CAPÍTULO 12 #2
Jimena lo atravesó con la mirada y torció disgustada el gesto.
Antes de contestar, se acomodó un largo mechón oscuro tras la oreja y se humedeció los labios, un gesto que lo desconcentró.
Aquella maldita boca ejercía alguna especie de hechizo sobre él.
Se obligó a apartar la mirada y la fijó de nuevo en aquellos bellísimos ojos azules.
Podría pasarse la eternidad mirándola. Aquel pensamiento lo irritó.
—¿Piensas tenerme aquí hasta mañana?
Ella frunció el ceño y le dedicó una mirada traviesa.
—Seguro que sería más divertido pelear contigo que con las ratas.
La imagen de ambos enlazados en el suelo lo asaltó de improviso. Se le secó la garganta. Carraspeó incómodo. Jimena se le acercó peligrosamente. Alvar, alerta, retrocedió y tambaleó. En su posición de cuclillas, apoyó una mano tras él para evitar caer sentado.
—Piensas que soy el mismísimo demonio, ¿no?
—¿Lo eres?
Ella volvió a su posición, sentada con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el muro.
—Tal vez —respondió esa vez con abatimiento.
La tristeza que le tiñó el semblante arrancó de sus entrañas la necesidad de abrazarla y confortarla. Apretó los puños para reprimir aquel impulso feroz.
—No pienso eso de ti —logró articular. Ella lo observó con seriedad.
—¿Y qué piensas de mí?
Pensó que desearía convertirla en un pájaro y cobijarla en su pecho a salvo de todo y de todos. En cambio, musitó:
—Tan solo vagas, perdida en un mundo de sombras a la espera de hallar una luz lo suficientemente brillante para lograr alejarte de las tinieblas.
La sombra incipiente de una sonrisa iluminó el rostro de la mujer.
—Y esa luz eres tú, o eso pretendes. ¿Me equivoco?
—Esa luz es tu Padre y Creador. Yo tan solo pretendo conseguir que abráis los ojos a él.
Alvar captó un atisbo de condescendencia en su expresión.
—Hazlo —sugirió—. Ábreme los ojos y permíteme gozar del mismo privilegio.
—Mis ojos llevan mucho tiempo abiertos — replicó Alvar, algo confuso.
Ella, esa vez, le sonrió abiertamente. Una sonrisa franca y luminosa que lo desarmó.
—Tus ojos están más cerrados que los míos —le espetó—. ¿Cuánto tiempo hace que no miras en tu corazón? Temes hacerlo porque intuyes lo que puedes encontrar, y yo, templario, te reto a que lo hagas. Indaga dentro de él. No hay verdad más pura que la que alberga nuestro pecho.
La intensidad de su mirada lo obligó a apartar la vista.
—Ya una vez te dejaste guiar por el corazón — continuó—, en contra de tu dogma, de los mandatos de tu Orden, y salvaste a una niña de un aciago destino.
Hizo una pausa, sus claros ojos brillaban emocionados, y agregó:
—Ahora sé que dudaste de tus superiores, de las leyes eclesiásticas que rigen la vida de los cristianos.
Pero tu fe soportó la prueba. Imagino que has vivido más crisis a lo largo de tu vida en las que te habrás planteado si hacías lo correcto, si masacrar a un pueblo en nombre de tu dios era realmente necesario para ensalzar a Cristo.
Y una parte de ti, tal vez, muy oculta, es consciente de que la sangre que has derramado tan solo favorece intereses políticos, ambición y poder. Dios solo es la excusa.
Alvar se levantó y se dirigió a la puerta. Una emoción extraña, incómoda y palpitante lo oprimía.
—¿Derramarás la sangre de los tuyos por proteger a un hereje?
—Creo que ya te he dicho de lo que soy capaz por ellos; y tú, sabiamente, has utilizado esa baza.
Te entregaré a Yarmun, pues no tengo modo de saber si dices la verdad y no pienso arriesgarme.
Pero has de saber algo, templario, más te vale que tus tretas impidan una batalla, porque, de lo contrario, no solo caerá sobre tus hombros mi ira, también la de tu Dios.
Salió de las mazmorras con un anhelo inquietante que le remolineaba en la cabeza.
Se debatía entre sus convicciones y lo que ella despertaba en él.
Y, lo peor de todo, era lo que había visto en sus ojos: una seguridad tan apabullante que minaba la suya propia con dudas sepultadas concienzudamente.
Sí, aceptó, había tenido crisis de fe, sobre todo cuando contemplaba un campo lleno de cadáveres, una aldea arrasada, saqueos y torturas indiscriminadas.
Tantas veces se había preguntado qué sentido tenía reconquistar Tierra Santa para teñirla de sangre y vergüenza.
Y la respuesta había sido la misma que había salido de los labios de Jimena: poder y ambición.
¿Quién descifraba los designios de Dios?
¿Las Escrituras? Pero las Escrituras eran interpretadas por los hombres, y cada individuo tenía su particular prisma enfocado de diferente modo hacia la visión de las cosas.
Entonces, ¿qué esperaba realmente Dios de sus siervos?
Y aquella no era la única verdad que había salido de su boca.
¿Cuánto tiempo hacía que no miraba en su corazón?
¡Qué cómodo resultaba obedecer sin cuestionar nada convencido de obrar en nombre de Dios!
Y, ahora, aquella endiablada mujer horadaba sus muros con preguntas y retos, despertaba sensaciones inquietantes y perturbadoras.
Se negó a seguir pensando en ello. No cuando de su actuación dependían tantas vidas. Tenía un mensaje que enviar.
