16. Oakley #2
Seguimos chupándonosla el uno al otro, lamiendo y succionando como si nos fuera la vida en ello. Y, a estas alturas, es muy posible que así sea. Si no me corro pronto, podría acabar bajo tierra.
Recoloco las manos en su culo, buscando marcarle un ritmo constante de embestidas, cuando el dedo corazón se acerca más de la cuenta a su raja. El contacto lo hace gemir, fuerte y con ganas, como una estrella del porno, y la vibración alrededor de mi polla me golpea de lleno entre las piernas.
Lo suelto, me meto un dedo en la boca para humedecerlo y vuelvo a llevarlo a su entrada. Otro gemido se le escapa mientras tanteo con el dedo sobre el pequeño y fruncido agujero.
—¿Alguna vez te han enseñado dónde está la próstata? —le pregunto, acariciándole el ano con la yema del dedo. Ya le había tocado el culo un par de veces, pero nunca había sacado el tema de la penetración hasta ahora.
Asiente, deja de chupármela y se ocupa de mí con la mano.
—Unas cuantas veces.
Arqueo las cejas, sorprendido.
—¿En serio?
—Bueno, no es que fuera buscándolo. Pero hubo una chica a la que le encantaba hacerme mamadas y empezó a juguetear con los dedos y...
—Vale, sí. Lo pillo —murmuro, cortándolo antes de que me dé detalles que no quiero oír mientras estamos desnudos y comiéndonos las pollas como si fueran polos.
O nunca, en realidad.
Se muerde el labio y esa imagen me provoca algo. Algo perverso y animal.
Hasta que abre la boca y suelta:
—¿Estás celoso?
—Cállate y ve a por el lubricante.
Quinton me hace caso y, a toda prisa, coge el bote de donde lo guardo en la bolsa y me lo lanza. Luego vuelve a subirse encima de mí en la misma postura, como si no se hubiera movido de ahí.
—No pasa nada si estás celoso, ¿sabes? —sigue diciendo, y, si no estuviera ya inclinado y chupándomela otra vez, lo apartaría solo por joder.
Pongo los ojos en blanco mientras me echo una buena cantidad de lubricante en dos dedos.
Sobre todo porque sí, estoy un poco celoso de una chica cualquiera cuyo nombre probablemente ni siquiera recuerde.
Lo último que hace falta es que él lo sepa, teniendo en cuenta que esto no va a ninguna parte y que, en teoría, solo lo hacemos por el bien del equipo.
Mis dedos vuelven a su raja y le extiendo el líquido frío por el culo, de arriba abajo. Y, como antes, empieza a balancearse al compás de mis caricias, buscando más presión contra el ano.
—Dime que pare si es demasiado —le advierto antes de empujar contra el calor estrecho de su cuerpo.
Me tomo mi tiempo para prepararlo, entrando poco a poco, con embestidas suaves mientras hago girar la lengua alrededor de la punta de su pene. Le dedico toda mi atención mientras lo llevo hacia lo que promete ser el orgasmo de su vida.
—Joder —dice entre dientes, clavándomelos en la parte interior del muslo justo cuando mi dedo le roza la próstata—. Oh, joder. Dios.
El dolor agudo de su mordisco hace que la polla se me estremezca, y él se apresura a volver a la carga y se la mete entera de una vez.
Joder, se le da muy bien. Hasta el punto de que tener su culo apretándome el dedo y el calor de su boca podrían llevarme al límite mucho antes de lo que me gustaría.
Mis caderas cobran vida propia y se mueven contra su boca mientras presto especial atención a su glande, lamiéndole el líquido preseminal que sigue saliendo.
Con cada roce de mi dedo en el pequeño botón del placer que hay dentro de él sale cada vez más y yo lo deseo con ansias. Incluso con desesperación.
Suelta otro gemido y creo que está cerca. Yo también, mis huevos se contraen por la forma en que su garganta se cierra alrededor de mi miembro, llevándome a lo más profundo.
Ahora se está volviendo más descuidado; el exceso de saliva le resbala desde mi polla hasta las pelotas y añade un extra de tortura a esta experiencia celestial. Preparándome para salir disparado a otra dimensión.
Enseguida, Quinton empieza a follarse mi garganta y luego mi mano, a un ritmo rápido. Me agarra por las caderas mientras lo acerco cada vez más al éxtasis. Me usa igual que yo lo uso a él, sin que le importe nada más.
Su polla palpita contra mi lengua, señal inequívoca de que está a punto de correrse, y entonces empiezo a trabajármela con más fuerza.
Más rápido. Hasta que ya no me queda nada más que darle.
