El plan de Amira
Los ojos de Amira, perfilados con una precisión quirúrgica en un kohl de un negro abisal, se abrieron de par en par.
La incredulidad se transformó en un pánico gélido que le recorrió la espalda al sospechar que Faris —ese hombre al que ella consideraba poco más que una pieza de caza— sabía la verdad sobre su relación clandestina con Sabián.
Desde niña, Amira había sido educada para creer que el mundo era una extensión de su voluntad.
Había crecido bajo una máxima inamovible: ser la hija sumisa y perfecta para su padre, Mohamed, a cambio de que ningún capricho le fuera negado.
Para ella, Faris no era un hombre con sentimientos, sino la cúspide de su colección, una transacción inevitable para la que había nacido.
Las persianas de su habitación cayeron con un chasquido seco, sumiendo el dormitorio en una penumbra dorada.
Amira apartó la mirada del vacío y se concentró en el mármol pulido del suelo, donde sus propios pasos, acelerados por el nerviosismo, resonaban como un aviso.
Se desvió de su camino original; necesitaba encontrar a su padre.
La túnica de seda vibraba en el aire a cada movimiento brusco, dejando a su paso una estela embriagadora y pesada de incienso, jazmín y palo santo.
No podía perderlo. No era amor lo que sentía, era una obsesión tóxica, el capricho de la niña malcriada que no soporta que un juguete se le escape de las manos.
Su mente comenzó a hilar un plan, uno que rozaba la locura.
Recordó las artes antiguas que su madre le había susurrado en confianza.
Si Faris se resistía, lo envolvería en una red de falsedades.
Lo invitaría a un encuentro a solas, le ofrecería algo de beber, algo que lo sumiera en un sueño profundo mientras ella desordenaba la estancia y su propia ropa.
Bastaría con que las sospechas sembraran la duda; con eso, los rumores, la presión de las familias y el honor mancillado harían el resto.
Lograría que sus aromas se mezclaran —el de ella y el de él— sobre los hilos de seda de la alcoba real, creando una prueba falsa de una intimidad que nunca ocurrió.
Amira aceleró el paso, sintiendo cómo la sombra autoritaria de su padre, al fondo del pasillo, le devolvía la seguridad que necesitaba.
Sus ojos, minuciosamente perfilados, recuperaron esa frialdad felina, ese vacío absoluto donde residía la carencia total de escrúpulos.
Ella no necesitaba el corazón de Faris; le bastaba con su cuerpo, su nombre y el poder que su unión representaba.
Si el Jeque no cedía por las buenas, el escándalo sería su arma. Y Amira, la heredera del lujo y el capricho, nunca perdía una partida.
Amira se detuvo en seco al ver la silueta de su padre al final del pasillo.
Un segundo antes, la furia la consumía; se sentía pequeña, insignificante, atrapada en el mismo sentimiento de "no existencia" que su padre le había hecho sentir desde que era una niña.
Le daba joyas, le daba seda, pero jamás le dio una mirada que dijera: te veo y te valoro.
Al ver a Mohamed, el resentimiento le quemó la garganta.
¿Cómo se atrevía Faris a tratarla así? ¿Cómo se atrevía a ignorarla después de que ella se había esforzado tanto, incluso usando perfumes cargados de feromonas, para intentar encender en él un deseo que no existía?
La herida de la infancia, esa falta de validación, se convirtió en una sed de venganza.
Se giró hacia él, su rostro transformado en una máscara de angustia fingida. Sus ojos, que antes destilaban frialdad, ahora se humedecieron con una maestría que solo ella poseía.
—Padre —dijo con la voz quebrada, acercándose a él—. Faris no solo me rechaza a mí. Se burla de nuestro nombre. Se burla de ti, de tu autoridad y de nuestra alianza.
Mohamed se giró, su expresión era una piedra tallada.
Detrás de ellos, observando la escena desde las sombras de una columna, estaba su hermana menor, la que estaba destinada a casarse con Fared.
La chica observaba con los ojos muy abiertos, conociendo de sobra los excesos de Amira.
Sabía que su hermana mayor no tenía límites, y el miedo que sentía al ver esa mirada depredadora en su rostro era absoluto.
—No permitiré que esto continúe —murmuró Mohamed, bajando el tono—. ¿Qué sugieres?
Amira dio un paso más, acercándose al oído de su padre. El aroma a jazmín y palo santo lo envolvió como un sudario.
—No quiero esperas, padre. Siento que el honor de esta familia está siendo manchado cada segundo que pasa mientras él sigue libre, paseándose como si fuera el rey del mundo.
Actúa. Usa tu fuerza, presiona al Jeque Sultan hasta que Faris no tenga más remedio que someterse.
Si él no puede ser el hombre que deseo...
entonces que sea el hombre que este reino necesita destruir.
No me importa el cómo, solo quiero que sea mío o que no sea de nadie.
Si hay que usar violencia, si hay que forzar la situación, hazlo.
