MÁS ALLÁ DE LA ARENA La semilla de la discordia #2
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La semilla de la discordia #2

—Querida Ginebra —dijo Fátima delante de todas, con voz lo suficientemente alta para que nadie perdiera detalle—, como vienes de un mundo tan...

distinto, quizás no entiendas nuestras normas.

Me han dicho que las joyas que llevas, las que el Sultán te regaló, han desaparecido del inventario real.

¿Es posible que, por tu falta de costumbre, no sepas que aquí el préstamo es solo para quienes demuestran lealtad?

La sala se quedó en silencio. Ginebra, que había llegado con la intención de ayudar, sintió cómo el aire se volvía irrespirable. Las mujeres allí presentes, muchas de ellas envidiosas de su belleza, empezaron a cuchichear.

Al mismo tiempo, Faréd, que vigilaba desde la entrada, decidió dar su propio golpe.

Sabía que Faris tenía una reunión con un inversor importante ese día.

Faréd interceptó al inversor antes de que entrara a palacio y, con una frialdad que helaba la sangre, le deslizó un informe anónimo —lleno de mentiras— sugiriendo que los negocios de Faris en Dubái eran una tapadera para el blanqueo de capitales y que la mujer que lo acompañaba era una aventurera buscada por la justicia en su país de origen.

—Solo te doy un consejo de hermano —le dijo Faréd al inversor, con una sonrisa retorcida que delataba su envidia—. Si quieres salvar tu reputación, aléjate de Faris antes de que su caída nos salpique a todos.

El impacto fue inmediato. Ginebra, en el salón, tenía los ojos brillantes de indignación pero mantenía una compostura que enfurecía aún más a Fátima. El inversor, por su parte, canceló su reunión con Faris, dejándolo solo y sin el apoyo que necesitaba para un proyecto vital.

El Sultán, desde su estudio, recibía los informes minuto a minuto. Sabía que Ginebra estaba siendo humillada públicamente y que Faris estaba siendo atacado profesionalmente. Sus manos, ocultas bajo sus mangas, se cerraron en puños, pero sus ojos permanecían inexpresivos.

«Seguid», pensaba el Sultán, sintiendo cómo el odio de Faréd llegaba a su cenit. «Seguid cavando vuestra propia tumba. Cuanto más alto subáis en vuestra maldad, más dolorosa será la caída».

Faréd, mientras observaba de lejos la humillación de Ginebra, sentía un placer oscuro, un alivio momentáneo que no llenaba el vacío inmenso de su ser.

Quería ser Faris, quería ser amado, quería ser deseado, y al no poder conseguirlo, se había convertido en el destructor de aquello que él nunca podría tener.

La humillación pública ha sido la chispa que ha hecho saltar por los aires la frágil paz del palacio. La maldad de Faréd y Fátima, impulsada por años de carencias internas y una envidia que les carcome el alma, ha dejado de ser una sombra para convertirse en una herida abierta.

La escena en el salón principal fue devastadora.

Ginebra, con el rostro ardiendo por la vergüenza y el corazón roto, se sentía como un animal acorralado por el desprecio de quienes no la conocían.

Layla, cuya intuición materna era un faro, irrumpió en la estancia, apartó a la multitud y tomó a Ginebra por los hombros, protegiéndola con su cuerpo.

—¡Basta! —exclamó Layla, con una firmeza que silenció las risas de Fátima—. La maldad que habéis vertido hoy no dice nada de ella, pero lo dice todo de vuestra miseria.

Layla se llevó a Ginebra, pero el daño ya estaba hecho.

Ginebra, al llegar a sus aposentos, recibió el golpe final: descubrió, por un descuido de un sirviente, que el Sultán había ordenado investigar hasta el último detalle de su vida privada.

La sensación de violación de su intimidad, sumada a la humillación pública, la hizo ver la abismal diferencia de mundos en la que se había metido.

«No soy una de ellos, nunca lo seré», pensó entre sollozos, sintiéndose una intrusa en un reino que castigaba la honestidad.

Mientras tanto, la tormenta estalló en los pasillos exteriores.

Faris, habiendo escuchado los ecos de la humillación, regresó como un huracán.

No necesitó explicaciones. Al ver a Faréd con esa sonrisa socarrona, perdió el juicio.

Se abalanzó sobre él, derribándolo con un golpe seco.

La pelea fue brutal, visceral. Faris descargaba sobre el rostro de su hermano todos los años de menosprecio, los celos y la envidia que Faréd había cultivado.

Cuando Faréd estaba en el suelo, sangrando y derrotado, el Sultán apareció en el umbral.

No gritó. Su sola presencia hizo que Faris se detuviera, con los nudillos ensangrentados.

El Sultán miraba a su hijo mayor en el suelo —el monstruo que él mismo había ayudado a crear— y sintió un asco profundo hacia sí mismo.

—¡Basta, Faris! —la voz del Sultán retumbó, cargada de una derrota que nadie esperaba—. ¡Suéltalo!

El Sultán se acercó, pero sus ojos buscaron a Ginebra, que aparecía al final del pasillo, con los ojos hinchados de llorar y una maleta improvisada en la mano. Ginebra no lo miró con respeto, sino con un miedo gélido.

