El Pueblo que lo Conoció
La noticia de que José Roberto había vuelto se extendió por Villa Nueva del Sur con la velocidad propia de las noticias en los lugares pequeños: sin pregonero ni mensajero oficial, de boca en boca, con la eficacia invisible de las comunidades que llevan décadas conociéndose.
Y el pueblo respondió como respondía siempre a lo que importaba: con presencia callada y sin protocolo.
Los vecinos que lo conocían de toda la vida empezaron a pasar.
No en grupos, sino solos o de dos en dos, con la discreción de quien sabe que las visitas importantes no son acontecimientos sino momentos.
Llegaban, se sentaban un rato, decían lo que tenían que decir o simplemente se quedaban, y se iban.
Sin alargarse más de lo que el otro necesitaba.
Sin ese exceso de palabras que a veces pesa más de lo que alivia.
El vecino de la casa del fondo, el que le había comprado pan los martes y los jueves durante treinta años, llegó una mañana con un saco de harina. Lo dejó en la cocina sin decir nada. Solo: -Para cuando quiera usarla-. Y se fue.
La familia de Piedra Alta, la que años atrás había llegado al pueblo siguiendo la indicación que José Roberto les dio en el camino, mandó a su hija mayor con una hogaza que habían horneado ellos mismos.
La niña tenía doce años y había nacido en Villa Nueva del Sur pocos meses después de que sus padres llegaran huyendo del norte.
Dijo una sola cosa, con la seriedad de quien ha ensayado la frase por el camino:
-Mi padre dice que usted nos dio un pueblo. Que esto es lo menos.
José Roberto la miró. Pensó en la mujer del camino con el niño de la mano, diciéndole que ya no había Piedra Alta. Pensó en el botón del clan del noreste entre las hojas del Bosque de los Alisos.
-¿Cómo te llamas? -preguntó.
-Rita -dijo la niña.
José Roberto no respondió enseguida. Cerró los ojos un momento. Cuando los abrió había en ellos algo que la niña no supo leer del todo, pero que sintió como el peso de algo que venía de muy lejos.
-Es un buen nombre -dijo.
Mateo de Dos Molinos vino desde lejos.
Tenía ya treinta y tantos años, la complexión de los hombres del sur que trabajan con las manos y una cicatriz en el brazo izquierdo que era ya parte de él, como son parte de uno los recuerdos que se llevan en el cuerpo.
Venía con su hijo, un niño de ocho años que miraba el mundo con la curiosidad de los niños que crecen en pueblos pequeños, donde todavía quedan cosas por ver.
Entró en la casa con el respeto natural de quien llega a un lugar que reconoce como importante sin que nadie se lo haya dicho.
Se sentó frente a José Roberto en la sala con la misma naturalidad con que se había sentado a su lado en el campamento del Valle de los Cuervos, la noche antes de la batalla, una noche que ninguno de los dos olvidaría.
-Vine a decirle algo -dijo Mateo.
-Dímelo.
-Aquella noche en el campamento, cuando me dijo que el miedo es la señal de que algo vale la pena… Lo he repetido más de cien veces. A mi hijo, a los hombres que trabajan conmigo, a quien lo necesita. -Hizo una pausa-. No sé si soy buena persona. Pero sé que soy mejor persona por esa conversación.
José Roberto lo miró. El muchacho de Dos Molinos del campamento, con el corte en el brazo y la primera batalla a la espalda, era ahora el hombre que tenía delante, con su hijo, sus palabras y su gratitud directa.
-Tobías también estaría orgulloso -dijo José Roberto.
Mateo asintió. Los ojos se le desviaron un momento, no por culpa, sino por el peso que tienen algunos recuerdos cuando son lo bastante reales como para que el tiempo no los gaste del todo.
El hijo de Mateo miraba a José Roberto con la evaluación rápida con que los niños deciden quién es quién.
-¿Tú eres el panadero? -preguntó.
-Soy el panadero -dijo José Roberto.
-Mi papá dice que eres el hombre más importante que conoce.
José Roberto le sonrió, con aquella sonrisa pequeña y breve.
-Tu papá exagera. -Hizo una pausa-. Pero es un buen hombre para exagerar.
Gareth de Norheim llegó sin anunciarse, como llegaban siempre quienes de verdad importaban.
Entró con su constitución de siempre, la de un hombre que ha pasado décadas en campaña y cuyo cuerpo lo muestra con una solidez que no es vanidad sino historia.
Más canoso que la última vez. Con algunas arrugas nuevas en el borde de los ojos: las de los hombres que miran el horizonte demasiado tiempo.
Se sentaron los dos en el patio, con el sol de primavera calentando lo que podía, en la misma disposición que habían tenido en el campamento del Valle de los Cuervos: el horizonte norte a la vista y un viento que parecía traer el olor de la cordillera, aunque estuvieran tan lejos.
-¿Recuerdas lo que te dije en el torneo? -preguntó Gareth.
-Que mi maestro me había vencido. No con técnica. Con lo que me enseñó a ser.
-Y en el Valle de los Cuervos vi que ya no necesitabas tenerlo al lado para serlo. -Gareth lo miró-. Hasta ahí acerté. Pero me equivoqué en algo.
-¿En qué?
-Pensé que lo que don Armando te había dado era tuyo y se quedaría contigo.
-Hizo una pausa-. No vi que tú también lo darías.
-Señaló hacia el interior de la casa, donde Boanerge estaba con sus hermanos y los nietos-.
Lo que él te enseñó está ahora en Boanerge.
Y estará en los hijos de Boanerge. -Otra pausa-.
No terminó en ti. Empezó otra vez contigo.
José Roberto miró el horizonte norte. Pensó en el campo del callejón del norte. En don Armando en su piedra. En Boanerge entrenando solo antes del amanecer.
-Sí -dijo.
-Eso es lo que hace que valga la pena -dijo Gareth-. No la batalla. Eso.