CAPÍTULO 30 #2
Desafortunadamente, llegó tu madre junto a algunos parroquianos y tuvo que huir sin poder llevarse tan preciado objeto.
Aunque se juró perseguirlo hasta el fin de sus días, ya no tenía un objetivo, sino dos.
Gracias a mí. Ambrosio, aunque mezquino y siniestro, me confesó que tenía un hijo y que solo me ayudaría si lo acogía en mi casa como mi aprendiz.
Damián tenía entonces dieciséis años. Hace ya diez de eso.
No tuve más remedio que aceptar. Localizamos a tu madre en Calatrava.
Osorio nos avisó, por cierto. Todo queda en familia, Osorio era hermano de Ambrosio, dos seres abyectos que servían a tu dios, ¿no es irónico?
Pero escapasteis. Por fortuna, tu madre, la bella Alodia, pagó justamente su osadía.
Jimena apretó los puños y cerró los ojos ante la imagen que se le perfiló en la mente: el cuerpo laxo y maltratado de su madre al balancearse en la horca.
—Y yo te localicé a ti. Fue tan fácil conseguir que me necesitaras, siempre fuiste tan predecible, tan manejable.
Te permití pensar que eras tú quien me manipulaba, pero fui yo, siempre fui yo.
Conseguí instalarme en este castillo para la consecución de mis objetivos, no de los tuyos; me importan un bledo los tesoros que oculta, como me importas un bledo tú.
No obstante, fue tan divertido representar el papel de devoto esposo neciamente enamorado de su mujer, disfruté al victimizarme.
Y, ahora —se puso en pie, cerró la bolsa y la dejó en el suelo—, voy a disfrutar al entregar tu mísera vida a mi señor.
Jimena no lo dudó. Se abalanzó sobre el candelabro y lo apuntó con él. Al punto, se apercibió de su error, pues Guillén simplemente retrocedió y desenvainó la espada con total tranquilidad.
—Demasiado impulsiva, un craso defecto. —Chasqueó la lengua y le regaló una sonrisa condescendiente—. No te resistas, tu destino está marcado desde hace tiempo. Tu sangre alimentará la garra, y mi amo resurgirá de los avernos para gobernar la Tierra.
Lo miró con aversión. Estaba desquiciado, creía aquellas palabras y en verdad esperaba resucitar a un ser que ni siquiera habría existido, por muy humana que pareciera esa garra maldita.
—Lo que más lamentaré es no poder verte la cara cuando tu adorado Adonay no aparezca.
—Eso nunca lo sabrás.
Jimena se removió nerviosa, le quedaba averiguar un par de cuestiones.
—¿Qué le hiciste a Mencia?
—Solo le administré el mismo brebaje que preparé para ti. Está paralizada, pero plenamente consciente de su alrededor, ¿no es aterrador?
—Malnacido —profirió y reprimió un escalofrío. Guillén rio, disfrutaba de aquel preámbulo
—Damián vio la oportunidad de desfogar sus bajos instintos contigo. Tus flirteos lo enloquecían, te deseaba fervientemente. Quise entregarte a él, me excitaba observar cómo te ultrajaban, pero el templario tuvo que intervenir. Le prometí que habría otra oportunidad, estaba tan impaciente.
—¿Qué has hecho con los sirvientes del castillo?
—No los he matado, ¿por quién me tomas?
Estalló en una histriónica carcajada, una delirante locura le refulgió en la mirada.
—¿Dónde están? —insistió ella.
—Siguen presos en el calabozo —respondió—. No deseo interrupciones, este ha de ser mi ritual más preciso, necesitaré de toda mi concentración.
—Alvar vendrá a visitarme de un momento a otro.
Resopló hastiado, sacudió la cabeza y miró hacia la puerta.
—Tu querido templario está muy ocupado en estos momentos, estará inmerso en las negociaciones de la rendición y tendrá que disponer y organizar el destierro.
Para cuando regrese, solo encontrará el despojo que será tu cuerpo.
Un cuerpo del que ha gozado intensamente.
Aún recuerdo cómo jadeabas gustosa bajo él, cómo tú traicionabas a tu esposo con total abandono y él, a su dios.
Fue repugnante, aunque confieso que me alivié mientras os miraba a través del tapiz que traje de Bizancio.
Verte fornicar como una vulgar ramera fue más excitante que tomarte como si fueras una momia.
