Capítulo 36 El Salto
La desaparición no fue un acto de magia, ni un milagro divino, ni siquiera una huida física en el sentido convencional.
Fue una reconfiguración ontológica. En el instante preciso en que las llamas blancas consumieron la materia orgánica de Isla, el engranaje integrado en su esternón alcanzó su punto crítico de resonancia.
La energía térmica extrema, combinada con la radiación solar del solsticio y la carga emocional del sacrificio voluntario, actuó como la chispa necesaria para activar el protocolo de emergencia latente en su biología modificada. No murió. Se deslocalizó.
Para los espectadores en el patio de Dunvegan, el efecto fue instantáneo y aterrador.
Un destello cegador, seguido de un vacío absoluto donde antes había una mujer.
Las cadenas de hierro, liberadas súbitamente de su ancla biológica, cayeron al suelo con un estruendo metálico que resonó como el toque de difuntos en el silencio sepulcral que siguió.
El humo se disipó rápidamente, llevado por una brisa repentina y antinatural que olía a ozono y a electricidad estática, dejando el aire limpio, frío y cruelmente transparente.
Lachlan permaneció de rodillas sobre la plataforma carbonizada, con las manos extendidas hacia la nada.
Sus ojos, vidriosos y dilatados, escrutaban el espacio vacío con una intensidad maníaca, buscando un rastro, un eco, cualquier señal de que ella aún existiera en algún plano accesible.
Pero solo encontró el vacío. El poste de hierro estaba intacto, negro por el hollín, pero desnudo.
No había cenizas. No había restos óseos.
Isla se había evaporado, sublimada en pura energía temporal.
—¡Isla! —vociferó Lachlan, un sonido desgarrador que nació desde lo más profundo de sus pulmones, un rugido de bestia herida que hizo temblar las piedras del castillo.
Se incorporó tambaleándose, ignorando el calor residual que quemaba la piel de sus piernas, ignorando las cadenas rotas que colgaban de sus tobillos como grilletes fantasmales—. ¡Vuelve! ¡Por favor, vuelve!
Pero el silencio fue su única respuesta. Un silencio pesado, opresivo, cargado de la incredulidad colectiva de cientos de testigos.
Lady Margaret, pálida como un cadáver, bajó los escalones del estrado con pasos vacilantes.
Su bastón, símbolo de su autoridad absoluta, temblaba en su mano arrugada.
Había esperado la muerte de la anomalía, la purificación mediante el fuego.
No esto. No la desaparición. La desaparición implicaba que el poder de Isla era mayor que el de ella, mayor que el fuego, mayor que la muerte misma. Y eso era inaceptable. Eso era herejía.
—Ha sido arrebatada... —murmuró Margaret, su voz quebrada, tratando de imponer una narrativa que pudiera controlar el pánico creciente de la multitud—. Los demonios... la han llevado al infierno. Ha pagado por sus pecados.
Lachlan se giró lentamente hacia ella. Sus movimientos eran fluidos, peligrosos, como los de un felino a punto de atacar.
Sus ojos, antes llenos de dolor, ahora ardían con una furia fría, calculadora, letal.
Ya no era el joven romántico, el heredero dubitativo.
Era un hombre que había perdido todo lo que le daba humanidad, y en ese vacío, algo oscuro y primordial había nacido.
—No ha ido al infierno, tía —dijo Lachlan, su voz baja, tranquila, terriblemente clara—. Ha ido a un lugar donde tú no puedes seguirla. Y cuando regrese... vendrá por ti.
Antes de que Margaret pudiera ordenar a sus guardias que lo detuvieran, Lachlan se movió.
Con una velocidad sobrehumana, arrancó la espada de la mano de un guardia paralizado por el shock y, en un movimiento fluido y brutal, la clavó en el pecho del hombre más cercano.
La sangre salpicó las losas negras, brillante y roja bajo la luz gris del día.
El caos estalló.
Los gritos de la multitud se mezclaron con el choque del acero.
Los guardias de Margaret, recuperándose de su estupor, se lanzaron contra Lachlan.
Pero él no luchaba para sobrevivir; luchaba para destruir.
Cada estocada era precisa, mortal, ejecutada con una eficiencia fría que hablaba de una desesperación absoluta.
