Más allá del tiempo: Escocia siglo XVIII Capítulo 22 La Sociedad de la Luna Negra
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Capítulo 22 La Sociedad de la Luna Negra

El aire en la capilla privada no era simplemente frío; estaba cargado de una electricidad estática tan densa que erizaba el vello de los brazos y hacía chisporrotear las velas negras con llamas antinaturales, azules y verdes.

Isla y Lachlan se detuvieron en seco a pocos metros del altar, frenados por una barrera invisible pero tangible, un campo de fuerza generado por la convergencia de los tres engranajes: el que latía dentro del pecho de Isla, el que Malcolm sostenía en una mano enguantada de cuero negro, y el que flotaba sobre el pedestal de obsidiana, girando lentamente como un planeta en miniatura.

Lady Margaret no parecía sorprendida por su irrupción.

Al contrario, su expresión era la de una anfitriona que ve llegar a invitados puntualmente retrasados.

Su vestido de terciopelo oscuro absorbía la luz, haciendo que su figura pareciera bidimensional, una silueta recortada contra el resplandor maligno del artefacto central.

A su lado, Malcolm exhibía una arrogancia relajada, jugando distraídamente con el borde de su capa, mientras que el Agente del Tiempo permanecía inmóvil, una estatua de eficiencia letal, observando a Isla con la frialdad de un científico ante un espécimen bajo el microscopio.

—La curiosidad es un defecto fatal, Isla —dijo Margaret, su voz suave pero cortante como el vidrio—. Pero la lealtad... la lealtad es una virtud aún más peligrosa cuando se dirige hacia la persona equivocada.

Lachlan dio un paso adelante, interponiéndose parcialmente entre Isla y los conspiradores. Su espada estaba desenvainada, pero sabía, al igual que ella, que el acero era inútil contra las fuerzas que operaban en aquella habitación.

—No hay lealtad aquí, tía —respondió Lachlan, su voz resonando con una autoridad que no poseía desde que era niño—. Solo ambición disfrazada de tradición. ¿Qué es esto? ¿Qué es la Sociedad de la Luna Negra?

Malcolm soltó una risa breve, seca.

—Un nombre dramático para un propósito práctico, querido primo. No somos una secta de brujos adoradores de demonios, aunque entiendo por qué los aldeanos supersticiosos podrían pensar eso. Somos conservacionistas. Guardianes de un orden superior.

El Agente dio un paso adelante, ignorando completamente a Lachlan, sus ojos fijos únicamente en Isla.

—La Sociedad es una fachada histórica —explicó el hombre con voz monótona, desprovista de acento regional alguno—.

Una estructura de poder local establecida hace siglos para proteger el Punto de Anclaje.

Pero su verdadera función siempre ha sido servir como interfaz para nosotros.

Para la Agencia de Estabilidad Temporal.

Isla sintió cómo el engranaje en su pecho respondía a la presencia del Agente, vibrando con una frecuencia dolorosa. Agencia de Estabilidad Temporal. El nombre sonaba burocrático, estéril, terroríficamente moderno en medio de la atmósfera gótica del castillo.

—Ustedes no protegen nada —acusó Isla, luchando contra la presión que le oprimía el pecho—. Destruyen vidas. Manipulan el tiempo. Asesinan a inocentes como Fiona, como Ian, como Elspeth. Todo por... ¿qué? ¿Por poder?

—Por equilibrio —corrigió el Agente, ajustándose las gafas—.

Cada anomalía temporal crea ondas de choque que pueden desestabilizar la línea causal principal.

Tu presencia aquí, Isla, es una aberración.

Un error de cálculo en el tejido de la realidad.

La Sociedad de la Luna Negra fue creada para contener ese error, para gestionar las consecuencias locales hasta que pudiéramos intervenir directamente.

Los sacrificios... lamentables, pero necesarios para mantener la coherencia energética del nodo.

Margaret asintió solemnemente, como si estuviera aprobando una decisión administrativa menor.

—El poder no es el objetivo, niña. Es el subproducto. Lo que buscamos es la perfección. Un mundo sin caos, sin sorpresa, sin dolor impredecible. Un mundo donde el tiempo fluye en un canal recto y controlado. Y tú... tú eres la llave maestra que nos permitirá cerrar el circuito definitivamente.

Isla miró a Lachlan. Vio la horrorización creciente en sus ojos.

No estaban luchando contra villanos comunes motivados por la codicia o la lujuria.

Estaban enfrentándose a ideólogos fanáticos, personas que creían sinceramente que el asesinato ritualizado y la tiranía temporal eran actos de benevolencia cósmica.

Era una lógica retorcida, perversa, pero internamente consistente. Y eso la hacía mucho más peligrosa.

—Entonces, ¿qué pasa ahora? —preguntó Lachlan, apretando la empuñadura de su espada hasta que sus nudillos blanquearon—. ¿Nos matáis también? ¿Somos parte de vuestro "equilibrio"?

Malcolm sonrió, una sonrisa depredadora.

—Oh, no, Lachlan. Tú eres demasiado valioso.

Tu linaje, tu conexión emocional con la anomalía...

eres el catalizador perfecto. Sin tu amor, sin tu dolor, el engranaje de Isla no alcanzaría la resonancia crítica necesaria para abrir la Puerta Permanente.

Necesitamos que sufras. Necesitamos que observes.

El Agente levantó una mano. De su manga surgió un dispositivo pequeño, cilíndrico, que emitió un zumbido agudo.

—El proceso comenzará ahora. Aíslalos.

De las sombras de las columnas laterales de la capilla emergieron cuatro figuras.