Limpia nuestro nombre antes de que Aisha, esa mujer insoportable, abra la boca y nos destruya a todos.
Mohamed, cegado por la devoción hacia la niña de sus ojos, asintió lentamente. Para él, Amira no era una mujer peligrosa; era su creación, su orgullo, su posesión.
—Se hará —prometió él, dejando una caricia en la mejilla de su hija—. Faris aprenderá que nadie rechaza lo que yo he dispuesto.
Amira sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.
En el fondo, sabía que el peligro era real: si su secreto con Sabián salía a la luz, su propia vida estaría en juego.
Pero ahora, con el poder de su padre como escudo y arma, ya no se sentía insignificante.
Se sentía, por fin, como la dueña de su propio destino, aunque para ello tuviera que convertir la vida de Faris en un infierno.
Fátima se quedó paralizada en la penumbra del pasillo, con el corazón martilleando contra sus costillas.
Escuchar a su hermana hablar con esa frialdad, manipulando la verdad con la facilidad con la que se ajustaba un collar de diamantes, le provocó un escalofrío que nada tenía que ver con el aire acondicionado del palacio.
Siempre había sabido que su padre, Mohamed, a pesar de sus constantes alardes de intelecto, racionalidad y estrategia política, perdía toda lógica en cuanto Amira abría la boca.
Era un hombre emocional, un padre cegado por la devoción hacia la niña que, desde la cuna, había aprendido a usar las lágrimas y los caprichos como armas de guerra.
Fátima, en cambio, siempre había sido la observadora silenciosa, la que veía los hilos de la marioneta pero carecía de la voz —o del valor— para cortarlos.
«¿Cómo puede ser tan ciega? ¿Cómo puede no darse cuenta de que ella misma está cavando su propia tumba?», pensó Fátima, observando cómo la figura de su padre se alejaba, reafirmado en su propósito de forzar una boda que solo traería desdicha.
Para Mohamed, no existía el "racionalismo" cuando Amira le hablaba de "honor" o de "deshonra".
La sola idea de que alguien pudiera cuestionar su linaje o el futuro de sus hijas lo convertía en un hombre impulsivo, capaz de cualquier exceso.
Fátima conocía esa faceta de él mejor que nadie: el padre que dictaba el futuro de Fared con la misma frialdad con la que compraba una propiedad, y que ahora, movido por el despecho de Amira, estaba a punto de desatar un incendio que podría consumir el palacio entero.
Fátima retrocedió, intentando no hacer ruido con sus pasos.
Necesitaba salir de allí, procesar lo que acababa de oír.
Amira no solo estaba manipulando a su padre; estaba orquestando una trampa de la que nadie —ni siquiera ella misma— podría escapar si la verdad sobre Sabián llegaba a oídos del Jeque Sultan.
Mientras se alejaba, el aire le pareció más pesado. Sabía que su hermana mayor no tenía límites, y que si Faris era el objetivo, Fátima, sin saberlo, acababa de convertirse en la única persona que guardaba el secreto capaz de detener la catástrofe.
Fátima encontró a Faris en las terrazas exteriores del palacio, donde la brisa del desierto lograba, por unos instantes, disipar el denso aroma a incienso del interior.
Sabía que se arriesgaba a mucho, pero amaba a Fared —aquel hombre atrapado en su propio destino de deberes— y no podía permitir que la ambición ciega de su hermana Amira destruyera cualquier posibilidad de paz.
—Faris —susurró Fátima, acercándose con cautela—. No me mires como si fuera una enemiga.
Él se giró, sorprendido por la fragilidad en la voz de su cuñada. Fátima le reveló todo: la conversación que había escuchado, la sed de venganza de Amira y el pacto de violencia que había sellado con su padre.
—Amira no está cuerda, Faris. Su obsesión contigo es una herida abierta —confesó ella con los ojos humedecidos—.
Ella creció viendo a nuestro padre celebrar fiestas, rodearse de otras mujeres, desatendiendo el hogar.
Vio las infidelidades como parte del "poder".
Creció traumatizada, creyendo que el amor es una moneda de cambio o una guerra de posesión.
No quiere tu corazón, quiere tu sumisión para no sentirse nunca más abandonada.
Faris la escuchaba con una mezcla de horror y lástima. Mientras tanto, en el salón principal, la situación alcanzaba el punto de ebullición. Mohamed, impulsado por las mentiras de su hija, había irrumpido en las estancias del Jeque Sultan.
—¡Es una falta de respeto intolerable, Sultan! —rugió Mohamed, golpeando su bastón contra el suelo de mármol—. Mi hija ha sido humillada. La alianza debe sellarse, y si tu hijo se niega, será a la fuerza. ¡El honor de mi familia exige una respuesta inmediata!
El Jeque Sultan, cuya salud se resentía bajo la presión, se mantuvo firme, aunque su rostro era una máscara de dolor. La tensión en el salón era insoportable; las paredes parecían cerrarse sobre los presentes mientras el aire se volvía irrespirable.