MÁS ALLÁ DE LA ARENA El regreso del extraño #2
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El regreso del extraño #2

Faris la tomó de la mano y salieron, pero la rabia de él era evidente.

El orgullo y los celos se mezclaban: odiaba que ella tuviera que pasar por eso, pero ardía en deseos de protegerla del mundo que aún no entendía quién era ella.

Ginebra, aunque herida, se sintió poderosa al tenerlo a su lado, aunque le pedía calma: "No vale la pena, Faris. La elegancia no se compra, se tiene".

Mientras tanto, en el corazón del palacio, la envidia tenía otro rostro: el de Faréd.

El hermano mayor observaba a Faris —el hijo que había elegido irse, que había vuelto triunfante, que tenía el favor del Sultán y el amor de una mujer excepcional— y sentía que su propia existencia se encogía.

Faréd, atrapado en sus miedos y en la sombra de su hermano, luchaba contra un sentimiento corrosivo.

¿Por qué Faris parecía iluminarlo todo mientras él sentía que se quedaba en penumbra?

Fátima, consciente del resentimiento de su prometido, alimentaba ese recelo.

La boda se acercaba, pero lejos de ser una unión de corazones, el ambiente se sentía como un campo de minas donde cada mirada de Ginebra era una chispa, y cada gesto de afecto entre ella y Faris, un desafío directo al orden establecido.

Faris, sintiendo el peso de la envidia de su hermano y el desprecio de la corte, estrechó a Ginebra contra sí en los jardines. —No saben con quién se están metiendo, Ginebra. No saben que, por ti, soy capaz de cambiar este reino entero.

Cuando Faris le contó lo ocurrido, el Sultán no ardió en ira ciega; su reacción fue de una frialdad y poderosa. Se presentó en la tienda al día siguiente, escoltado no por miedo, sino por la autoridad de alguien que ha redescubierto su propia dignidad.

Las dependientas, que el día anterior habían mirado a Ginebra con desdén, se quedaron blancas al ver al Sultán entrando con una presencia que parecía llenar cada centímetro del local.

—Ayer —dijo el Sultán, con una voz calmada pero cargada de advertencia—, trataron con desprecio a una mujer que no solo es mi nuera, sino la persona que ha devuelto la paz a esta familia. La ignorancia es un pecado, pero la arrogancia es un vicio.

El Sultán no se detuvo ahí. Exigió que trajeran cada prenda de la talla de Ginebra, no para comprarlas como un acto de capricho, sino para dejar claro que el respeto se recupera con hechos.

Las dependientas, temblando, no sabían dónde esconderse; el sueño de ser "profesionales" se les desmoronaba al entender que habían despreciado a la única persona que, en ese momento, tenía el favor absoluto del hombre más poderoso del reino.

Mientras tanto, en el palacio, la verdadera batalla era psicológica.

El Sultán observaba a Fátima y sentía una punzada de culpa.

Había visto la semilla de maldad, esa influencia sombría de Mohamed y el rencor de Amira que Fátima había adoptado como propia.

Entendió entonces que había creado un monstruo al fomentar la competencia entre sus hijos.

Faris, por su parte, se sentía más unido a Ginebra que nunca. Ella, con su inteligencia, su dominio de idiomas y, sobre todo, esa fineza natural que no necesitaba títulos para imponerse, lo había conquistado por completo. Ella no buscaba el poder; ella buscaba la verdad.

Esa noche, el Sultán convocó a Faréd a un encuentro privado.

—He visto cómo miras a tu hermano —comenzó el Sultán, sin rodeos—.

He visto cómo permites que Fátima avive un fuego que solo va a quemar tu propia casa.

Te hice competir contra Faris desde niño, y ese ha sido mi mayor error.

No es él tu enemigo, Faréd. Tu enemigo es el miedo a no ser suficiente por ti mismo.

Faréd se quedó mudo. Por primera vez, su padre no le pedía resultados, no le exigía perfección; le estaba ofreciendo una salida a su propia miseria.

Pero en la habitación contigua, Fátima escuchaba, y su mirada era todo menos arrepentida.

El Sultán, ahora, veía con claridad: Ginebra era la luz que dejaba en evidencia las sombras en las que Fátima se sentía cómoda.

La boda ya no era solo una ceremonia; se estaba convirtiendo en el juicio final de la familia.

El Sultán le había pedido a su nuera que lo acompañase a una reunión importante y ella accedió.

La transformación de Ginebra en el corazón del reino fue tan fulminante como inesperada.

Aquel día, vestida con las telas exquisitas que el propio Sultán había elegido para ella, Ginebra no parecía una extranjera; parecía la pieza que, sin saberlo, siempre le había faltado al engranaje de la corte.

El Sultán la observaba con orgullo mientras ella conversaba con otros jeques.

Ginebra no usaba el lenguaje del poder, sino el de la visión: hablaba de sostenibilidad, de solidaridad, de proyectos que miraban hacia el futuro.

Su frescura, esa chispa de mujer que había conocido el mundo fuera de las murallas, desarmaba a los hombres más poderosos de la región.

Faris, a su lado, no podía estar más satisfecho; ya no sentía celos, sino un orgullo inmenso al ver cómo su mujer, sin pretenderlo, lideraba la mesa de negociaciones con una elegancia que dejaba a todos boquiabiertos.

Pero mientras el Sultán y Ginebra celebraban el éxito de los nuevos acuerdos, la sombra de Fátima se hacía más alargada.

Fátima observaba desde las galerías superiores, apretando los dedos hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

Para ella, cada palabra de Ginebra era una puñalada; cada sonrisa que recibía de los invitados era un aplauso que ella sentía que le habían robado.

Se sentía acorralada. El nuevo Sultán ya no le concedía sus caprichos de niña malcriada, y Faréd, influenciado por la conversación con su padre, empezaba a mostrarse más reservado, más reflexivo.

Fátima sabía que su influencia se desmoronaba. Y alguien como ella, educada en la sombra de Mohamed y el rencor de Amira, no se rendiría sin dejar cicatrices.

—Creen que han ganado —susurró Fátima para sí misma, mientras veía a Ginebra reír junto a Faris—. Creen que la "extranjera" ha venido a salvarnos. No saben que los cimientos de este palacio están hechos de orgullo, y cuando el orgullo se siente amenazado, siempre busca sangre para calmarse.

Fátima comenzó a tejer un plan desesperado.

No buscaría un ataque frontal; eso sería demasiado obvio.

Sabía que Ginebra tenía una debilidad: su pureza.

Si lograba que esa "autenticidad" pareciera, ante los ojos de los más conservadores, una falta de respeto a las tradiciones, o si lograba inventar un escándalo que empañara la imagen de la "nuera perfecta" antes de que los votos de la boda fueran pronunciados, podría recuperar su estatus y devolver a Faris y a Ginebra al lugar de "intrusos" que ella creía que les correspondía.

El peligro estaba en que Fátima estaba dispuesta a incendiar la boda, incluso si eso significaba que su propio evento quedara arruinado. Para ella, la victoria no era casarse; la victoria era ver a Ginebra desterrada, humillada y fuera del alcance de aquel trono que ella consideraba suyo.

El Sultán, sin embargo, estaba demasiado ocupado planeando el futuro de sus negocios para ver que, en su propio hogar, alguien estaba afilando un cuchillo en la oscuridad.