Epílogo. Oakley #2
El estómago me da un vuelco, como si me hubiese tirado desde lo alto del Empire State.
—Las malas noticias. Siempre.
Quinn frunce el ceño, claramente dándose cuenta de mi estado de pánico y de que me he alterado un poco.
Lo cual solo empeora cuando Louis pronuncia las tres palabras que más temía.
—Te han traspasado.
Al instante, todo mi mundo se tambalea y el corazón se me sube a la garganta. Me ahogo mientras miro por encima del hombro a Quinn, boquiabierto, sin saber qué decir.
Él se baja de la moto en cuestión de un segundo y me observa, como si la noticia que Louis acaba de darme me hubiera causado daño físico.
—¿Qué pasa? —susurra.
—Me han traspasado —murmuro, más para mí mismo que para él, mientras la conmoción se apodera de mí y me deja... aturdido.
—¿Qué? —pregunta Quinn, y veo cómo se le frunce el ceño con una sombra de indignación—. ¿Cómo es posible? Creía que el hecho de que Filadelfia te seleccionara tenía validez contractual.
—Yo también lo creía. —Estoy completamente perdido, con el estómago revuelto y a punto de vomitar—. Louis, ¿cómo es posible? ¿Hay alguna cláusula o algo así que...?
—¿Podríais callaros los dos para que pueda daros el resto de la información? —espeta Louis, interrumpiendo nuestra conversación—. Dios, debería haber sabido que no debía ficharos a los dos. Ahora vais a ser aún más pesados de lo normal cuando se publique esta noticia.
—¿De qué coño hablas? —pregunta Quinn antes de que yo pueda hacerlo.
Louis lo ignora.
—¿Qué te parece Nueva York?
Eso basta para sacarme del estupor.
—Que está de puta madre, pero estás a punto de enviarme a la otra punta del continente, así que no entiendo por qué te dedicas a restregarme el hecho de que...
—Oakley. Con todo el respeto, cállate.
Abro la boca y luego la cierro de golpe cuando Quinn contiene la risa.
—Genial. Ahora pregúntame adónde vas.
—¿Adónde voy? —susurro, con ganas de vomitar.
Espero que de su boca salgan las palabras «California» o «Denver» o, Dios no lo quiera, algún sitio del puto Canadá.
—Nueva York.
No lo he oído bien, porque juraría que ha dicho...
—¿Nueva York? —repito, mirando a Quinton. En cuanto pronuncio esas palabras, los ojos se le salen de las órbitas, me arrebata el móvil y pone el manos libres.
—Seguro que estás de coña —dice Quinn, sin apartar la mirada de mí—. Y, si es así, estás despedido porque esto no tiene ni puta gracia.
—Hey, hola a ti también, Quinton —lo saluda Louis, y casi puedo ver la sonrisa burlona que se le dibuja en el rostro ante la amenaza de Quinn. Si hay alguien más en este planeta que pueda manejar el temperamento de mi novio, ese es Louis.
—Déjate de tonterías. ¿Esto es real?
—Sabes que no puedo hablar del contrato de otro jugador...
—Louis —advierte Quinton por el altavoz, cabreado—. ¿Esto. Es. Real?
—Quinton...
—Responde a la pregunta, Louis. Por favor —le pido, perdiendo la paciencia.
—Sí, es real. Te han traspasado a Nueva York, con efecto inmediato.
Quinn y yo nos quedamos atónitos ante la bomba y nos miramos boquiabiertos. De alguna manera, encuentro la voz en medio de la conmoción.
—¿Cómo puede ser?
Una risa entre burlona e indignada se oye desde el teléfono, flotando en el espacio entre Quinn y yo.
—Voy a fingir que no has dicho eso. Soy uno de los mejores y, cuando tengo dos promesas de la NHL que quieren acabar en el mismo equipo, voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que eso suceda.
—Pero mi contrato con Filadelfia...
—Hay una cláusula sobre traspasos —me asegura—. Es legal y va a llevarse a cabo. A partir de hoy, eres oficialmente jugador de los New York Knights.
Quinton lanza un grito de alegría que resuena en el pavimento del aparcamiento vacío.
Luego salta arriba y abajo, casi animándose a sí mismo, antes de ponerse en cuclillas frente a mí.
La emoción y la alegría bailan en esos ojos azules mientras tira de mí para darme un beso largo y lento que me arranca un gemido de la garganta.
—Yo, eh... Me lo tomaré como que ya no puedes hablar, Oakley. Llámame mañana y nos ocuparemos del papeleo. —Lo oigo hacer una pausa antes de añadir—: Enhorabuena. A los dos.
El móvil emite un pitido, notificándonos que la llamada ha terminado antes de que podamos decir nada más, pero no importa. Quinton está demasiado ocupado robándome todo el oxígeno de los pulmones. Algo que podrá hacer mucho más ahora que tenemos el mismo horario.
Porque vamos a jugar en el mismo puto equipo.
Al final, rompo el beso y apoyo mi frente contra la de Quinton para recuperar el aliento.
—Esta mañana, cuando me he despertado, no pensaba que aprendería a conducir una moto y que me traspasarían. —Suelto otro largo suspiro—. Casi es demasiada adrenalina para un solo día.
