Matar a una amiga 2 . La abogada Kim
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2 . La abogada Kim

Juyeon miró con cansancio a la abogada Kim.

La abogada era una mujer implacable que siempre iba a por todas con lo que creía que era justo.

Era la típica mujer perfecta, de élite, que no había experimentado el fracaso o la frustración en toda su vida y estaba claro que defendería a su cliente de forma impecable como siempre.

Apuntó algo rápidamente mientras revisaba la documentación y después le dedicó una gran sonrisa.

—Con esto estaría todo. Repasemos de nuevo. Entonces, tú no mataste a Seoeun, ¿verdad?

En vez de contestar a la pregunta de la abogada, Juyeon la miró molesta.

—Habéis sido como hermanas, amigas íntimas desde primero de secundaria. Vamos a estar recalcando esto todo el rato, recuérdalo.

La abogada Kim le aseguró que si seguía sus indicaciones quedaría en libertad sin mayores contratiempos. Sin embargo, a Juyeon no le gustaba la abogada. Seguramente habría recibido un montón de dinero de su padre.

Le habían pagado todo ese dinero para defender a alguien inocente.

A Juyeon le parecía que no podía haber un trabajo más fácil en el mundo.

Aun así, Kim actuaba como si estuviera llevando a cabo una misión extremadamente difícil.

Además, su actitud de Diosa le molestaba.

Al igual que otros Dioses, actuaba como si te pudiera conceder cualquier deseo si creías en ella con firmeza, pero al final seguramente te quedabas sin nada.

—Dicen que la policía tiene mis huellas dactilares.

—Ah, ¿eso? —replicó la abogada Kim frunciendo ligeramente el ceño ante el comentario de Juyeon.

Aquel día habían golpeado a Seoeun con un ladrillo en la cabeza y la habían matado.

El instituto quedó patas arriba cuando se descubrió que había sido un asesinato y no un suicidio como indicaban los primeros rumores.

Hicieron todo lo posible por taparlo, pero los rumores circulaban como un humo amorfo que se iba volviendo cada vez más y más gris.

«Una chica de 17 años muere en el instituto.»

El titular de un periodista fue suficiente para hacer enfurecer a la nación entera.

Es más, cuando se descubrió que Juyeon, la principal sospechosa, era compañera de la fallecida la gente se enfadó aún más y alzaron la voz exigiendo que se revisase la ley penal juvenil.

Las secciones de comentarios de los artículos sobre el caso en internet se llenaron de opiniones afirmando que Juyeon no merecía ser llamada ser humano y pidiendo que fuese condenada a muerte.

A medida que la atención pública se iba centrando cada vez más en el caso, un canal de televisión llegó incluso a sacar un programa especial con historias sobre Seoeun y Juyeon.

—¿Fuiste tú? —le había preguntado su madre con expresión exhausta.

No te preocupes, mamá te protegerá. No pasa nada… Quizás Juyeon esperaba demasiado de ella. Supuso que algo de consuelo de una madre que interroga a su hija aterrorizada era mucho pedir.

—Responde, ¿fuiste tú?

—…

Juyeon permaneció en silencio y los ojos de su madre se llenaron de ira y resentimiento.

—¿Qué diablos he hecho mal para merecer esto?, ¿hay algo que no hayamos hecho por ti? Te hemos criado dándote todo lo que has pedido. ¡Nos preocupamos por tu ropa y tu comida! Mírate, ¿así nos lo pagas?, ¿qué problema tienes?, ¿por qué actúas así?

—…

—¿Matar a alguien? ¿Es que has perdido la cabeza? ¿Cómo has podido…?

—…

—¡Te estoy hablando! ¿La mataste tú?, ¿por qué no respondes? —gritó su madre.

Su padre ni siquiera apareció. Debía darle miedo que la gente pudiera reconocerle o a lo mejor quería borrar a su única hija del registro familiar y vivir para siempre como si no existiera. En vez de ir a visitar a su asustada hija su padre había enviado a la abogada más cara y hábil del país.

Ese día en que su madre le echó una reprimenda, la presionó y le preguntó por qué no respondía, la única cosa que le hubiera gustado decir a Juyeon era: «¿Si te dijera que no lo hice me creerías?».

—¿Me estás escuchando?

Kim golpeó la mesa con su bolígrafo para despertar a Juyeon, que estaba con la mirada perdida.

—Repasémoslo de nuevo. La policía tiene dos pruebas: un ladrillo con tus huellas y un mensaje que le enviaste a Seoeun por Kakaotalk aquel día.

Juyeon y Seoeun habían tenido una fuerte discusión.

La policía le preguntó a Juyeon por qué se habían peleado, pero ella no lograba recordar el motivo.

Sin embargo, estaba claro que Seoeun no tenía razón.

Le había pedido perdón a Juyeon, pero estaba tan enfadada que no había podido perdonarla.

Todo eso estaba claramente registrado en su historial de mensajes en la aplicación.

Juyeon, ¿sigues enfadada?

Lo siento.

Lo siento por todo.

Ha sido mi culpa.

Seoeun le había enviado esos mensajes. Juyeon los había ignorado durante bastante tiempo hasta que finalmente le contestó:

Vale, luego nos vemos allí.

Ese había sido el último mensaje.

La policía había asumido que «allí» se refería a ese lugar detrás del instituto, que se habían visto y que Seoeun le había suplicado que la perdonase de nuevo.

También creían que Juyeon había estado tan enfadada que no había podido perdonarla y en un ataque de furia había tomado un ladrillo del suelo y había golpeado a Seoeun.

Juyeon se sintió confundida después de escuchar lo que dijo la policía. «¿Realmente lo habré hecho?, ¿habré matado a Seoeun?» No podía recordar nada. ¿Por qué se había enfadado tanto?, ¿qué era eso tan grave que había hecho Seoeun?

No.

Juyeon estaba segura.

«Yo no maté a Seoeun. No fui yo.»

Juyeon negó las acusaciones, pero la policía insistió en su culpabilidad.

Habían hallado sus huellas dactilares en el ladrillo que había acabado con la vida de Seoeun y la hora de los mensajes encajaba a la perfección.

Decían que todas las pruebas circunstanciales apuntaban hacia ella y que, si no estaba fingiendo, lo más seguro es que no recordase nada por la gran conmoción que había sufrido.

—¿Sabías que hay huellas de otra persona aparte de las tuyas en ese ladrillo? —preguntó la abogada Kim como si no hubiera nada de lo que preocuparse.

Juyeon dejó escapar un suspiro de alivio y reflexionó sobre lo que había ocurrido durante los últimos días.

Cuando la policía llegó señalándola como culpable se quedó estupefacta y desconcertada.

Pensó que si les decía que no había sido ella la soltarían enseguida.

Sin embargo, lo que creyó que sería un simple trámite se alargó durante días, un día se convirtió en dos y varios más transcurrieron.

—Tus huellas están marcadas claramente en el ladrillo, pero eso no es suficiente para concluir que seas culpable.

Si tuvieran pruebas contundentes no te habrían tenido en esta situación durante tanto tiempo.

Como no las tienen, sólo están especulando en base a pruebas circunstanciales.

Así que, pase lo que pase, tienes que seguir diciendo que no fuiste tú. ¿Entiendes lo que quiero decir?