Más allá del Temple CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

El abrazo se dilató y de él manaron sentimientos profundos y verdaderos. Era su madre en la Tierra, enviada por su madre en el Cielo. Su ángel guardián. La quería con toda la fuerza de su alma y recibía en la misma medida lo que otorgaba.

Unos golpes en la puerta rompieron un silencio lleno de palabras. Guillén se adentró en la estancia con paso firme y sonriente semblante.

—¡Vaya, veo que mi bella esposa ha recobrado el color!

Jimena le sonrió y guardó su desilusión; era otro rostro el que anhelaba ver.

—Me encuentro mucho mejor: el dolor permanece, aunque más apagado y soportable. Además, me encuentro débil y famélica.

—Nada que un buen caldo no solucione —comentó Mencia—. Ahora mismo prepararé uno.

Y, sin más, salió de la alcoba, ligera y bulliciosa. Guillén se sentó junto a su esposa en el lecho y le posó con gentileza la mano en la frente.

—El templario ha hecho un buen trabajo —opinó mientras le indagaba el rostro.

Jimena no había visto la herida, pero sentía sus estragos, y saber que las manos de Alvar habían estado sobre su cuerpo la tranquilizaba y alteraba al mismo tiempo. Haber estado entre sus brazos, incluso en tan lamentables condiciones, la había hecho sentirse protegida y segura.

—Es un hombre avezado en esas lides, curtido en innumerables batallas, instruido y culto. —Y rabiosamente apuesto, pensó Jimena.

El hombre bajó la mirada. Puso la atención en su mano, parecía tenso e incómodo.

—Y un fervoroso hombre de Dios —le recordó.

Sonrió en un intento por aliviar el visible malestar de su esposo.

—¿Cómo van las cosas ahí fuera?

—Igual —contestó—. Supongo que en este momento estarán mandando un emisario con las condiciones de la liberación. Recemos para que acepten y se retiren; en caso contrario, lo habremos perdido todo. —La miró con rencor—. Aunque a ti no parece importarte. Imagino que es lo que deseas.

Jimena tragó saliva, incómoda. La herida le dolía, y se encontraba fatigada; lo último que deseaba era un enfrentamiento.

—Ya te expliqué mis motivos —arguyó con malhumor.

—Motivos que perjudican a demasiada gente inocente, ¿no crees? ¿Alguna vez te has parado a reflexionar en la repercusión de tus actos? ¿O eres tan egoísta e insensible que pasas por encima de todo con tal de conseguir tus propósitos?

—Pienso que depende de la transcendencia del propósito en cuestión —respondió cada vez más airada—. Y, en este caso en particular, soy consciente de las víctimas colaterales que dejo a mi paso; no obstante, el fin justifica los medios.

Guillén resopló, mostraba su frustración.

—No, querida, te equivocas, el fin no justifica los medios. En realidad, son los medios los que conforman si el fin merece la pena. Al igual que son los actos los que definen a un individuo. Y los tuyos hablan muy mal de ti.

Jimena enrojeció, embargada por la ira, pero también por la vergüenza.

—La verdad que aguarda su revelación bien vale mi sacrificio y el de los que están a mi alrededor si gracias a eso su luz ilumina el oscurantismo impuesto por la Iglesia.

Guillén se levantó impaciente y alterado. Se pasó la mano por su trigueño y lacio cabello y la contempló con exasperación.

—¡La verdad! —profirió exaltado—. La verdad no cambiará el mundo, porque los seres que lo habitan seguirán inmersos en sus propias miserias.

Los hombres necesitan reglas, temor y disciplina para contener el animal que llevan dentro.

Si alteras ese orden, todo se derrumbará.

La Iglesia, como institución, nos ofrece una guía, equivocada o no, pero necesaria. ¿Lo entiendes?

—Lo único que entiendo —espetó furiosa— es que tu guía es diferente de la mía.

Que yo, como mujer, me rijo por reglas más estrictas e injustas.

Que nos hacen creer en una falsa inferioridad para someternos y anularnos.

Lo único que entiendo es que prefiero guiarme sola antes que entregar mis riendas a un poder cruel, ambicioso y corrupto.

Lo que deseo para mí, lo deseo para mi prójimo y, en ese punto, me ciño a las escrituras.

Su esposo negó con la cabeza en actitud huraña.

—El perro no pidió nacer perro, pero eso es lo que es.

Se contemplaron mutuamente en un duelo de miradas furiosas.

Jimena finalmente se recostó rendida por el malestar físico y emocional.

Muchas veces se había recriminado utilizar a los demás en su beneficio, pero también se disculpaba pensando que su conducta derivaría en un bien común que liberaría al pueblo del férreo yugo eclesiástico.

