Pero eso era todo. Le resultaba imposible acordarse de qué error había cometido Seoeun, por qué se había disculpado tanto o por qué se había enfadado tanto.

Juyeon miró al perfilador, que estaba esperando su respuesta, y sacudió la cabeza.

—No lo sé. No me acuerdo.

—Bueno, dejémoslo aquí por hoy.

El perfilador consoló a Juyeon, que estaba sufriendo a pesar de que tan sólo había intentado hacer memoria. Luego le dijo que si recordaba algo se lo contase en cualquier momento.

—Una última cosa. ¿Quién crees que podría haberle hecho algo así a Seoeun?

Ante esa pregunta la mirada de Juyeon se cargó de recelo. Gruñó como si esa pregunta sobre su muerte hubiera hecho que se iniciase un programa dentro de su ordenador:

—Yo no la maté.

Al perfilador no se le escapó ni un instante de esa sensible respuesta.

—No he dicho que fueras tú en ningún momento.

—…

Juyeon lo miró con los ojos inyectados en sangre. El perfilador, que la había estado observando durante mucho rato, despegó los labios como si se dispusiera a pronunciar sus palabras de despedida:

—Pero Juyeon, todo el mundo dice que has sido tú, ¿por qué crees que podría ser eso?