Capítulo 6
TE LO DIJE
T al como estaba de humor Darryl, Jake casi esperaba que el castigo por su llegada tarde fuera tomar la declaración de la testigo. En su lugar, le habían asignado una tarea mucho más tediosa: observar tras una pantalla cómo el sargento de detectives Brendan Lafferty tomaba dicha declaración.
Un gran vete a la mierda .
Y un gran gracias .
A Jake le fastidiaba calentar banquillo.
Estar entre bambalinas. Le hacía sentirse inferior.
Como si su monumental esfuerzo y su duro trabajo para descubrir la identidad de El Cónclave no hubieran servido para nada.
Como si fuera una prostituta agotada tendida en la cama: los peces gordos habían obtenido lo que buscaban y se habían escabullido por la puerta de atrás sin dedicarle un segundo pensamiento.
Que te jodan, hasta luego y gracias por el polvo.
Aunque no podía negar que sentía curiosidad por ver al sargento de detectives en acción.
La puerta se abrió a su espalda, sobresaltándolo. Se giró en el asiento para ver quién entraba.
Era Alison, un miembro del equipo de inteligencia digital que habían contratado hacía poco. Llevaba poco tiempo en el cuerpo —recién salida de la universidad— y estaba ansiosa por demostrar su valía a Darryl y al resto del equipo. Incluido Jake. Traía un vaso de plástico con café en la mano.
—Aquí tienes. Justo lo que ha recetado el médico —le dijo mientras lo dejaba sobre la mesa.
—Me alegra no ser el único que reconoce la distinción entre un tipo con estilo y un facultativo. —Jake cogió el vaso y dejó que el calor le templara las manos.
—¿Cómo?
Jake suspiró para sus adentros. —No importa. —Y volvió a centrar su atención en el interrogatorio.
Alison no tardó en captar la indirecta y se marchó.
Bebió un sorbo de café, hizo una mueca cuando el líquido ardiente le escaldó la lengua y volvió a dejar el vaso. En el monitor del ordenador, Brendan acababa de entrar en la sala de interrogatorios, había sacado una silla de debajo de la mesa y se había sentado.
Nada en la testigo, Margaret Humphries, de sesenta y cuatro años, sugería que debiera ser tratada como sospechosa.
Su complexión menuda. La fina chaqueta de punto que le envolvía el cuerpo.
Las gafas que le colgaban de la nariz. Su ralo cabello rubio, surcado de mechones grises.
Y no se le ocurría ningún escenario plausible en el que ella fuera capaz de reducir a dos adultos hechos y derechos, asesinarlos brutalmente a ambos con un cuchillo y después asfixiar a un bebé.
Era una ridícula pérdida de tiempo pensar lo contrario.
Sin embargo, si algo le habían enseñado sus investigaciones sobre El Cónclave, era que siempre se trataba de la persona que menos te esperabas.
—Gracias por atendernos —empezó Brendan tras concluir las formalidades. Su voz sonaba metálica a través de los altavoces del ordenador—. Con suerte, esto no llevará mucho más de lo necesario.
—Eso espero.
—¿Podría explicar, por favor, qué vio antes de llamar a los servicios de emergencia?
—Dos cadáveres. Rupert y luego Helena. Estaban allí tirados sobre su propia sangre.
—¿Y qué la impulsó a entrar en su casa?
—Regresaba de pasear al perro. Al principio vi que el coche de Rupert no estaba, lo cual no es raro porque siempre entra y sale a distintas horas de la noche, pero luego, cuando me fijé en que habían dejado la puerta principal abierta, fue cuando empecé a asustarme.
—¿Y entonces entró en la casa?
—Sí.
—¿Y después qué pasó, por favor?
—Llamé a la policía.
—¿Cuál es exactamente su relación con las víctimas?
Margaret vaciló un momento antes de responder.
—He sido su vecina durante veintitantos años. Se pierde la cuenta después de los diez.
—¿Así que conoce bastante bien a la familia?
—Supongo que tan bien como cualquiera conoce a sus vecinos, sí. No es que celebráramos cenas juntos ni saliéramos a pasar el día por ahí. Pero… —Margaret se interrumpió y empezó a sollozar. Sacó un pañuelo de la manga y se secó debajo del ojo.
Balbuceaba e hiperventilaba mientras hablaba. —Me… me he dado cuenta ahora mismo… ¿Dónde están las niñas?
—Ellas…
—¿Les ha pasado algo a ellas también?
—Lo siento, Margaret, pero el cuerpo de Felicity fue hallado en el dormitorio de Erica—
Margaret ahogó un grito. Se llevó la mano a la boca y luego, mientras continuaba la hiperventilación, la bajó hasta la garganta.
—En estos momentos no logramos localizar a Erica Haversham —continuó Brendan.
—Novio —balbuceó Margaret entre jadeos—. Ella… tiene… un… novio.
—¿Quién? —interrumpió Brendan—. ¿Sabe su nombre?
Margaret seguía luchando por respirar. Brendan alargó la mano sobre la mesa y le acercó el vaso de agua que estaba a unos pocos centímetros de su alcance.
