Matar a Aquila (Matar a Aquila 1)
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Capítulo 1
S i alguien le hubiera preguntado a Zoey Blackmore sobre la primera vez que provocó la muerte de alguien, le habría dicho que fue un accidente.
Habría dicho que era algo que nunca había pretendido que sucediera.
Que había entrado en pánico. Que estaba desesperada.
Que nunca quiso que nadie saliera herido.
Habría dicho que fue una concatenación de sucesos que había comenzado en una noche lluviosa de junio.
~ ~ ~ ~ ~ ~
Junio no tenía derecho a ser tan frío. Nubarrones bajos oscurecían las estrellas y daban a la noche un extraño tono rojizo, con las luces de la ciudad reflejadas en la base de las nubes.
Una llovizna constante y fría empapaba las calles de Hereford.
La pequeña ciudad inglesa, sin embargo, no se inmutaba por la lluvia: era algo casi cotidiano.
La noche de sábado de verano seguía su curso sin que el tiempo importara.
Restaurantes, bares y discotecas bullían de actividad.
Zoey se apartó unos mechones de cabello oscuro de los ojos y se colocó bien la camisa.
La había comprado ese mismo día mientras iba de compras con su hermana, Rona, y no estaba segura de cuánto le gustaba.
En la percha quedaba genial, pero a ella no le sentaba del todo bien en los hombros y se le torcía a la mínima.
Tampoco la protegía mucho del frío nocturno.
Aunque, por otra parte, no había esperado que hiciera tanto frío.
Ojalá hubiera hecho caso a su instinto y hubiera traído un paraguas o una chaqueta.
De puntillas, mientras esperaba a que Rona regresara, Zoey se estiró para ver cuántas personas había en la cola delante de ellas.
Todas ansiosas por entrar en la discoteca.
Zoey alzó la vista hacia el letrero con el nombre del local.
Morceau , se dijo para sus adentros. Qué francés.
Volvió a apoyarse en los talones cuando Rona regresó a la cola junto a ella.
—Vale, el cartel de la entrada dice que hay que pagar entrada —suspiró Rona, sacando algo de dinero del bolsillo—. Soy demasiado guapa para pagar entrada. En serio.
—Rona —dijo Zoey, sonriendo—. Querrás decir que somos demasiado guapas, ¿no? ¿Tengo que recordarte que somos gemelas idénticas? Además, no creo que el aspecto tenga nada que ver.
Rona se rio y se apartó el pelo de los hombros.
—Si este sitio nuevo no fuera la comidilla de la ciudad ahora mismo, diría que deberíamos ir directamente a otra discoteca. En cualquier caso, es tan raro que salgas... Estoy decidida a tenerte fuera de casa todo el tiempo que pueda.
Zoey suspiró y negó con la cabeza.
—No sé cómo me convences para estas cosas, Ro. Sabes que odio las discotecas tanto como tú odiabas mis recitales de ballet.
—Pero aun así iba, querida hermana. Y como pago por mi lealtad, ahora te arrastro para que te diviertas.
Zoey se rio y se sacudió un poco de suciedad imaginaria de las mallas.
—Tienes razón. Oye, ¿al final usaste tu tarjeta para sacar dinero para las entradas o la mía?
Rona resopló.
—Ninguna de las dos. ¿Crees que tengo dinero? Usé la tarjeta que nos dejó nuestro ausente padre del año.
A Zoey se le heló la sangre y su buen humor se esfumó.
—Rona, padre ausente del año o no, Maxwell me va a matar cuando se entere. ¡Sabes que lo hará! Se supone que no debemos usar su dinero a menos que sea una emergencia.
—Bueno, que me mate a mí en lugar de a ti cuando vuelva de Londres. Puede que ni siquiera note que falta el dinero.
—Oh, lo notará —suspiró Zoey. Levantó una mano y acarició nerviosa el colgante con forma de zapatilla de ballet—. Y yo siempre soy la que se lleva los gritos, no tú, cuando pasan estas cosas.
—Ese es el precio que pagas por ser «la hija buena». Creo que a estas alturas ya espera que yo sea una delincuente —respondió Rona. Le dio un codazo a Zoey en el hombro—. No te preocupes. Me encargaré de cargar con el grueso de su enfado cuando vuelva. Es la semana que viene, ¿no?
—Supuestamente —suspiró Zoey—. Pero ya sabes lo suyo con los plazos de vuelta.
—Entonces deja de preocuparte —dijo Rona—. Todo saldrá bien. No puede ser peor que el mes pasado, cuando se fue a España dos semanas y al volver se encontró con que había hecho explotar el microondas.
—Me parece recordar que a mí también me echaron la culpa esa vez —sonrió Zoey, dejando que el colgante dorado cayera de nuevo sobre su pecho—. Visto con perspectiva, fue gracioso.
—¿Ves? Pase lo que pase, dentro de unos meses nos estaremos riendo de esto.
—Siempre que no descubra que dejamos a Hailee sola cuando salimos de fiesta, creo que las dos llegaremos a cumplir los veintiuno.
—Por favor. —Rona puso los ojos en blanco—. Tiene casi quince años. Estará bien. Nuestro querido viejo papá, alias Maxwell, nos dejaba solas cuando teníamos once años y Hailee seis.
—Eso no es justo, Rona. No tuvo otra opción. Para entonces mamá había desaparecido y él tenía que trabajar. No podía dejar el trabajo para cuidarnos.
—Podría haber contratado una niñera —murmuró Rona.
—En eso no te voy a llevar la contraria —respondió Zoey.
