CAPÍTULO 18 #2
—¡Vamos! Aquí no estás segura, en la torre me lo contarás todo.
La llevó raudo hasta el torreón; en el camino se cruzaron con varias cuadrillas de soldados que los miraron curiosos. Cuando atravesaron el portalón, Mencia les salió al encuentro.
—¡Gracias al cielo estáis bien! —exclamó soltando el aliento—. Os busqué por todo el castillo, niña —recriminó ceñuda con los brazos en jarra. Pero cuando reparó en su afligida expresión, su contrariado semblante mostró alarma.
—¡Santo Dios! ¿Estáis bien?
Jimena apenas pudo asentir. Guillén ya la empujaba escaleras arriba ante el mudo asombro de la doncella.
El círculo de mujeres que cosían, nerviosas, en el salón la miraron con reprobación.
Aura murmuró algo en el oído de Petronila.
Entraron en la alcoba. Jimena se desasió hoscamente de Guillén y se tumbó en la cama, hecha un ovillo. La herida del costado le dolía.
—Necesito estar sola —musitó.
El hombre negó con la cabeza. Sus delgados labios habían perdido todo el color; por el contrario, sus mejillas mostraban un rubor delator. La furia lo sacudía sin misericordia.
—No pienso salir de aquí hasta que nombres al agresor —silbó entre dientes.
—No le vi la cara —improvisó agitada.
Se abalanzó sobre ella, la tomó por los hombros y la sacudió amenazante. La muchacha ahogó una exclamación.
—¡Mientes! —vociferó—. Lo que no logro entender es la razón, maldita sea, ¿por qué demonios…?
—Sus ojos verdes, levemente saltones, se abrieron desmesurados ante el impacto de la revelación que comenzó a abrirse camino en su mente—. Lo proteges —musitó atónito.
Jimena, llorosa, negó entre lágrimas. Su fortaleza e ingenio pugnaban débilmente por emerger bajo el doloroso yugo de los recuerdos de aquella nefasta y trágica noche que lo había cambiado todo.
La imagen desgarradora de su madre le derrumbaba el ánimo.
¿En verdad el fin justificaba los medios? ¿En qué se había convertido?
Debía centrarse, alejar la angustia, pero ¿cómo borrar el rostro lujurioso de Damián, la locura de Alvar y la desesperación de Guillén sin sentir que el lacerante punzón de la culpa le horadaba el pecho?
Se sentía acorralada, débil y sin los recursos suficientes para afrontar la situación; necesitaba pensar, recomponerse, encontrar apenas una pizca de entereza a la que asirse.
—¿Quieres un culpable? —inquirió abatida.
—Quiero hundir mi acero en él.
Jimena alargó con velocidad la mano hacia la empuñadura de la espada que Guillén portaba en el cinto y la desenfundó en un ágil movimiento.
—¡Húndelo entonces!
Y se apuntó en el pecho. Guillén clavó su asombrada mirada en ella. Por un angustioso instante pareció indeciso, desgarrado por dos emociones contrapuestas. Finalmente cerró los ojos y alejó el arma de ella.
—A veces, deseo tu muerte —confesó en un hilo de voz, rota y agonizante—, pues creo que contigo desaparecería mi sufrimiento; sin embargo, sé que sin ti mi vida dejaría de tener sentido; te odio y te amo en igual medida, y eso, Jimena, es la tortura más atroz que un hombre puede soportar.
Jimena le sostuvo la mirada; vio tanto dolor en ella que se mortificó un poco más.
—Y, a veces —comenzó ella en apenas un susurro—, creo que la muerte es la única liberación posible al cautiverio de una existencia sometida a un destino impuesto.
Guillén la soltó, se frotó rudamente el rostro en un gesto impaciente, resopló y la fulminó con la mirada.
—No me consuela saber que no soy la única víctima de tu ponzoñoso hechizo.
Sin embargo, sí soy la más humillada dada mi condición.
Ahora mismo, no sé si correr y matar a ese condenado monje o compadecerme de él.
—Soltó un bufido del que emergió una sonrisa despectiva—.
Aunque, en tal caso, las condolencias serían mutuas.
Se irguió con los hombros vencidos y el semblante sombrío.
—No me engañas a mí, te engañas a ti misma —continuó con despecho—.
Te escudas en esa mísera y estúpida misión que heredaste de tu madre, te convences de manipular a los hombres a tu antojo solo por liberar a la humanidad de la opresión eclesiástica.
Y la única verdad es que la única culpable de tus actos es tu propia y perniciosa naturaleza libidinosa y cruel, tu propia ambición.
Pero ve con cuidado, querida, lo que cultivas en la tierra corre el peligro de germinar.
—¡Vete, déjame sola!
—Comulgo con eso —musitó mientras se dirigía a la puerta—. Pues temo no poder controlar tu reciente ofrecimiento.
Y salió. Jimena rompió en llanto. No, pensó, no podía derrumbarse en ese momento; no obstante, las lágrimas brotaban incesantes.
Algo en su interior se había quebrado, y por esa hendidura se filtraba la duda, la tan tentadora rendición.
Apretó los puños, los dientes y gruñó. Buscó en su interior la furia que siempre la impulsaba y que la alejaba del abatimiento, también de su conciencia.
No, repitió para sí. Nada la detendría, ni siquiera la debilidad de unos hombres que se rendían con tanta facilidad ante su influjo.
Ellos eran tan culpables como ella, si no más.
En ese instante, se abrió la puerta de su alcoba. Mencia la saludó con una sonrisa compasiva; en sus manos portaba una jarra con la habitual infusión, a pesar de casi no necesitarla ya.
—No pienso tomarme esa belladona —advirtió con un mohín de disgusto.
—En tal caso, tendré que obligarte; además no es la belladona, es hamamelis ; terminará de bajar la inflamación de la herida. —Le echó una mirada escrutadora y añadió—: Y, tal vez, de esos ojos tan hinchados que luces.
Jimena le sostuvo la mirada sin replicar, tomó con brusquedad la jarra y la bebió de un trago.
—¿Satisfecha?
Mencia negó con la cabeza.
—No hasta que me cuentes qué ha ocurrido.
Jimena bajó la mirada al suelo, solo deseaba el consuelo de un sueño reparador y tal vez de un abrazo. Mencia pareció leerle el pensamiento. La atrajo hacia sí y la cobijó en su gran pecho. Jimena se dejó acunar y se deleitó en su calor y en el palpitante cariño que de ella emanaba.
Un sopor intenso comenzó a invadirla, sin embargo, no era el cansancio habitual, ni la antesala de un sueño reconfortante; era otra cosa, algo inquietante y oscuro, una especie de opresión extraña que la desasosegaba.
De inmediato, una alarma comenzó a resonar en su interior, aguda e insidiosa.
Intentó hablar, pero sus labios no se movieron; intentó alargar la mano, pero descubrió horrorizada que ya no era la dueña de su cuerpo, sus párpados se cerraban lentamente y la privaban de la visión.
Un terror atroz la envolvió, estaba atrapada dentro de su propio cuerpo, plenamente consciente de cuanto ocurría a su alrededor.
Gritó dentro de ella, en su mente, donde el caos campaba libre y despuntaba en un horror extremo.
Luchó contra la angustia más intensa que había sentido jamás.