Más allá del Temple CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

La fortaleza se erguía orgullosa sobre una escarpada colina rocosa y se dividía en cinco niveles independientes a distintas alturas, lo que convertía a la fortaleza en un enclave inexpugnable.

En el primero, en el recinto inferior, amurallado por gruesos muros de hormigón romano y tabiya musulmana, se encontraba la aldea.

En el segundo recinto del frente oeste, a un nivel superior, se encontraba el patio de armas, los almacenes y un cuartel; el tercer recinto del frente este, torreones y otro cuartel de mayores dimensiones.

En el cuarto se encontraba el recinto principal, con acceso a las cámaras subterráneas y al aljibe.

Y, por último, el lugar más fortificado, la torre del homenaje.

Alvar conocía ya el castillo por haber participado en su recuperación y sabía que era un lugar reforzado por ambos bandos, lo que lo convertía en una plaza difícil de conquistar.

Era utilizado como observatorio militar por estar situado en un punto estratégico de comunicación; era el acceso de las tropas cristianas hacia al-Andalus.

Tras la derrota de Alarcos, los reinos cristianos, más unidos y organizados que nunca, saboreaban la reconquista.

Salvatierra debía permanecer en sus manos para facilitar la invasión a las taifas.

Habían sido invitados a cenar esa noche en la gran sala junto a sus caballeros.

Alvar aguardaba sentado al lado de sus hombres la llegada de los señores.

El estómago le rugía hambriento ante la opulencia de los manjares que los tentaban desde bandejas de plata y cuencos de barro.

Todo un despliegue de destreza culinaria plasmada en faisanes, jabalíes, parcos de río, frutas aderezadas con salsas exquisitas y hogazas de pan humeante y aromático.

Pensó en lo insensato de aquel festín, pues permanecían a expensas de un posible asedio y, si así fuera, las provisiones serían decisivas para sobrevivirlo.

Sus hombres bromeaban, conversaban a los gritos y brindaban con vino y aguardiente. De repente, se hizo el silencio: en la gran arcada central, dos figuras avanzaron ceremoniosas hacia ellos. Nadie se fijó en el hombre. Jimena sonrió a sus invitados y los dejó sin palabras. Brillaba.

Llevaba un hermoso vestido blanco y dorado que ceñía sus exuberantes formas.

Aquel cuerpo flacucho se había convertido en el sueño de cualquier hombre.

Caderas redondeadas, vientre plano, cintura estrecha, pechos generosos y altivos.

Y, para remarcar el conjunto, el rostro de un ángel travieso.

Su tez blanca, tersa e inmaculada era el fondo perfecto donde destacaban unas facciones delicadas, en las que resaltaban aquellos ojos azules de hechicera, una nariz pequeña y orgullosa, pómulos altos y unos labios plenos, hechos para besar.

Llevaba la espesa melena azabache recogida en la coronilla, sujetada por un prendedor dorado del que escapan largos rizos que caían alrededor de su rostro y sobre sus hombros.

Escuchó cómo los hombres dejaban escapar exclamaciones de asombro. Incluso algunas toses de los que se habían atragantado con la bebida.

—Es como asistir al advenimiento de un ángel — musitó Bernardo, otro caballero de la Orden.

—No blasfeméis —lo increpó Alvar, cada vez más irritado—; tan solo es una mujer.

El esposo carraspeó para atraer la atención sobre él.

No pareció molesto por la impresión que causaba su esposa, al contrario, parecía orgulloso.

Era un hombre alto, desgarbado y enjuto, de nariz aguileña y ojos pequeños y hundidos.

Se notaba claramente su ascendencia normanda: tenía el cabello rubio claro cortado a tazón, tez blanquecina y ojos verdes.

—Caballeros —comenzó—, es un honor para mi esposa y para mí compartir esta cena con hombres que tanta gloria alcanzaron en las Cruzadas como azote del infiel. Vuestras hazañas ya las gestan trovadores por toda la Castilla cristiana.

Los hombres se levantaron e inclinaron sus cabezas en señal de respeto.

Los anfitriones tomaron su lugar en la mesa.

Unos ojos curiosos se clavaron en los suyos.

No apartó la mirada. Ni siquiera lo intentó.

Alvar estaba subyugado por ella, pero al menos esa condición logró disimularla para reemplazarla por fría indiferencia.

Jimena le sonrió, él permaneció impasible e hizo uso de un autocontrol forjado con los años.

Ella lo miró ceñuda, no estaba acostumbrada a recibir desplantes.

Él consiguió dirigir su mirada al plato y sonrió para sus adentros.

Comió con actitud huraña mientras escuchaba conversaciones triviales y observaba molesto la atención que Jimena recibía de todos los varones de la sala.

Ella coqueteaba sin pudor alguno: aleteaba sus largas pestañas, sonreía ante comentarios jocosos y atrevidos, se acomodaba el hermoso cabello bruno sobre el opulento escote.

Parecía no tener límite. El despliegue de encantos que prodigaba tan hábilmente para engatusar a los comensales puso a Alvar al borde del acceso de furia e impotencia más intenso que había sentido nunca.

Miró reprobador al esposo y se preguntó cómo diantres no ponía fin a la conducta licenciosa de su mujer.

Él mismo había sentido el impulso de ponerla sobre sus rodillas y azotarla.

¿Acaso no la amaba? Y, si era así, ¿por qué no se mostraba celoso?

Y, lo que era peor, ¿era tan obtuso de no ver que mancillaba su honor y su estirpe con semejante comportamiento?

Alvar despreciaba a los hombres sin honor, sin dignidad, a los débiles de carácter.

Pues solían ser los más peligrosos e impredecibles.

¿Sería Guillén de Montcada un hombre así o solo lo aparentaba?

En ese instante, otro caballero entró en la sala.

Era el capitán de la guardia, un hombre apuesto y gallardo que clavó significativamente la mirada en su señora.

Inclinó la cabeza con cortesía y tomó asiento junto a ella.

Acto seguido, le susurró algo y ambos sonrieron cómplices.

Aquella demostración de complicidad a punto estuvo de provocar que Alvar se levantara de su asiento para sacudir a su ciego anfitrión.

Entonces recordó las últimas palabras de Jimena repudiando a su Dios, y el pensamiento que lo asaltó entonces.

Por desgracia se había cumplido. Ella era ahora una mujer perdida, sin fe, ni principios: un alma errante en el sendero oscuro del mal.

Un alma que él reconduciría. Aquella era en realidad su misión.

Recuperarla para su Dios si eso aún era posible.

Supo que, para lograrlo, no solo tendría que enfrentarse a la conducta de una mujer impúdica y descreída, sino también a sí mismo.

A lo que le hacía sentir. Pero su fe era poderosa y sus principios inamovibles.

Había superado peores trances, y ese no sería diferente.

Solo una duda lo asaltó: ¿hasta dónde sería capaz de descender por ella para subirla de nuevo?

La miró con detenimiento para comprobar, aterrado, cuán bajo había caído ella.

Rezó para que no fuera demasiado tarde. Salvó su vida una vez, ahora salvaría su alma.

Y, con ese convencimiento, terminó de cenar y se retiró a sus aposentos: necesitaba templar su alma y endurecer los sentidos.

El camino que emprendería requeriría de su mayor autocontrol; pero no lo haría solo, Dios estaría con él.