Soy el primero en correrme, por el roce suave de sus dientes en la parte inferior del rabo. El semen me brota a sacudidas y él se lo traga como un campeón mientras alterna entre mi boca y mi mano. Coge lo que necesita para alcanzar su propio clímax.
Suelto otro gemido, esta vez desde lo más hondo del pecho, y basta para llevarlo al límite.
Aprieta el culo contra mi dedo, atrapándolo con más fuerza que un cepo, mientras me folla la boca como si aquello fuera lo único que importara en la vida.
Cada vez más adentro, hasta que mi nariz le roza la pelvis.
Se precipita al vacío en el momento en que le toco la próstata y el sabor salado de su semen me golpea la lengua y me llena la boca.
—Hostiaputa —suelta, sin aliento y con la voz rota, mientras me trago su semen. Sigo masajeando ese punto dentro de él, llevándolo hasta el final del orgasmo, hasta que se vacía por completo.
Cuando termina, lo limpio a lametazos, haciendo girar la lengua alrededor de su pene, que empieza a ablandarse, antes de apartarme. Pero aún no he terminado con él.
Cuando intenta incorporarse, lo agarro de la muñeca y tiro de él hasta dejarlo mirando en mi misma dirección. Con el cuerpo ahora pegado al mío, le meto la lengua entre sus labios y saboreo mi propio semen mezclado con el suyo.
La mezcla de nuestros sabores es embriagadora. Eufórica a más no poder.
—La puta madre —murmura contra mi boca—. Eso ha sido...
Ni siquiera necesita terminar la frase para que sepa lo que intenta decir.
—Lo sé —le susurro, haciendo todo lo posible por recuperar el aliento cuando por fin nos separamos.
Se mueve, se acurruca a mi lado y apoya la frente en mi cuello, mientras nos tomamos un momento para bajar del subidón del orgasmo que nos ha lanzado directos a la estratosfera.
—Creo que soy adicto al sabor de tu semen —dice con un suspiro hondo.
Me río.
—Nunca nadie me había dicho eso.
—Mmm. Bueno, todos esos tíos eran idiotas o no tenían gusto. Literalmente.
Se me escapa otra risa y le paso el brazo por los hombros, atrayéndolo hacia mí.
—Eres la persona más ridícula que he conocido en mi vida.
Entonces bosteza y se acurruca contra mí mientras nuestros latidos vuelven a la normalidad.
Deslizo el brazo por debajo de su almohada y me sorprende no encontrar nada. No está el puck de la suerte, y me doy cuenta de que es porque nos abalanzamos el uno sobre el otro en cuanto entramos en la habitación. No le dio tiempo a meterlo ahí.
Intento escabullirme, pero el brazo que tiene sobre mi vientre se tensa en señal de protesta.
—¿Adónde vas?
—A por tu puck —respondo.
Me mira con los ojos enturbiados por el sueño, suaves en los bordes, casi infantiles, y me suelta.
—Está en mi bolsa de deporte. En el bolsillo interior, a la derecha.
Me aparto para levantarme y busco la bolsa, poniéndome la ropa interior por el camino. El puck está exactamente donde dice, y lo cojo para llevárselo a la cama, donde sigue tumbado.
Con cuidado de no sobresaltarlo, levanto la almohada lo justo para deslizar el puck hasta su sitio, exactamente donde debe estar.
—Gracias —dice con la voz ronca y grave por el cansancio, y tengo que admitir que hasta eso me parece sexi.
—De nada —le susurro, con un nudo en la garganta que no me deja hablar más alto.
—¿Vas a volver?
Sé que no debería. Igual que sé que él también lo sabe. Nunca antes nos habíamos acurrucado después de follar. Disfrutar del calor del otro, sí, claro. Pero esto en lo que estamos a punto de meternos es un terreno desconocido.
Aun así, aunque cada rincón de mi cerebro me grita que es una mala idea, acabo arrastrándome de nuevo hasta el hueco que queda a su lado.
Vuelve a acurrucarse en el espacio entre mi hombro y mi cuello, con nuestros cuerpos pegados desde los hombros hasta las rodillas. El calor de su frente contra mi garganta me acelera el pulso.
Por no hablar de lo que este pequeño gesto le hace al músculo que intenta latir con regularidad dentro del pecho.
Se queda dormido así, desnudo, como llegó al mundo, con un brazo sobre mi torso. Lo dejo allí un rato, permitiéndole hundirse en un sueño más profundo mientras observo el ritmo de su respiración.
Tengo toda la intención de irme a mi propia cama en cuanto esté seguro de que no va a despertarse otra vez.
Pero mis intenciones se van a la mierda cuando el calor de su cuerpo pegado al mío hace que yo también me quede dormido.