Capítulo 19
S ascha le puso algo en la palma de la mano.
Al bajar la vista, Zoey vio un par de tapones para los oídos.
Tragó saliva y el corazón volvió a latirle con fuerza.
Estaba pasando de verdad. A su lado, Sascha ladeó la cabeza, como si estuviera considerando algo.
Cogió la pistola de la mesa y se giró hacia la zona de tiro. Zoey se colgó los tapones del cuello.
—Ven aquí. Ponte delante de mí.
Zoey vaciló. Miró el arma en la mano derecha de él, y se le escapó una risita nerviosa.
—De acuerdo.
—Por ahora solo vamos a acostumbrarte a la posición. Me pondré detrás de ti para que imites lo que hago. ¿Te parece bien?
—Sí —dijo Zoey, asintiendo. Se puso rígida cuando el pecho de Sascha le rozó la espalda.
—Los pies un poco más separados que el ancho de los hombros. Los míos deberían quedar por fuera de los tuyos.
Un escalofrío de nervios le recorrió la espalda a Zoey mientras separaba más los pies. Se detuvo en seco cuando sus zapatos tocaron los de Sascha.
—Inclínate hacia delante y dobla un poco las rodillas.
Zoey tragó saliva e hizo lo que le pedía. ¿Se suponía que tenía que sentirse tan incómoda?
—¿Mejor?
—Mejor —dijo Sascha, y levantó la pistola frente a ellos.
Zoey se echó hacia atrás un poco, hasta que la coronilla le rozó apenas la barbilla a Sascha.
El arma negra frente a ella. La pequeña muesca de la mira trasera que Sascha le había señalado antes daba paso al punto de mira delantero.
¿Cómo demonios se suponía que iba a usar esas piezas de metal para acertar en el blanco?
Siempre había pensado que bastaba con apuntar un arma más o menos hacia algo y la bala daría en el blanco.
Así lo hacían parecer siempre en las películas.
—Mano derecha debajo de la mía, Zoey —dijo Sascha—. Eres zurda, pero el dedo índice derecho será el que apriete el gatillo. Suena al revés, lo sé.
El retumbar de la voz de Sascha contra su espalda la devolvió al presente, y se le erizó el vello de la nuca.
Levantó la mano y la deslizó bajo la de él.
La empuñadura de plástico de la pistola le resultaba áspera en la palma.
La mano de Sascha se cerró sobre la suya, y Zoey respiró hondo.
Notaba las callosidades de él contra sus nudillos.
¿Siempre había sido tan consciente del tacto?
—Ahora la mano izquierda. Coloca los dedos de la izquierda justo delante de los de la derecha. No entrelaces los dedos ni cruces los pulgares. Extiende los brazos del todo, pero sin bloquear los codos. Casi bloqueados. Firmes, pero no rígidos.
—¿Cómo recuerdas todo esto? —preguntó Zoey con una risa nerviosa, intentando disipar la tensión.
¿Había tensión? ¿De verdad? ¿O era solo su imaginación? Se mordió el interior de la mejilla. No tenía motivos para estar nerviosa cerca de Sascha. Al menos eso era lo que tenía que repetirse.
—Práctica y memoria muscular —respondió Sascha, encogiéndose de hombros.
Se puso rígida de nuevo al sentir el pecho de Sascha vibrar contra su espalda mientras él hablaba.
Un tercer escalofrío le recorrió la espalda, y podría haber jurado que con el rabillo del ojo vio un levísimo destello en los ojos de él, una levísima curvatura en sus labios.
Sascha se rio por lo bajo, y Zoey contuvo el aliento para sofocar el estremecimiento que amenazaba con recorrerle la columna otra vez.
Respiró hondo, intentando calmar el corazón.
—Hay cinco principios básicos para disparar, Zoey. Respirar, relajarse, apuntar, detenerse y apretar. Por ahora, céntrate solo en respirar y relajarte.
—Sí. Fácil —respondió Zoey con un deje de sarcasmo. Aun así, a pesar de los nervios, se le dibujó una sonrisa en el rostro—. Esto es muy nuevo para mí.
—Lo sé. Venga, apoya el dedo en el gatillo. No está cargada. No puedes hacer ningún daño.
—¿Crees que haría daño? —preguntó Zoey mientras apoyaba el dedo en el gatillo, liso al tacto.
—Ese es precisamente el objetivo —respondió Sascha.
Había una rotundidad en sus palabras que inquietó a Zoey.
Una vez más, se preguntó a cuántas personas habría matado esa arma.
Miró hacia la diana, hacia el ojo negro y fijo del blanco.
No estaba disparando a una persona. Solo a un punto de tinta negra impreso en papel.
Aquí no había peligro. Entonces, ¿por qué se sentía ya tan inquieta?
—¿Quieres probar a disparar? —preguntó Sascha.
Zoey respiró hondo y asintió.
—De acuerdo. Voy a avisar a nuestras águilas residentes de que estamos aquí, para no darles por accidente.
Sascha se alejó, y Zoey soltó un suspiro tembloroso.
¿Por qué había sentido los pulmones tan oprimidos?
No sabía si era la perspectiva de disparar su primera arma o la cercanía de Sascha lo que la ponía tan nerviosa.
Probablemente ambas cosas. Se frotó las manos para disipar parte de los nervios.
Miró hacia la mesa del patio y apretó los labios con fuerza, conteniendo las ganas de rechinar los dientes al oír un rápido traqueteo metálico.
