Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 38 El Regreso
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Capítulo 38 El Regreso

El tiempo, para Isla, no había transcurrido.

No hubo oscuridad, ni sueño, ni ese vacío interminable que Lachlan había soportado durante cinco largos años de luto y ceniza.

Para ella, el instante en que las llamas blancas la consumieron y el momento en que abrió los ojos fueron contiguos, separados apenas por un parpadeo cósmico, un estertor de la realidad que la había escupido de vuelta a su origen con la violencia de un vómito estelar.

Aterrizaron sobre una superficie dura, fría y pulida.

No era musgo. No era tierra húmeda de Escocia.

Era metal. Un suelo de aleación gris, impecable, estéril, que olía a antiséptico y a aire filtrado artificialmente.

Isla jadeó, incorporándose con dificultad, sus manos buscando instintivamente el suelo irregular de la cueva, pero encontrando solo la frialdad lisa del laboratorio.

La luz era blanca, cegadora, uniforme, emanando de paneles LED incrustados en el techo bajo. No había sombras. No había misterio. Solo una claridad clínica que hería sus ojos acostumbrados a la penumbra de las antorchas y la luna.

Se miró las manos. Estaban limpias. Sin hollín.

Sin sangre seca. Sin las cicatrices recientes de las cadenas y el fuego.

Llevaba el mismo vestido azul pálido que había vestido el día de su captura, pero ahora parecía ridículamente anacrónico, una pieza de teatro medieval perdida en un escenario de ciencia ficción. Su cuerpo no dolía.

El engranaje en su pecho… ya no estaba. O al menos, no lo sentía vibrar. Había quedado atrás, disuelto en la energía del salto, o quizás integrado completamente en su nueva biología, silencioso, latente.

—¿Dónde…? —farfulló, su voz sonando extraña en el silencio absoluto de la sala.

Levantó la vista. Frente a ella, a pocos metros, había una pared de cristal transparente.

Y detrás del cristal, personas. Hombres y mujeres con batas blancas, sosteniendo tabletas digitales, observándola con una mezcla de fascinación científica y horror contenido.

Reconoció rostros. Colegas. Supervisores.

Y en el centro, con el cabello más corto, el rostro más endurecido por años de autoridad absoluta, estaba Aris Thorne. Su madre.

Isla se puso de pie, tambaleándose. Sus piernas se sentían débiles, como si hubieran olvidado cómo sostener su peso en una gravedad estándar después de haber vivido en la densidad emocional de otro siglo. Se acercó al cristal.

—Madre —dijo, aunque la palabra le supo a ceniza en la boca.

Aris no sonrió. No mostró alivio. Simplemente asintió, haciendo una señal a uno de los técnicos. La puerta hermética se deslizó hacia un lado con un siseo neumático suave.

—Bienvenida a casa, Elara —dijo Aris, entrando en la sala.

Su voz era la misma: fría, precisa, desprovista de calor maternal—.

El salto fue exitoso. Los sensores registraron una anomalía temporal de clase 5.

Has estado fuera… técnicamente, durante cero segundos.

Pero subjetivamente, sabemos que has vivido una vida entera.

Isla la miró, atónita.

—¿Cero segundos? —preguntó, sintiendo cómo el mundo giraba a su alrededor—. He pasado años allí. Años de dolor, de amor, de guerra. ¿Cómo puede ser cero segundos?

—La dilatación temporal es relativa al observador —explicó Aris, ajustándose las gafas—.

Para el universo externo, apenas te fuiste.

Para ti, la experiencia fue lineal. Es un efecto secundario común de los saltos no estabilizados.

Pero eso no importa ahora. Lo importante es que has vuelto.

Y que traes datos invaluables sobre la estructura del pasado.

Isla retrocedió un paso, chocando contra la pared metálica.

—Datos —repitió, con incredulidad—. ¿Solo soy datos para ti? ¿Lachlan? ¿El castillo? ¿La gente que murió por mí? ¿Son solo datos?

Aris suspiró, un gesto de impaciencia profesional.

—Son variables históricas, Elara. Variables que han sido alteradas por tu presencia.

Y ahora debemos corregirlas. Debemos asegurarnos de que tu intervención no haya creado paradojas irreversibles.

Por eso estás aquí. En cuarentena. Hasta que podamos analizar tu memoria, extraer la información y…

limpiar cualquier residuo emocional que pueda comprometer tu objetividad futura.

Limpiar. La palabra resonó en la mente de Isla como una sentencia de muerte.

Querían borrarlo. Querían borrar a Lachlan.

Querían borrar el amor, el dolor, la humanidad que había encontrado en la brutalidad del siglo XVIII.

Querían devolverla a ser Elara Vance, la investigadora fría, eficiente, vacía.

Pero algo había cambiado en ella. Algo fundamental.

Durante aquellos años, aunque para el universo fueran instantes, su alma había envejecido.

Había aprendido que la perfección estéril del futuro era una jaula mucho más terrible que la prisión de piedra de Dunvegan.

Había aprendido que el caos, el dolor y la muerte eran el precio de la vida verdadera.

—No —dijo Isla, con voz firme.

Aris frunció el ceño.

—¿No qué?

—No voy a dejar que me limpien —respondió Isla, enderezando la espalda, adoptando la postura de la mujer que había enfrentado a Lady Margaret, a los Depredadores, a la hoguera—. No soy solo datos. Soy una persona. Y tengo derecho a mis recuerdos. A mi dolor. A mi amor.

Aris la estudió con curiosidad clínica.