—Beba un poco, Margaret; puede que la haga sentir mejor —dijo él.
Jake abrió mucho los ojos y se inclinó hacia la pantalla. No necesita el agua, idiota. Necesita asistencia médica.
Brendan le acercó aún más el vaso por la mesa, pero de nada sirvió; para entonces, sus jadeos eran tan frecuentes que era como si estuviera inhalando en una sola inspiración continua.
Cuando por fin se dio cuenta de que algo iba mal, Brendan se levantó, pero se detuvo de inmediato, petrificado a medio camino.
Titubeó al borde de la acción y se quedó allí, como un juguete de cuerda que ha terminado de descargarse.
Mientras tanto, Margaret seguía jadeando, jadeando, jadeando.
Jake no pudo seguir mirando. Salió corriendo de la habitación, recorrió el pasillo esquivando un folleto que había caído al suelo e irrumpió en la sala de interrogatorios.
Ante su repentina entrada, la mirada de Brendan se clavó en él, con los ojos desencajados por el miedo. Jake le hizo poco caso y se apresuró hacia Margaret.
A estas alturas, ella se apretaba el pecho con una mano y la otra rodeaba el brazo de la silla. Jake se acercó, le tomó el pulso y le gritó a su colega, que seguía de brazos cruzados.
—¡Muévete! ¡Pide ayuda! —le espetó a Brendan.
No fue hasta que usó un improperio, un lenguaje que Brendan comprendía, cuando el hombre finalmente reaccionó. En cuestión de segundos estaba en el pasillo, gritando de un lado a otro en busca de ayuda médica.
Jake volvió a centrar su atención en Margaret.
Él —y el resto del cuerpo de policía— tenían formación en primeros auxilios.
Hasta cierto punto. Siempre había tenido en su lista de tareas pendientes profundizar en su formación para beneficiarse de ello en situaciones como esta, pero nunca había podido sacar tiempo para ello.
La puerta se abrió de golpe otra vez, golpeando la pared adyacente.
Dos paramédicos entraron precipitadamente en la sala y rodearon a Margaret.
Jake consideró oportuno apartarse y dejarles trabajar; observó mientras se retiraba a una distancia segura al fondo de la habitación.
Los paramédicos atendieron rápidamente a Margaret y, en pocos segundos, se la llevaban de la sala en una silla de ruedas, suministrándole oxígeno.
Jake y Brendan los siguieron por el edificio hasta que la subieron a la parte trasera de la ambulancia.
—Es un milagro que estuvieran aquí cuando los necesitábamos —dijo Ashley, que había estado en el área de custodia cuando empezó el alboroto—. ¿Debería ir alguien con ella?
—Buena voluntaria —dijo Jake con una mueca burlona—. Será mejor que estés tú allí también. Ya sabes, de mujer a mujer.
—¿Se lo dirás a Darryl?
Jake dijo que lo haría y se despidió de Ashley con la mano.
Él y Brendan regresaron a la sala de interrogatorios; Brendan negaba con la cabeza y suspiraba profundamente. Jake cerró la puerta de la sala tras de sí y puso una mano firme sobre el brazo de Brendan.
—¿Estás bien? —preguntó.
El irlandés evitó la mirada de Jake todo lo que pudo, hasta que Jake apretó con más fuerza y acabó cediendo.
—Yo… yo… sabía que no debería haberlo hecho.
—¿Haber hecho qué?
—La declaración. Antes de entrar, me ha dicho que no se sentía al cien por cien para hacerla. Yo solo… solo he pensado que estaba un poco alterada, nada más.
Jake suspiró incrédulo. —¿Hiciste que la reconociera una enfermera o alguien?
—Los paramédicos ya le habían dado el visto bueno y habían dicho que estaba bien.
Es evidente que no lo estaba.
—¿Qué te ha dicho exactamente? —preguntó Jake.
—Que… que le dolía el pecho. Repito, pensé que era la adrenalina de la situación.
—Cielo santo, Bren… —Jake se pasó los dedos por el pelo.
En las últimas semanas, Brendan se había reincorporado gradualmente al trabajo a tiempo completo.
Cuando se topó con el aparente suicidio de Roland Lewandowski, el especialista en forense digital del equipo y genio tecnológico, había sufrido estrés y ansiedad graves.
Y desde su regreso, su rendimiento y la calidad de su trabajo habían estado por debajo del nivel exigido.
—¿Le ha dicho algo a alguien más? —preguntó Jake.
—Solo a mí. ¿Qué voy a hacer, Jake?
—Tienes que calmarte. Has estado bajo mucha presión últimamente y esto no va a ayudar. No has hecho nada malo, recuérdalo. Los paramédicos nunca deberían haberle dado el alta si le dolía el pecho.
Pero la verdad era que Brendan se había equivocado.
Y Darryl también. Todos tenían el deber de cuidar de cualquier persona que estuviera en el edificio en cada momento, y el inspector jefe había confiado en Brendan para llevar a cabo la toma de declaración de la testigo de forma profesional y segura.
Brendan había fallado.
Y Jake no podía evitar sentirse un poco engreído al respecto.
Que te jodan, hasta luego, gracias por el polvo y te lo dije.