—He investigado cada paso de tu vida, Ginebra —dijo el Sultán, sintiendo que sus palabras eran como dagas—. Busqué una mancha para protegerme, pero solo encontré una pureza que me avergüenza.

—¡No me importa! —gritó Ginebra, con la voz quebrada—. Investigó a una persona que solo le ofreció cariño. Usted no busca familia, busca súbditos. Esto no es un hogar, es una prisión de cristal donde la envidia es la ley.

Faris intentó acercarse, pero ella retrocedió.

La brecha entre ellos parecía haberse vuelto insalvable.

Ginebra, sintiendo que no podía respirar en aquel palacio que olía a traición y privilegios tóxicos, salió corriendo hacia la puerta principal, decidida a abandonar el reino antes de que terminara de destruir su alma.

Faréd, desde el suelo, se reía entre dientes, con la sangre manchándole la camisa blanca. Había perdido su dignidad, pero había logrado su objetivo: el caos absoluto.

La partida de Ginebra fue un terremoto que sacudió los cimientos del reino.

Ella no solo se llevó sus maletas; se llevó la única razón por la que Faris seguía encontrando sentido a aquel lugar.

Al llegar a Dubái y encontrar el apartamento vacío, el corazón de Faris no se rompió, simplemente dejó de latir al ritmo de este mundo.

Sin pensarlo dos veces, sin pedir permiso ni despedirse, tomó el primer vuelo hacia Tenerife.

Necesitaba respirar el aire de la tierra donde se crió la mujer que amaba, necesitaba buscarla allí donde ella se sentía segura: en los brazos de su madre, en la paz de las Islas Canarias.

Mientras tanto, en el palacio, Layla ya no era la reina paciente. Estaba de pie ante el Sultán, con los ojos secos de tanto haber llorado, pero con una determinación de acero.

—Has tenido todo, y aun así, no supiste valorar nada —le dijo Layla con una calma aterradora—.

Buscaste la verdad en papeles y archivos, cuando la única verdad estaba frente a tus ojos.

Me voy, no a buscar a mi hijo, sino a buscar la vida que me arrebataste hace décadas.

Quédate con tu poder, quédate con Fátima, con Mohamed y con tu creación, Faréd. Son el espejo perfecto de tu alma.

El Sultán intentó hablar, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. La culpa era una losa que le impedía moverse. Por primera vez en su vida, el gran monarca de Kuwait se sentía un anciano sin fuerzas.

Faris, meses después en Tenerife, intentaba reconstruirse.

Ginebra, bajo el abrigo de su familia, buscaba sanar las heridas que el "honor" de la familia real le había infligido.

No era fácil; la traición del Sultán al investigar su pasado era algo que Ginebra sentía como un estigma, una marca de clase que no se borraba con disculpas.

En el palacio, el Sultán vivía su propio infierno.

Faréd, lejos de mostrarse arrepentido por el desastre, se movía por los pasillos con la arrogancia de quien cree que finalmente el camino al trono está despejado.

Fátima, a su lado, susurraba veneno sobre la "traición" de Layla y la "deshonra" de Faris.

Mohamed, el fiel escudero, solo podía ofrecerle la misma lealtad podrida de siempre.

El Sultán miraba a su alrededor y veía el éxito de su crianza: un heredero que no lo amaba, una nuera que no lo respetaba y un consejero que solo alimentaba sus peores instintos. Había ganado la batalla del poder, pero había perdido el reino de su vida.

Cada noche, el Sultán se sentaba en el salón, mirando hacia la puerta por donde sabía que nadie volvería a entrar.

El oro brillaba, las sedas eran de la más alta calidad, pero el palacio era, efectivamente, la máxima oscuridad.

Había creado un entorno a su medida, y ahora estaba condenado a habitarlo hasta el final.

El aire de Tenerife, cargado de humedad y olor a pino canario, era un mundo de distancia respecto al aire asfixiante de Kuwait.

Faris, acostumbrado al desierto y al lujo de palacio, se sentía ahora un extraño bajo la bruma espesa del Monte de las Mercedes.

Llevaba días recorriendo los senderos, manteniendo una distancia prudente, dejándola respirar, pero su corazón latía con la urgencia de quien sabe que está a punto de perder su última oportunidad.

Faris la vio antes de que ella lo notara.

Estaba sentada junto a un viejo tronco, rodeada por el verde intenso de la laurisilva, un lugar donde el tiempo parecía detenerse.

Ginebra tenía la mirada perdida en la bruma, con esa paz melancólica que solo la naturaleza sabe devolver cuando el alma ha sido quebrada por la ambición ajena.

Se acercó lentamente, rompiendo una rama seca bajo sus pies.

Ginebra levantó la vista y, por un instante, el miedo a ver a un enviado de su padre cruzó sus ojos.

Pero al ver que era Faris —con su aspecto desaliñado, sin sus trajes de piloto, solo un hombre cansado y profundamente enamorado—, su expresión se suavizó, aunque no desapareció el dolor.

—No sabía si vendrías —susurró ella, con la voz rota.