Y, ahora, Guillén intentaba hacer tambalear su determinación, sembraba la duda y alimentaba los remordimientos que la acosaban con tanta frecuencia.

Pero ella no cejaría en su empeño. Ella les mostraría la verdad.

La verdad era liberadora, y la libertad siempre era el mejor de los regalos.

—Necesito descansar —musitó con sequedad.

Guillén asintió, todavía agitado, pero aparentaba calma, y se inclinó para besarle la mejilla.

—Disculpa mi vehemencia; entiende que tan solo pretendo liberarte de una carga que, tal vez, no merezca el esfuerzo.

—Comprendo —se limitó a decir.

Cerró los ojos y dio por terminada la conversación. No lo escuchó caminar hacia la puerta. Supuso que la observaba y aquello la puso más nerviosa.

—Te ayudaré —decidió el hombre en tono vencido. Jimena abrió los ojos con sorpresa.

—Juntos encontraremos el blasón y descubriremos la dichosa verdad. Tú decidirás qué hacer con ella, solo así comprenderás tu error y, para entonces, solo me tendrás a mí para consolaros.

—¿Tanto me amas? —inquirió incrédula.

—¿Crees que soportaría tus coqueteos con el templario si no te amara?

Quiero pensar que tu interés en ese hombre solo se debe a tu perseverante cometido y, puesto que te he ofrecido mi colaboración, quiero creer que ya no lo necesitas.

Así, pues, mi dulce esposa, vigilaré de cerca tu lealtad y, si la traicionas, no solo perderás a un colaborador sagaz, sino también a un amigo.

Se encaminó lentamente hacia la puerta, se detuvo y dio medio giro para rubricar sus palabras con una mirada amenazante.

—Y, como enemigo, no tengo igual.

* * *

Una extensa nube de polvo ocre se arremolinó tras la cabalgadura que, veloz, regresaba con las noticias que aguardaban impacientes. Alvar descendió del adarve, cruzó el patio de armas y se dirigió al rastrillo que ya se elevaba para dejar pasar al emisario que portaba las nuevas.

Corría septiembre, un mes de transición, de clima impredecible, en el cual se mezclaban indecisas dos estaciones.

En un mismo día, podían sufrir un sol de justicia, una tormenta estival y una noche casi de invierno.

Por lo general, las noches en el páramo solían ser frescas, y se agradecía el abrigo de una buena capa.

En ese instante, el sol barría los campos, abrasador e implacable, y resaltaba los brillantes colores de estandartes y pendones moriscos, y de las numerosas tiendas que salpicaban la campiña. Pronto serían más si la confesión de Yarmun resultaba cierta.

El emisario descabalgó con agilidad y corrió hacia el templario con expresión grave.

—No piensan retirarse —comenzó agitado—. De hecho, esperan al califa al-Nasir con un ejército experimentado en asaltos; vendrán equipados con máquinas de asedio y no cejarán hasta conseguir la fortaleza.

Alvar maldijo en voz alta y cerró los puños, tenso y preocupado.

—Además —prosiguió—, exigen la libertad de Yarmun o no tendrán piedad con nosotros.

Rodeado por sus hombres, meditó sobre la situación en la que se encontraban.

Pensó en los habitantes del castillo, en las mujeres y los niños, en los ancianos y los jóvenes que, en ese momento, se hacinaban en el gran salón.

Nadie quería estar solo dadas las horribles circunstancias.

No obstante, cada uno de ellos era necesario para defender no solo su hogar, sino también sus vidas.

Comenzaba una batalla, y Alvar ya vaticinaba que sería larga y cruenta.

Como en todas en las que participaba, se emplearía al máximo y se exigiría hasta con el último aliento la protección de los que Dios había puesto a su cargo.

Martín, que adivinaba sus pensamientos, le apoyó una mano en el hombro.

Bernardo hizo lo propio sobre el hombro de Martín; a su vez, Durán imitó el gesto sobre Bernardo.

Alvar cerró el cuadrado, símbolo de los cuatro elementos, de los cuatro puntos cardinales, de lo terrestre, del orden y la fuerza.

Aquellos hombres a los que había confiado la vida en tantas ocasiones eran la piedra angular de su existencia.

Moriría por ellos, y aquel sentimiento era recíproco.

—Hermanos, tenemos un castillo que defender.

Se miraron unos a otros y profirieron al unísono la oración previa a la batalla:

—¡Dios, mi Señor, consigue con mi espada que aquellos que te buscan te encuentren. Dame fuerza para los desalentados, dame esperanza para los oprimidos, dame misericordia para los arrepentidos; sobre todo da tormento a los perversos y, ante todo, justicia para los excluidos!