8. Quinton #2
Respiro hondo y sigo jugueteando con él hasta que el corazón, acelerado, se me serena y vuelve a latir despacio, con constancia.
Y funciona. Al cabo de un rato vuelvo a estar tranquilo.
Todo lo tranquilo que puedo estar, aferrándome a lo que sí conozco y a lo que sí controlo, en lugar de a todas las preguntas sin respuesta que me rondan por la cabeza y me atormentan.
Lo que no sé es si a mi polla le gustan todos los tíos, solo algunos o qué coño le pasa.
Pero lo que sí sé es que le gusta, sin ninguna duda, la única puta persona que no debería gustarle.
Y no creo que ni siquiera un camión cargado de puck s de la suerte bastara para ayudarme a superar ese pequeño desastre.
Lo último que necesitaba esta mañana era volver a llegar tarde.
Pero aquí estoy, corriendo por el campus hacia una de mis clases de Economía, cuando casi me estampo con la última persona que esperaba encontrarme. Y probablemente la última persona que quiere verme.
—Hostia —refunfuña Oakley, fulminándome con la mirada mientras se aparta y sigue por el sendero en dirección contraria—. ¿No miras por dónde vas?
Al principio creo que ni siquiera se ha dado cuenta de que era yo. Joder, sé que yo no lo habría reconocido si no hubiera sido por la voz. Pero esa mezcla de desprecio puro la reconocería en cualquier parte.
—Buenos días a ti también, Oakley —lo saludo con una dulzura empalagosa.
Espero que se dé la vuelta y diga algo, aunque sea una pulla gruñona y sarcástica, pero, en lugar de eso, sigue alejándose.
Durante un segundo se me pasa por la cabeza que quizá me lo he imaginado y que solo es otro estudiante cualquiera. Pero la bolsa de deporte azul marino que lleva colgada del hombro, idéntica a la mía, con un enorme número 33 estampado en blanco, lo delata.
Así que hago lo que, por algún motivo que no logro entender, me parece más lógico.
Voy tras él.
¿Por qué eso le parece lógico a mi mente confusa y falta de sueño? No tengo la menor idea. Pero resulta un problema cuando le agarro el hombro, lo obligo a volverse hacia mí y él me responde con un gruñido en plena cara.
—¿Qué?
Me detengo un segundo y, por primera vez en toda mi vida, me faltan las palabras. Porque he visto a Oakley enfadado. Joder, he conseguido enfadar tanto a Oakley que parecía echar humo por las orejas.
Por el amor de Dios, hasta he conseguido que me pegue, y él va por ahí diciendo que es un tío pacífico.
Pero nunca lo había visto tan cabreado como ahora, mirándome con ira. Una mirada capaz de hacer que hombres menos valientes se desmayaran en el acto solo para escapar de ella.
—Yo... Solo quería asegurarme de que anoche llegaste bien a casa. —Me arrepiento en cuanto las palabras salen de mi boca.
«Joder, Quinton, ¿en serio? ¿Eso es lo mejor que se te ha ocurrido?».
Y, a juzgar por el ceño con que me fulmina Oakley, lo único que he conseguido es enfurecerlo más y quedar como un completo idiota. Y, encima, llegar aún más tarde a clase.
—¿En serio? —espeta, acercándose a mí—. ¿Eso era tan importante como para que tuvieras que venir corriendo detrás de mí por medio campus? ¿Querías «asegurarte de que había llegado bien a casa anoche»?
Otra vez me quedo sin palabras.
Me sostiene la mirada un instante y luego gira la cabeza, como si quisiera comprobar si alguien nos ha visto hablando. Y es entonces cuando distingo un chupetón apenas visible por encima del cuello de su camiseta. Justo en el mismo sitio donde lo mordí anoche.
Al instante, cualquier intención de llegar puntual a clase se evapora. En su lugar, me asalta el recuerdo del roce de sus pantalones cuando me metí su polla en la garganta y de los gemidos de placer cuando conseguí que se corriera.