No sentía dolor. No sentía miedo. Solo sentía la ausencia de Isla, un agujero negro en su alma que exigía ser llenado con la sangre de aquellos que la habían condenado.
Malcolm, viendo la masacre, intentó huir hacia las puertas del castillo, pero Lachlan lo interceptó.
Lo derribó con una patada en el rostro, rompiéndole la nariz, y lo dejó jadeando en el suelo, sangrando, mientras continuaba su camino hacia la torre principal.
No quería matar a Malcolm todavía. Quería que sufriera.
Quería que viera cómo su mundo se desmoronaba, igual que él había visto desaparecer a la mujer que amaba.
Kael, el Agente del Tiempo, observaba la escena desde la sombra de una columna, impasible. Su dispositivo parpadeaba con luces rojas, registrando la anomalía energética residual.
—Fascinante —murmuró para sí mismo, anotando datos en su interfaz mental—. La sujeto no ha muerto. Ha realizado un salto cuántico involuntario. Ha sido expulsada de esta línea temporal. Probablemente haya aterrizado en un punto aleatorio del flujo temporal. O quizás... en el origen.
Miró a Lachlan, quien ahora luchaba contra cinco guardias simultáneamente, cubierto de sangre ajena, con una expresión de éxtasis doloroso en el rostro.
—El vínculo emocional ha colapsado la estabilidad local —continuó Kael, analizando fríamente—. Sin la anomalía, esta línea temporal comenzará a degradarse. La entropía aumentará. El castillo caerá. El clan se extinguirá. Es el precio del amor.
Dicho esto, Kael activó su dispositivo de teletransporte de emergencia. Una luz azul lo envolvió, y desapareció, abandonando a Margaret y a sus seguidores a su destino. Ya no tenía utilidad aquí. El experimento había terminado. Y el resultado era catastrófico.
Margaret, viendo cómo sus hombres caían uno tras otro ante la furia de Lachlan, intentó usar su bastón para lanzar un hechizo de contención.
Pero sin el engranaje de Isla como amplificador, su magia era débil, inconsistente.
Lachlan esquivó el rayo de energía negra con facilidad, acercándose a ella con pasos lentos, deliberados.
—Tú —dijo Lachlan, señalándola con la espada ensangrentada—. Tú iniciaste esto. Tú la torturaste. Tú la condenaste.
Margaret retrocedió, tropezando con su propia túnica.
—¡Era necesario! —gritó, con histérica—. ¡Para salvarnos! ¡Para salvar el tiempo!
—No hay tiempo que salvar si no hay vida que vivir —respondió Lachlan.
Con un golpe seco, cortó la cabeza de Margaret.
El cuerpo de la matriarca cayó al suelo, sin vida. Los guardias restantes, viendo a su líder muerta y a Lachlan convertido en un demonio de venganza, arrojaron sus armas y huyeron. Malcolm, sangrando en el suelo, se arrastró hacia la salida, aterrorizado, sabiendo que su vida ya no valía nada.
Lachlan se quedó solo en el patio. Rodeado de cuerpos. Cubierto de sangre. Silencioso.
Dejó caer la espada. Se llevó las manos a la cara y sollozó. No era un llanto de tristeza. Era un lamento primal, el grito de un universo que se rompe.
Pasaron horas. El sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de rojo sangre, como si el cielo mismo llorara por lo ocurrido.
Los sirvientes que quedaban, aterrorizados, se escondieron en las cocinas o huyeron hacia la aldea.
El castillo de Dunvegan, antaño símbolo de poder y tradición, se convirtió en una tumba silenciosa.
Lachlan no se movió. Permaneció allí, de pie junto al poste vacío, hasta que la noche cayó completamente. Luego, caminó hacia la torre norte. Subió las escaleras, paso a paso, hasta llegar a la habitación donde Isla había dormido tantas veces. Entró. Cerró la puerta.
Pero esperó. Esperó un regreso que sabía imposible. Esperó un milagro que no llegaría.
Porque Isla no había vuelto. Había saltado. Y el salto, en el tiempo, es una vía de un solo sentido. O eso creía él.
Porque en algún lugar, en alguna época, Isla abrió los ojos. Y vio el cielo de Neo-Londres.