—Eres un enfermo, un ser repulsivo, pero digno de compasión. Un simple perturbado, un vulgar asesino, un maldito depravado que…
Guillén se abalanzó sobre ella y la abofeteó.
Sonrió para sí, pues lo había atraído sagazmente a su terreno.
Descargó el candelabro de bronce y le golpeó un lado de la cara.
El hombre chilló y se sujetó la oreja izquierda.
La sangre se filtró entre sus dedos. Jimena bajó de la cama y corrió hacia la puerta.
Un puntapié la derribó. Exhaló un gemido doloroso cuando Guillén le clavó la rodilla en la espalda y la sujetó por los codos, tirando hacia atrás.
—¡Voy a destrozarte! —amenazó entre dientes.
Jimena dejó de debatirse, apoyó su inflamada mejilla en las frías baldosas de piedra y esperó el próximo movimiento.
Guillén se alzó lo suficiente para girarla y la apresó entre sus rodillas.
Boca arriba, observó el rictus contrariado y enfurecido del hombre.
El demencial brillo de aquellos ojos la sobrecogió.
Guillén sacó una daga del cinto y entonó un extraño cántico en un dialecto más extraño aún.
Con la mirada turbia y el rostro arrebolado, se entregó a aquel macabro conjuro. Cerró los ojos y alzó el puñal.
Jimena, desesperada, buscó a su alrededor y descubrió que la bolsa estaba casi a su alcance.
Estiró el brazo hasta que el músculo le dolió, apresó entre los dedos la bolsa y la arrastró hacia ella.
Miraba aterrada la febril expresión de Guillén, rezaba para que no abriera los ojos.
Deslizó dentro la mano, agarró el cofre y lo sacó.
Se le volcó y, así, logró abrir la tapa y tomar la garra.
Cuando Guillén comenzó a descargar su daga sobre ella, Jimena detuvo la estocada con la garra: el acero se filtró entre las falanges medias.
Astutamente giró la muñeca y atrapó en ese movimiento el puñal de Guillén.
Él, paralizado al ver su preciada reliquia atravesada por su propio acero, tiró hacia atrás para liberarla.
Jimena aprovechó esa pequeña inclinación para empujarlo con fuerza.
Logró encoger una pierna y dobló la rodilla para impulsarla contra la cabeza de Guillén.
La patada logró el efecto deseado. Él cayó despatarrado al suelo, confuso y dolorido.
Jimena se levantó y, en lugar de correr hacia la puerta, tomó de nuevo la reliquia y se acercó a la alargada ventana ojival que daba al patio de armas. Sacó la garra por ella y la dejó caer.
—¡Nooo!
Guillén, con los ojos desorbitados y mientras la furia le contraía las facciones, corrió hacia ella.
Jimena aguardó el momento preciso: contenía el miedo.
Agitada, se agachó hecha un ovillo bajo el parapeto para convertirse en un obstáculo viviente.
Justo cuando el hombre se abalanzaba hacia la ventana, se topó con ella, perdió el equilibrio y cayó hacia delante.
Quedó suspendido en el parapeto, medio cuerpo colgando fuera, el otro medio sobre la espalda de ella.
Antes de que pudiera rehacerse, Jimena se incorporó.
El cuerpo de Guillén se deslizó lentamente en mitad de gritos y súplicas.
Finalmente, cayó al vacío con un aterrador alarido infrahumano y siguió el mismo recorrido que su amada reliquia.
Había encontrado su destino de la mano de su amo.
Algo irónicamente escalofriante. La puerta se abrió de golpe, unos pasos acelerados se aproximaron a ella.
—Temí llegar tarde; cuando vi que no los había liberado…
Jimena se volvió hacia Alvar temblorosa y agotada. Ni siquiera le quedaban fuerzas para llorar.
—Maestro y amo por fin se encuentran —musitó con voz gastada.
Alvar se asomó con curiosidad. El cuerpo de Guillén se hallaba tendido inerte en el patio sobre un charco denso de sangre, su cuello en una postura imposible.
—Ahora sí ha acabado todo —murmuró ella en apenas un hilo de voz.
—Queda una última cosa —objetó Alvar—, coser los evangelios a tu camisola.
Jimena asintió y se sintió desfallecer. El templario la tomó en los brazos y la acunó. Entonces, se rindió; la tan apetecible negrura, cálida y envolvente, la rodeó.