—El apego emocional es una patología en nuestro entorno, Elara. Te impedirá funcionar. Te hará vulnerable.

—Me hará humana —corrigió Isla—. Y prefiero ser humana y vulnerable que perfecta y muerta.

Antes de que Aris pudiera responder, Isla actuó.

No con fuerza bruta, sino con conocimiento.

Conocía el laboratorio. Conocía los protocolos de seguridad.

Sabía que el panel de control de la puerta estaba conectado a la red principal, y que esa red tenía una vulnerabilidad específica que ella misma había diseñado años atrás, antes de su "accidente".

Una puerta trasera ética, destinada a emergencias.

Corrió hacia el panel de control. Sus dedos volaron sobre la interfaz táctil, introduciendo códigos que nadie más conocía. Las alarmas comenzaron a sonar, luces rojas parpadearon en el techo.

—¡Detenedla! —ordenó Aris, perdiendo por primera vez su compostura.

Los guardias de seguridad entraron corriendo, pero Isla ya había activado el protocolo.

Las puertas del laboratorio se bloquearon.

El sistema de ventilación se invirtió, llenando la sala de gas sedante inofensivo pero incapacitante para los guardias, que llevaban máscaras estándar, no diseñadas para ese compuesto específico que ella había mezclado mentalmente con los químicos disponibles.

Aris, protegida por su propia máscara avanzada, permaneció de pie, observándola con una mezcla de ira y admiración.

—Eres impredecible, hija. Eso es peligroso.

—Es necesario —respondió Isla, mientras las luces de emergencia iluminaban la sala en pulsos rítmicos—. Voy a salir de aquí, madre. Y no voy a volver.

—¿A dónde irás? —preguntó Aris—. El mundo exterior es hostil. No tienes identidad válida. No tienes recursos. Eres una fugitiva en tu propio tiempo.

Isla sonrió, una sonrisa triste pero determinada.

—Tengo algo que vosotros no tenéis. Tengo un propósito. Y tengo una promesa que cumplir.

Activó la salida de emergencia manual, rompiendo el cristal de protección con un extintor cercano. La alarma sonó más fuerte, atronadora. Isla salió al pasillo, corriendo hacia los ascensores, hacia la libertad, hacia lo desconocido.

No sabía cómo volvería a Dunvegan. No sabía si era posible. Pero sabía que tenía que intentarlo. Porque Lachlan la esperaba. O al menos, su memoria la esperaba. Y eso era suficiente.

Mientras corría por los pasillos blancos y estériles de Neo-Londres, Isla sintió una punzada en el pecho. No era el engranaje. Era el corazón. Latiendo con fuerza. Vivo.

Pero por primera vez en años, sintió esperanza.

Cinco años después, en las Tierras Altas de Escocia.

La nieve cubría las almenas de Dunvegan como un manto de silencio.

El castillo, restaurado parcialmente, se alzaba majestuoso contra el cielo gris invernal.

En la torre norte, una figura solitaria observaba el horizonte.

Lachlan MacLeod, ahora un hombre de mediana edad prematura, con el cabello completamente blanco y el rostro marcado por el viento y la tristeza, sostenía un pequeño fragmento de metal azul en su mano.

Había pasado cinco años esperando. Cinco años gobernando con justicia fría, erradicando la corrupción, protegiendo a su pueblo, pero sin vivir realmente. Era un fantasma en su propia vida.

De repente, el fragmento en su mano comenzó a vibrar. Lachlan se quedó inmóvil. Contuvo la respiración. ¿Era imaginación? ¿Era el viento?

No. Vibraba. Con más fuerza. Con urgencia.

Levantó la vista hacia el cielo. Las nubes se estaban arremolinando, formando un vórtice extraño, similar al que había visto el día de la hoguera. Pero esta vez, no había fuego. Había luz. Una luz azulada, suave, que descendía lentamente hacia el patio del castillo.

Lachlan dejó caer el fragmento. Bajó las escaleras de la torre, corriendo como no había corrido en años. Sus piernas, aunque rígidas por la edad y el duelo, respondieron con una fuerza renovada.

Llegó al patio justo cuando la luz tocaba el suelo. Y de ella, emergió una figura.

Alta. Delgada. Vestida con ropas extrañas, brillantes, futuristas. Pero el rostro… el rostro era inconfundible.

Isla.

No había envejecido. Ni un día. Seguía siendo la joven hermosa de veinte años que había desaparecido en las llamas. Sus ojos buscaban frenéticamente hasta encontrar los de Lachlan.

Lachlan se detuvo en seco. No podía creerlo. Era un espejismo. Una alucinación nacida de cinco años de soledad.

Isla dio un paso hacia él. Titubeante. Temerosa.

—Lachlan —susurró, su voz rompiendo el silencio helado del invierno.

Lachlan extendió la mano, temblorosa.

—Isla… —murmuró, con voz quebrada.

Ella tocó su rostro. Su piel estaba arrugada, fría, real.

—Soy yo —dijo ella, con lágrimas en los ojos—. He vuelto.

Lachlan la abrazó con una fuerza desesperada, enterrando el rostro en su cuello, sollozando como un niño. Isla lo abrazó de vuelta, sintiendo el peso de los años que él había cargado solo, el dolor que él había sufrido mientras ella vivía instantes.

Había vuelto. Pero el tiempo no perdonaba. Y ahora tendrían que aprender a vivir en la discrepancia de sus edades, en la brecha de sus experiencias.

Pero estaban juntos. Y eso, al final, era lo único que importaba.