Sacó el cilindro de su pecho. Había vuelto a enrollar el largo rizo de la mujer.
Olía a jazmín y a azahar, exactamente igual que el pañuelo que ocultaba bajo el camastro.
El mensaje, cuidadosamente escrito, era la clave para que su plan funcionase.
Un cebo jugoso que no podía fallar. ¿Qué comandante musulmán no querría tener en su poder el Santo Sudario?
¿O el Cáliz Sagrado? Sí, se dijo, Yarmun iría.
Inmerso en sus pensamientos, pulía cada cabo de su plan; volvió sobre sus pasos y llamó al guardián de la mazmorra.
—Libérala de esa celda inmunda y reclúyela en sus aposentos. Quiero dos hombres apostados en su puerta día y noche.
* * *
Jimena fue trasladada a su alcoba para alegría de sus compañeras peludas.
Su estancia en aquella inmunda celda había sido de todo menos tranquila.
Cuando las ratas tomaron confianza, iniciaron una serie de ataques cortos y rápidos para tantearla, y ella les había demostrado a lo que se enfrentaban: había matado a dos a pisotones al tiempo que palpaba los muros en busca de una corriente de aire para intentar escapar.
Estaba en esa faena cuando había irrumpido el templario.
Todavía podía ver aquellos suspicaces ojos grises clavados en ella y aquella media sonrisa cínica que le acentuaba el caprichoso hoyuelo de la barbilla.
La sola presencia del hombre la agitaba con impulsos casi irrefrenables.
Había estado tentada de lanzarse a sus brazos casi todo el tiempo, por no mencionar que se moría por otro beso.
El fuego que él había despertado en ella durante el breve encuentro en el torreón todavía le devoraba las entrañas con un deseo no satisfecho.
Y ese anhelo crecía peligrosamente al mismo ritmo que la admiración y en igual medida que la precaución.
Era extremadamente inteligente, noble y valeroso: cualidades poco comunes en un clérigo.
Pero sus defectos también eran notables y se reducían a uno solo: desgraciadamente era una oveja sumisa y obediente dentro de un rebaño regido por un pastor codicioso.
Inmersa en sus cavilaciones, no escuchó abrirse la puerta y dio un respingo cuando una mano se posó en su hombro.
—Haces bien en preocuparte, mujer.
El rostro ceñudo de Guillén la hizo retroceder.
—¿Por qué? —inquirió apesadumbrado.
Jimena no fue capaz de sostenerle la mirada.
No sabía si conocía toda la verdad y, aunque Yarmun sí había sido su amante durante un tiempo, desde que se había casado con él, no había mantenido relaciones carnales extramatrimoniales.
Y no había sido por respeto a la institución, ni siquiera por respeto a Guillén, sino, por respeto a sí misma.
Un respeto que perdía con Alvar. De nuevo aquel maldito monje le socavaba cada pensamiento.
Sacudió la cabeza furiosa y se alejó hacia la ventana.
—¿Acaso importa el motivo? —susurró.
Guillén resopló afligido. Lo oyó acercarse. No se volvió, aunque sintió sus verdes ojos clavados en la espalda.
—A mí me importa —confesó en apenas un susurro—.
Saber que no era objeto de tu amor no impidió que tú sí lo fuerais del mío.
Jimena, he soportado tus desplantes, tus flirteos e incluso tus extraños caprichos por complacerte, aguardaba que en tu corazón surgiera, al menos, un brote de cariño por mí.
Pero heme aquí, unido a una mujer que no solo mancillaba mi apellido y mi honor, sino también mi futuro.
Tu traición al rey nos ha puesto a los dos en peligro.
Jimena giró hacia él aturdida y lo contempló. Le rompió el alma ver su sufrimiento.
—Nada tienes que ver con esto. Actué por cuenta propia y así lo admitiré.
Guillén negó con la cabeza, su trigueña melena le ocultó parcialmente el rostro. Bajó la cabeza y se miró las manos.
—¿Y piensas que te creerán?
—Tendrán que hacerlo, pues no consentiré tal injusticia, te lo aseguro —replicó con firmeza.
El hombre alzó la vista. Sus pequeños ojos titilaron emocionados, rezumaban la angustia que lo embargaba.
—Caeré contigo, no hay duda alguna —espetó abatido—. En mí recaía tu conducta, fui demasiado permisivo e indulgente, y como único responsable pagaré mi negligencia.
Jimena sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Se abrazó a él con fuerza mientras negaba tozudamente con la cabeza.
—No lo permitiré —profirió furiosa con ella misma—. Te juro que haré lo que sea por ganar tu perdón ante el rey. Negociaré una dispensa. Tengo información suficiente para salvarte y lo haré, créeme. Te lo debo por…
—¿Utilizarme? —interrumpió Guillén con rencor.
Se desasió de ella y se dirigió a la puerta—. Subestimaste mi inteligencia, Jimena, siempre supe los motivos de tu inesperado interés en mí. Mi gran error fue posterior a nuestro enlace, cuando estúpidamente sentí la necesidad de ganar algo imposible.
Jimena, desbordada en llanto, lo miró suplicante por un perdón que, sabía, no merecía.
—Creo que, al menos, sí me he ganado el derecho a saber el motivo de mi desgracia —agregó en tono seco y despectivo.
—Por dos deudas adquiridas de niña: una venganza y una promesa.
Aquello despertó la curiosidad del hombre; en lugar de marcharse, se encaminó a la silla de respaldo alto y se sentó expectante.
—Es una historia muy larga —advirtió al tiempo que tomaba asiento en el alféizar de la ventana.
—Si algo nos sobra en nuestra situación, es tiempo.