—Venga ya —me regaña Quinn con una sonrisa enorme en la cara—. Creo que esto se merece una celebración. Una celebración de la hostia.
Y, con eso, mi novio se levanta de donde estaba agachado frente a mí y se pone de rodillas. Para ser más exactos, sobre una rodilla.
El corazón me da un vuelco y lo miro boquiabierto, sin saber qué decir. Pero, de alguna manera, encuentro las palabras cuando veo que rebusca en el bolsillo delantero de sus vaqueros.
—Quinn, te quiero, pero...
—No es precisamente lo que un chico quiere oír después de «te quiero», Oak.
Es cierto.
—Pero solo llevamos saliendo...
—Tranquilo, no es lo que piensas —dice, mirándome durante un segundo.
«Pero es demasiado pronto».
—Vale, pero Quinn...
—Cariño, ¿puedes cerrar el pico?
Aprieto los labios mientras lo observo, esperando en silencio hasta que saca... un par de calcetines. Enrollados en el paquete más pequeño y estrecho que ha podido.
No es un anillo.
Suspiro en silencio, aliviado, cuando me coge de la mano, sujeta el extremo superior de los calcetines y los desenrolla sobre mi palma.
Me quedo boquiabierto.
Son un par de calcetines no oficiales de los New York Knights. Con rayas horizontales en verde oscuro, negro y blanco, con mi nombre y el número 33 bordados en la tela.
Miro los calcetines que tengo en las manos y vuelvo a levantar la vista hacia él, solo para encontrármelo con esa sonrisa burlona, mirándome como si fuera idiota. Con hoyuelos y todo.
—Oakley Reed, ¿quieres volver a ser mi compañero de equipo?
Es, con diferencia, lo más cursi y empalagoso que ha hecho nunca, pero, joder, eso hace que le quiera aún más. Pero entonces, mientras sigo mirando los calcetines, caigo en la cuenta de algo.
—¿Lo sabías?
Se pone de pie, riéndose.
—Por supuesto que lo sabía.
—Pero... ¿cómo? Louis...
—Sin querer adjuntó el contrato que no era a un correo electrónico que me envió a mí. Tu contrato —concluye—. Cosa que podría haber sido una putada, sí. Pero, por suerte, me lo mandó a mí y no a otra persona.
—Así que lo sabías antes de que él llamara hace un momento.
Asiente.
—Le dije que quería darte una sorpresa, ya que fui yo el primero en enterarme. Así que encargué los calcetines y los envié por mensajería urgente a nuestro piso. Han llegado esta mañana, así que le he dicho a Louis que hoy era el día.
Lo miro y parpadeo, sin saber si estoy impresionado o muy cabreado.
—¿Cuánto tiempo lleváis ocultándome esto?
Esta vez, me responde encogiéndose de hombros como si nada.
—¿Unos tres días?
Sí, definitivamente estoy cabreado.
—¿Lo sabías desde hace días y no has dicho nada?
—Tenía que esperar a que llegaran los calcetines —dice en su defensa—. Y Louis quería que te dijera que lamenta haber violado la confidencialidad sin querer y que espera que no lo despidas.
Resoplo, riéndome.
—Sois la hostia.
—No, lo que es la hostia es que no quieras casarte conmigo —contesta, arqueando las cejas con gesto burlón—. ¿Me lo explicas, Oak?
Me muerdo el labio inferior porque, sí, no ha sido mi mejor momento. Para qué mentir.
—Es demasiado pronto.
Asiente.
—Estoy de acuerdo, pero, por tu reacción, sé que yo estaré listo mucho antes que tú. Así que tómate tu tiempo y podrás pedírmelo cuando estés preparado.
—¿Que yo puedo pedírtelo?
—Fui yo quien fue detrás de ti. Así que ahora te toca a ti, cariño. —Se coloca entre mis muslos y me mira, rodeándome el cuello con los brazos—. ¿Vas a responderme o no? Cada minuto que me haces esperar, voy a duplicar el tiempo que tendrás que estar hincando rodilla cuando te toque a ti.
Frunzo el ceño y entonces caigo en la cuenta de una cosa...
—No creo que tenga elección en eso de ser tu compañero de equipo cuando hay contratos de por medio.
—Bien —dice, riéndose—. Eso solo significa que estás atado a mí.
Y, con eso, tira de mí contra su pecho en un abrazo que me hace pensar que tal vez no me importe. Después de todo, hay personas mucho peores en el mundo a las que podría quedar atado.
—Sigo sin creerme que lo supieras y fingieras que no sabías nada durante estos tres días.
—Ha sido bastante fácil. He aprendido del mejor.
La sonrisa en su voz es evidente para cualquiera que tenga oídos, y me aparto para mirarlo con incredulidad, sin poder creer que de verdad haya ido por ahí.
Pero sí. Es Quinn, y no hay nada que le guste más que sacarme de quicio.
—Sabes, a veces te odio de verdad.
Se le escapa esa risa suave y seductora tan suya mientras me estrecha contra su pecho aún más fuerte que hace unos segundos.
—Lo sé, cariño. Yo también te quiero.
fin