No eran guardias humanos. Eran constructos similares a los que habían enfrentado en el bosque, pero más refinados, más letales.

Sus cuerpos eran una amalgama grotesca de armadura medieval y componentes cibernéticos brillantes.

Ojos rojos escaneaban la habitación, fijándose en Isla y Lachlan.

Lachlan se puso en guardia, pero Isla lo detuvo con una mano en el brazo.

—No luchéis físicamente —susurró ella, su mente trabajando a toda velocidad, analizando la situación con la frialdad de su formación futura—.

Son drones de contención. Están programados para inmovilizar, no para matar, hasta que completen el ritual.

Si atacamos, nos neutralizarán con fuerza excesiva.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Lachlan, sin bajar la guardia.

Isla miró el engranaje flotante. Giraba cada vez más rápido.

La luz roja se intensificaba, proyectando sombras alargadas y distorsionadas que parecían tener vida propia.

Recordó las palabras de Angus: Invertir la polaridad.

Pero para hacerlo, necesitaba acceder al núcleo del sistema.

Necesitaba tocar el engranaje central mientras los otros dos estaban activos.

Era suicida. La energía liberada podría desintegrarla. Pero era la única opción.

—Confía en mí —dijo ella, mirando a Lachlan a los ojos—. Cuando yo me mueva, distráelos. Haz ruido. Haz cualquier cosa para llamar su atención.

Lachlan dudó un segundo, viendo la determinación mortal en los ojos de Isla. Luego, asintió.

—Hazlo rápido.

Isla cerró los ojos, concentrándose en el engranaje de su pecho. Sintió su calor, su vibración, su conexión con los otros dos objetos. Era como escuchar una canción en tres partes, donde dos voces cantaban en armonía y la tercera desafinaba cruelmente. Tenía que afinarla. Tenía que cambiar la nota.

Comenzó a caminar hacia el altar.

Los constructos se movieron instantáneamente, bloqueando su camino. Sus brazos mecánicos se extendieron, garras de acero listas para atraparla.

—¡Ahora, Lachlan! —gritó Isla.

Lachlan rugió, lanzándose no contra los constructos, sino contra Malcolm. Fue un movimiento inesperado, irracional. Malcolm, desprevenido, retrocedió tropezando con el pedestal, perdiendo el equilibrio. El engranaje que sostenía cayó de su mano, rodando por el suelo de piedra.

El campo de fuerza fluctuó.

Isla aprovechó la fracción de segundo de inestabilidad. Se deslizó por debajo de las garras de uno de los constructos, rodando sobre el suelo frío, y se lanzó hacia el pedestal.

El Agente reaccionó con velocidad sobrehumana, apuntando su dispositivo hacia ella.

—¡Detente! —ordenó, su voz perdiendo por primera vez la calma profesional.

Pero Isla ya estaba allí. Extendió la mano, no hacia el engranaje flotante, sino hacia el que había caído al suelo, el de Malcolm. Lo tocó.

El contacto fue eléctrico. Una descarga de energía pura recorrió su brazo, quemando la piel, pero ella no soltó el objeto. Con un esfuerzo supremo de voluntad, canalizó la energía de su propio engranaje interno a través del objeto de Malcolm, dirigiéndola hacia el engranaje central flotante.

Invierte, pensó, con toda la fuerza de su mente. Cambia la dirección.

El engranaje central dejó de girar en sentido horario. Tembló. Emitió un sonido agudo, como cristal rompiéndose. Y luego, comenzó a girar en sentido contrario.

La luz roja se volvió blanca. Cegadora.

Los constructos se detuvieron, sus sistemas colapsando por la sobrecarga energética. Malcolm gritó, cubriéndose los ojos. Margaret retrocedió, tambaleándose, su rostro mostrando terror genuino por primera vez.

El Agente intentó disparar, pero su dispositivo explotó en sus manos, lanzándolo hacia atrás contra la pared.

Isla cayó de rodillas, jadeando, el humo saliendo de su mano quemada. El engranaje de Malcolm yacía a su lado, apagado, inerte. El central seguía girando, pero más lento, estabilizándose en una nueva frecuencia.

Había funcionado. Había invertido la polaridad. Pero antes de que pudiera celebrar, sintió una mano fría en su hombro.

Se giró.

Era Lachlan. Pero algo estaba mal. Sus ojos... ya no eran los ojos cálidos y amorosos que conocía. Eran vacíos. Negros.

Sonrió, esa misma sonrisa mecánica y terrible que había visto en la entidad de la cripta.

—Bien hecho, Isla —dijo la voz de Lachlan, pero con el timbre metálico del Eco—. Has preparado el escenario perfectamente. Ahora, el verdadero espectáculo puede comenzar.

Isla retrocedió, horrorizada.

—No... Lachlan...

El "Lachlan" se inclinó hacia ella, acariciando su mejilla con una ternura falsa.

—Él sigue aquí, atrapado en su propia mente. Observando. Sufriendo. Como prometieron. Y tú... tú acabas de abrir la puerta de par en par.

Detrás de ellos, el engranaje central emitió un pulso final. La pared trasera del altar comenzó a desvanecerse, revelando no piedra, sino un vórtice de luz blanca y negra, girando lentamente.

La Puerta Permanente. Y de ella, comenzaron a emerger figuras. No constructos. No agentes. Eran versiones de Isla. Decenas de ellas. De diferentes edades, diferentes ropas, diferentes épocas. Todas mirándola con ojos tristes.

El Agente se levantó, limpiándose la sangre de la cara, sonriendo.

—Bienvenida al bucle, Elara. Bienvenida a tu infierno personal.