Aunque se supone que nada de eso pasó. Algo que él no tarda en recordarme.
—¿Qué ha pasado con aquello de que estábamos de acuerdo en que esto no había ocurrido?
Y ahora soy yo el que se cabrea.
—Hay una diferencia entre fingir que no pasó nada y evitar a alguien como si tuviera la puta peste. Que es exactamente lo que estabas haciendo al comportarte como si yo no existiera.
Da un paso atrás, se cruza de brazos e inclina la cabeza a un lado.
—¿Estaríamos teniendo esta conversación en cualquier otra situación? Si lo de anoche de verdad no hubiera pasado, ¿tú y yo estaríamos siquiera hablando fuera del hielo?
—No, puede que no, pero...
—Exacto. Así que déjate de tonterías y sigue con tu día.
Otra oleada de irritación me recorre el cuerpo y dejo escapar un suspiro enorme.
—Solo digo que ignorarnos no va precisamente a mejorar la moral del equipo.
—¿Y discutir los detalles de nuestro lío sí?
Eso me hace sonreír.
—Yo no he dicho nada de entrar en detalles. Pero, si te apetece, adelante.
Me mira con más rabia aún, si es que eso es posible.
—Déjate de gilipolleces, Quinton.
Levanto las manos en señal de rendición.
—No estoy haciendo otra cosa que intentar mantener una conversación civilizada contigo.
Se le hinchan las fosas nasales y pone los ojos en blanco, como si rezara en silencio para pedirle a Dios la fuerza necesaria para no matarme allí mismo, delante de todos los alumnos. Hasta los tíos pacíficos tienen sus límites. Como bien sabemos los dos.
Cuando vuelve a mirarme, su expresión es dura e inflexible.
—Bien. ¿Quieres hablar de ello? ¿Quieres que te infle el ego, ya que parece que lo necesitas tanto? ¿Quieres asegurarte de que no pueda olvidar nunca lo que pasó? Bueno, pues pasó, joder.
Por el bien de esta conversación, decido no entrar en lo de «inflarme el ego».
—Eso no...
—Pero te dejaré una cosa clara, De Haas. Por muy bien que estuviera, nunca. Va. A. Volver. A. Pasar. —Acorta la distancia entre nosotros, usando la cercanía como táctica de intimidación.
Lástima que lo único que consiga sea recordarme aún más la noche anterior.
Su cuerpo pegado al mío mientras lo inmovilizaba contra el lavabo. Lo que me llevó a sentir sus fuertes y potentes muslos bajo las palmas de las manos mientras me metía la polla más...
—Quinton —me interrumpe, sacándome de mis pensamientos. La frustración en su cara me deja claro que me he perdido parte de lo que estaba diciendo mientras soñaba despierto con su polla.
—¿Qué?
La forma en que aprieta la mandíbula me deja claro que está a un segundo de perder la paciencia.
—Te he preguntado si entiendes lo que te estoy diciendo.
«Ah».
—Claro.
—Bien —murmura y, durante un segundo fugaz, me parece ver un atisbo de alivio en su rostro. Da un paso atrás, recuperando la distancia entre nosotros, y echa un vistazo al campus—. Y ahora, ¿por qué no aprovechas toda esa energía para algo más útil? Como dar la talla esta noche.
Levanto el brazo y, en broma, le hago un saludo militar.
—Eso puedo hacerlo, capi.
Lo único que obtengo a cambio es un leve gesto de negación con la cabeza antes de que pase a mi lado y siga caminando hacia dondequiera que vaya.
Estoy a punto de hacer lo mismo y darme media vuelta hacia mi clase, pero mi cerebro se niega a dejarme mover los pies porque hay un pequeño detalle que se le ha escapado a Oakley y que no pienso dejar pasar.
Un detalle mínimo, pero importante.
—Así que te gustó, ¿eh?
No se da la vuelta, solo me hace una peineta por encima del hombro y sigue alejándose.