Máscaras en la sala de juntas (La Bratva Multimillonario 2) 46 Cass
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Conozco bien los moratones. Sé cómo me los hago, cómo los oculto y cómo se ven cuando se desvanecen. Así que, cuando miro el fino colchón que hay sobre la cama de mi celda y veo que tiene el color de un moratón de tres días, casi me siento como en casa.

No me siento en él de inmediato. En su lugar, mido la celda con los pies. Talón, punta, talón, punta, hasta que se me acaba el suelo y tengo que dar la vuelta.

Aparte de la cama plegable, hay un retrete de acero inoxidable sin asiento y… eso es todo. Mi vestidor es más grande que esto.

No pensé que echaría de menos ese armario.

Fue escenario de tantos malos recuerdos.

Recuerdo lo que se sentía al tener la cara aplastada contra el papel pintado de helechos de Schumacher que Raymond odiaba.

Les dije a los decoradores que lo pusieran de todos modos, un pequeño acto de rebelión conyugal antes de pasar a otros más grandes, como, oh, conspirar para cometer un homicidio.

Que, como todos podemos ver, me ha salido de maravilla.

Empiezo a reírme, pero no tarda mucho en convertirse en llanto. Al final, el llanto me derriba y acabo acurrucada en el colchón como un signo de interrogación, protegiendo a mi bebé aún no nacido de todas las injusticias del mundo.

Aunque me aseguro de llorar en silencio. Eso lo aprendí hace mucho tiempo, con Raymond. Lloras en una almohada, en una manga, bajo el agua corriente de la ducha. No dejes que te oigan. No les des la satisfacción de oírte.

Viejos hábitos. A una chica le vienen muy bien en la cárcel.

Ni siquiera sé exactamente por qué estoy llorando. Probablemente solo sea por la abrumadora sensación. Quiero decir, Raymond está muerto, ¿no? ¡Misión cumplida! ¿No debería estar celebrándolo?

Pero esto no se parece en nada a ninguna victoria que haya imaginado jamás.

Con una mano metida bajo la mejilla y la otra entre los muslos, observo cómo la luz de la pequeña ventana alta que tengo encima se oscurece, pasando del amarillo al gris y luego a un lavanda que se desvanece. Mientras lo hago, pienso en Giana.

No elijo un mal recuerdo. Ni el de los moratones que se extendían por la parte superior de su pecho, ni el del ataúd cerrado, ni el de la bañera de mármol. Llevo cinco años macerándome en ellos. A estas alturas, ya están completamente cocidos.

En cambio, pienso en aquella noche en la que tuve faringitis estreptocócica en séptimo curso.

Mamá tenía un turno doble en el hospital y papá estaba arriba sin servir para nada, así que Giana entró en mi habitación y se tumbó sobre las sábanas a mi lado, toda arreglada para ir a algún sitio al que ahora sé que no quería ir.

Me puso la palma de la mano fría en la garganta.

Pobrecita, me dijo. Suenas como una rana con enfisema.

Tenía que ir a algún sitio, pero se quedó de todos modos.

Me leyó tres capítulos de El Juego de Westing, imitando a propósito todos esos acentos graciosos de forma torpe para que me riera y dejara de tocarme el nudo que tenía en la garganta.

Cuando creyó que me había quedado dormida, me besó en la raíz del pelo y me susurró: Siempre estoy aquí, tonta. Siempre.

Cierro los ojos para protegerme de la última luz que entra por la ventana.

Siempre estoy aquí, tonta.

Siempre.

…Pero sabes quién no está aquí, ¿verdad?

No. No puedo pensar en él. Me duele demasiado.

Me pongo una mano en la parte baja del vientre y dejo que la oscuridad me envuelva.