Se quedó callada y avanzó arrastrando los pies a medida que la cola se movía, con Rona medio paso por delante. Para ser junio, hacía frío, y la lluvia hacía que el aire pareciera aún más gélido.
Un portero estaba en la entrada con cara de aburrido.
El logotipo blanco de Morceau destacaba en su camisa contra la oscuridad de la noche.
Una pequeña pincelada de color sobre tela negra.
Zoey oyó el golpeteo de un bajo retumbante que salía del interior del club.
Parecía sacudir las paredes del edificio, y podía sentir las vibraciones en el pecho.
De vez en cuando, veía un destello de neón contra una pared interior.
—Sigo sin entender cómo disfrutas con esto —dijo Zoey, mirando a Rona.
—Necesitas vivir un poco, Zoey. Estoy segura de que te acabaría gustando si salieras conmigo más a menudo. Este tipo de emoción no la encuentras en ninguna de esas clases de ballet tan serias que haces. Esto te viene bien. Es sano.
—Música a todo volumen y luces parpadeantes. Un tipo de emoción diferente, desde luego.
—Mira el lado positivo. Al menos esto es una forma de baile. Quizá te anime a volver a entrenar. ¿Cuándo fue la última vez que bailaste?
—Hace ya tiempo. Demasiado —murmuró Zoey, alzando la vista hacia el cartel blanco del club.
La fila avanzó y Zoey dio medio paso adelante. Por fin parecía que estaban llegando al principio. Ya no faltaría mucho.
—¿Llevas el móvil encima? —preguntó Rona.
—Por supuesto —sonrió Zoey—. Supongo que eso significa que me toca llamar al taxi, ¿no?
—Me queda un veinte por ciento de batería en el mío. Será un milagro si no se me muere antes de que cierren el local.
—Rona, prácticamente vives pegada a un cargador. ¿ Cómo es que tu móvil está a punto de morir?
—Hailee me robó el cargador antes de salir. ¿Qué clase de hermana sería si no la dejara robarme las cosas? ¡Oh! ¡Por fin!
Zoey negó con la cabeza mientras Rona se adelantaba de un salto, apenas un segundo después de que el portero les hiciera señas para pasar. Tragó saliva e intentó sacudirse la oleada de nervios que le subió por dentro mientras Rona pagaba la entrada. No era mucho dinero.
~ ~ ~ ~ ~ ~
Había algo desconcertante en los movimientos arrítmicos de todos en la pista de baile de Morceau. Sin ton ni son. Solo movimiento. Era lo que había alejado a Zoey del centro de la pista, adonde Rona la había arrastrado al principio de la noche.
Apoyó un brazo en la barra de cristal. Jugueteó con la pajita de su bebida. Un vodka con soda. El tercero. Rona seguía en el tumulto, oculta de momento entre la masa de gente. Zoey dio un sorbo a su bebida. Esta era más fuerte que la anterior, pero no por ello menos agradable.
Cómo disfrutaba Rona del ambiente de los clubes, no creía que llegaría a entenderlo nunca.
Ni estaba segura de querer hacerlo. Zoey rotó los hombros.
La proximidad de tanta gente en un espacio tan pequeño siempre la había inquietado.
Al menos las bebidas, aunque caras, eran muy buenas y la ayudaban a sentirse menos tensa.
Dio otro sorbo, sonriendo con la pajita entre los labios mientras Rona emergía de la multitud, con la cara enrojecida y el maquillaje ligeramente corrido.
—¡Una canción más! ¡Tienes que venir a bailar una más! —gritó.
Zoey parpadeó, esforzándose por leerle los labios a Rona.
Rona se recogió el pelo oscuro detrás de la oreja y se subió de un salto a un taburete vacío de la barra, mientras señalaba a Zoey y luego a sí misma.
—¡Tú! ¡Yo! ¡Bailar!
—¡Cómprame otra de estas y saldré! —gritó Zoey—. ¡O mejor dicho, haz que nuestro querido padre me compre otra!
—¡Sales cara! ¡Bueno, qué más da! ¡No es mi dinero!
—Ese es el precio de sacarme a la pista, Ro —respondió Zoey. Hubo una pausa en la música y respiró aliviada, contenta de poder bajar la voz.
—Vale, mejor me pido una bebida también. Por cierto, ¿cuántas llevas hasta ahora? —preguntó Rona.
Zoey dejó el vaso vacío en la barra y cruzó la mirada con un camarero.
— Esa era la número tres.
—Dios, Zoey. ¡Te voy a tener que meter en el taxi a rastras cuando salgamos de este sitio!
—Oye, ¿qué fue lo que dijiste antes? ¿«Vive un poco»? —Zoey sonrió y se inclinó sobre la barra mientras el camarero se acercaba—. Otro vodka con soda para mí, y tú, ¿qué quieres, Rona?
—Un ron con Coca-Cola, por favor. Esta ronda corre de mi cuenta, Zo. Bueno, en realidad corre de la cuenta de Maxwell.
—¿Ron con Coca-Cola? —preguntó Zoey—. Creía que habías jurado no volver a tomar esa combinación.
—Bueno, ya que tú vas a volver a casa borracha, he pensado en unirme a la fiesta —respondió Rona, cogiendo su bebida.
Zoey se rio y cogió su cuarta bebida. Ya todo empezaba a difuminarse en una neblina agradable. Incluso la música atronadora parecía más soportable ahora.
—¡Ah! —gritó Rona—. ¡Mi canción favorita! ¡Vamos!