—¡Tapones puestos! —gritó Sascha.
Zoey se tapó los oídos con las manos, incapaz de ponerse los tapones a tiempo.
Sascha disparó una vez al suelo. Un pájaro cantor salió volando de una rama.
Zoey bajó las manos con los oídos zumbándole, a pesar de haberse apresurado a cubrirlos.
Se oyó un segundo chasquido de metal bien engrasado contra metal bien engrasado.
—Esta vez cargo yo. Pondremos una bala y veremos qué tal te va.
Sascha se giró. Zoey frunció el ceño, con la mirada yendo de él a la pistola. El cañón había ganado unos quince centímetros.
—¿Qué? —preguntó Sascha.
—¿Eso qué es? —preguntó Zoey, señalando el arma.
—Un silenciador. Ayuda a amortiguar parte del ruido.
Hace que el sonido sea más difícil de localizar.
Probablemente no sea buena idea que la gente sepa que estamos aquí arriba disparando —dijo Sascha.
Se tocó una oreja—. Aunque lo estemos usando, preferiría que te pusieras los tapones.
Siguen haciendo ruido si no estás acostumbrada.
Zoey asintió y se giró hacia la diana mientras se colocaba los tapones. Cambió el peso del cuerpo y volvió a adoptar la postura que Sascha le había enseñado. Se le cortó la respiración cuando sintió que él volvía a pegarse a su espalda.
—¿Me oyes?
Zoey negó con la cabeza y alzó la vista hacia él.
—Más o menos. Tu voz suena muy apagada.
—Así es como debería sonar. Dedo fuera del gatillo hasta que estés lista para disparar. Cuando dispares, mantén la vista en el punto de mira, no en el blanco, y prepárate para el retroceso. ¿Quieres que me quede detrás de ti?
Zoey vaciló. ¿De verdad quería que Sascha estuviera tan cerca de ella otra vez? Tragó saliva y asintió de nuevo.
—Entonces me quedaré.
La pistola se alzó de nuevo y Sascha apartó la mano derecha de la empuñadura. Zoey se mordió el interior de la mejilla y deslizó las manos debajo de las de él otra vez.
—Ambos ojos abiertos durante todo el disparo. Usa el ojo dominante para enfocar el punto de mira. Respira. Respira hondo.
Zoey sintió que los hombros se le elevaban al inspirar. Intentó desesperadamente calmar los nervios. Le temblaban las manos.
— Relájate . Deja que todo lo demás se desvanezca.
Zoey respiró hondo de nuevo, luchando por relajarse. ¿Cómo se suponía que iba a relajarse con todo el cuerpo en tensión? ¿Cuando sentía el aliento de él en el cuello con cada palabra que pronunciaba?
—Ahora apunta. Ojos en el punto de mira.
¿Enfocarse en el punto de mira? Eso no tenía sentido. ¿Por qué no iba a querer enfocarse en adónde iba el disparo? Desplazó la mirada al círculo negro del blanco.
—Detente y aguanta la respiración. Cuando estés lista, aprieta el gatillo lentamente.
¿Lentamente? ¿Cómo podía ir más despacio?
Los hombros y los brazos ya le temblaban.
Zoey dejó que el dedo índice derecho cayera sobre el gatillo y apretó lentamente.
Detrás de ella, Sascha exhaló con suavidad, y su aliento le rozó el contorno de la oreja.
Si las manos de Sascha no hubieran estado cubriendo las suyas, Zoey tenía la sensación de que habría dejado caer la pistola.
El dedo se le cerró bruscamente sobre el gatillo y el retroceso le sacudió los codos con fuerza.
La bala se enterró en la ladera de la montaña.
—¿Zoey? —se rio en voz baja—. ¿Qué ha sido eso? Dije aprieta, no te sobresaltes.
Se giró para explicar. Para decir que se había sobresaltado.
Pero cuando lo hizo, Sascha ya se había inclinado ligeramente.
Su rostro estaba a solo unos centímetros del de ella, y todas las palabras se le atascaron en la garganta.
Vio detalles de él que nunca había notado antes.
El leve rastro de pecas descoloridas en las mejillas.
La pequeña cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda.
La inclinación de su sonrisa. Un impulso irracional de besarlo le ardió en el pecho.
El calor le subió a las mejillas y se apartó de él antes de hacer algo estúpido.
Tenía que estar roja como un tomate. Miró al suelo en lugar de a Sascha y le tendió la pistola por la empuñadura.
Él se la quitó con suavidad y la bajó a un costado.
Zoey respiró hondo y exhaló con fuerza, por fin capaz de mirarlo a la cara de nuevo.
Sascha alzó una ceja.
—¿A qué ha venido eso?
—¿Qué? —preguntó ella, quitándose los tapones de los oídos.
Por favor, que no le pidiera que explicara por qué se había apartado tan bruscamente.
Lo que había estado pensando... deseando...
apenas unos momentos antes. Porque no podía explicarlo.
Sascha era un compañero . Nada más. Tragó saliva.
Solo había sido la cercanía entre ellos. Eso era todo. Eso era todo.
—No creo haber visto nunca a nadie apretar un gatillo de esa manera —respondió Sascha.
—Intenta tú no sobresaltarte cuando hay alguien respirándote en el cuello como si le pagaran por ello —dijo, y respiró de nuevo mientras se sacudía los hombros.